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Volver del consultorio con varias cajas: por qué el cardiólogo no se conforma con un solo medicamento

Tras un diagnóstico cardíaco es habitual recibir un cóctel de fármacos. Cada uno apunta a un problema distinto y simultáneo: presión, colesterol, coágulos, ritmo o retención de líquidos. La combinación la define el profesional según el cuadro clínico y los antecedentes de cada paciente.

Por Griselda VillavicencioSociedad y salud · 11 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Yo conozco esa sensación porque la viví de cerca con un vecino de Mataderos, Don Carlos, que a los cincuenta y pico se fue a hacer un chequeo de rutina y volvió a su casa con cuatro cajas de medicamentos en una bolsa de farmacia, mirándolas como quien mira un tablero de ajedrez sin entender por qué hay que mover tantas piezas a la vez. Esa es, te lo puedo asegurar después de conversar con él y con varios profesionales, la reacción más común cuando alguien sale de un consultorio cardiológico con un diagnóstico reciente: una mezcla de alivio porque finalmente hay un plan, y de perplejidad porque el plan parece una ensalada de pastillas difícil de digerir. La pregunta que casi siempre aparece, casi como un suspiro, es por qué hace falta tomar tantas cosas juntas si el problema es uno solo. Y la respuesta que fui recogiendo a lo largo de este recorrido es que el corazón, cuando se enferma, suele enfermarse por varios motivos al mismo tiempo, y un solo fármaco, por más bueno que sea, no alcanza a cubrirlos.

La presión arterial, el primer frente de batalla

La hipertensión es, según me explicaron especialistas consultados para esta nota, uno de los puntos de partida más frecuentes. Cuando la presión se mantiene alta de manera sostenida, el músculo cardíaco tiene que bombear contra una resistencia que no cede, y con los años eso lo va engrosando y lastimando, al mismo tiempo que va deteriorando las paredes de los vasos sanguíneos. Para ese frente existen varias familias de drogas que actúan por caminos distintos. Los inhibidores de la ECA, cuyo nombre muchas veces suena a trabalenguas en el consultorio, bloquean la producción de una hormona que estrecha los vasos. Los ARA-II hacen lo propio pero en una punta diferente: impiden que esa misma hormona pueda ejercer su efecto sobre la pared arterial. Los betabloqueantes, en tanto, bajan la frecuencia cardíaca atenuando el impacto de la adrenalina, esa sustancia que nos prepara para salir corriendo pero que, a veces, no nos deja descansar ni de noche. Y los bloqueadores de los canales de calcio, como me lo resumió un médico clínico al que consulté para esta nota, relajan los vasos o desaceleran el pulso según el caso y el fármaco puntual que se elija. Lo que quiero decir con esto, y lo subrayo porque me parece lo más importante para entender el resto, es que no son todos iguales ni intercambiables: cada uno tiene su mecanismo y, por eso, muchas veces se suman.

El colesterol, ese enemigo silencioso que se trata aparte

El otro gran frente, y este lo conozco bien porque lo escuché repetir en más de una consulta, es el colesterol LDL, el llamado colesterol malo, que se trata de manera independiente de la presión. Las estatinas son las reinas de este apartado: bajan el LDL y, como efecto adicional que los cardiólogos valoran mucho, contribuyen a reducir procesos inflamatorios en la pared de las arterias. Se indican tanto en personas que ya tuvieron un infarto, un accidente cerebrovascular o les colocaron un stent, como en aquellas que todavía no pasaron por un evento pero acumulan varios factores de riesgo y, según el criterio profesional, se benefician con empezar antes. Cuando las estatinas no alcanzan o no pueden usarse, el médico puede sumar ezetimiba, que trabaja en el intestino, o recurrir a los llamados inhibidores de PCSK9, que son medicamentos más modernos y suelen reservarse para casos de colesterol difícil de controlar.

Coágulos: dos familias distintas para un mismo objetivo

  • Antiagregantes plaquetarios: la aspirina y el clopidogrel son los más conocidos y actúan evitando que las plaquetas, que son las células que taponan heridas, se peguen entre sí dentro de las arterias. La aspirina está indicada en personas que ya tienen una enfermedad cardiovascular diagnosticada, pero desde la Cleveland Clinic, un centro de referencia al que también consulté, remarcan que no se recomienda tomarla como prevención general en gente sana, porque hay que evaluar caso por caso el beneficio contra el riesgo de sangrado.
  • Anticoagulantes: el apixabán y el rivaroxabán pertenecen a esta otra familia y actúan en una etapa distinta del proceso de coagulación. Se usan mucho en pacientes con arritmias como la fibrilación auricular o para tratar coágulos ya formados en piernas o pulmones. Ninguno de los dos, sea antiagregante o anticoagulante, debería iniciarse ni suspenderse por decisión propia: la indicación la tiene que manejar el médico.

Ritmo alterado y retención de líquidos: cuando el corazón se descompensa

Para los pacientes que tienen arritmias, es decir, el corazón que se descompasa y a veces se acelera sin aviso o se vuelve irregular, existe un grupo específico de medicamentos antiarrítmicos que apuntan a devolverle al pulso un ritmo lo más parecido posible al normal. Y cuando el corazón empieza a fallar como bomba y no alcanza a mover bien la sangre, se acumula líquido en las piernas, en los pulmones y a veces hasta en el abdomen, y ahí entran los diuréticos, que ayudan a eliminar ese exceso para que el paciente pueda volver a respirar sin esa sensación de ahogo que tanto angustia a quien la vive y a quien lo mira desde la cama de al lado. Cada uno de estos frentes, como me dijo un cardiólogo al cierre de la charla que mantuvimos para esta nota, tiene su razón de ser, y la receta final es siempre un traje a medida que se va ajustando con el tiempo, los controles y los resultados de los estudios.

GV
Griselda VillavicencioSociedad y salud

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