El bullying ya no termina cuando suena la campana: pediatras argentinos describen un acoso que se muda al celular y no deja respirar a los chicos
Un documento de la Sociedad Argentina de Pediatría, firmado por ocho comités y subcomisiones, advierte que la agresión que empieza en el aula se prolonga por WhatsApp, redes y videojuegos hasta meterse en la pieza del chico, con consecuencias que van del insomnio y los dolores corporales hasta la ansiedad y la depresión
A Daniela le empezó a doler la panza cada domingo a la noche, en el mismo comedor de siempre de su casa de Villa Lugano, y a veces le costaba dormir y otras veces se dormía llorando sin saber bien por qué, y como su mamá ya no sabía qué hacer con esa nena de once años que se retorcía en la cama cada vez que se acercaba el lunes, fue a parar a la guardia del hospital de niños más cercano y de ahí a un consultorio donde una pediatra le preguntó, con mucha paciencia, si algo le estaba pasando en la escuela, y ahí, casi sin querer, Daniela dijo que sí, que un grupo de chicas le escribía en un chat común del curso y la llenaba de mensajes, y que ese chat no se apagaba nunca, ni a la hora de la cena, ni cuando ella apagaba la luz del velador, ni los fines de semana, y que eso era apenas la continuación de algo que venía pasando en el patio, en los pasillos y en las filas para entrar a la clase de educación física, y que por eso ya no tenía ganas de ir a la escuela y tenía cada vez más miedo de revisar el celular.
Esa continuidad entre el aula y la pantalla, que para Daniela ya era una sola cosa inseparable, es exactamente lo que la Sociedad Argentina de Pediatría decidió poner negro sobre blanco en un documento reciente, elaborado por ocho de sus comités y subcomisiones, entre ellos la Subcomisión de Tecnologías de la Información y la Comunicación, donde se advierte que el bullying y el ciberbullying dejaron de ser dos fenómenos distintos para convertirse en una misma situación que empieza en la escuela y se muda al teléfono, y que de ese modo se extiende durante horas y hasta altas de la madrugada sin que haya manera, para el chico que la sufre, de encontrar un rincón donde parar.
Un acoso que ya no tiene horario
Antes, volver a casa podía ofrecer una pausa y un espacio de resguardo frente a estas situaciones de acoso; hoy, con el acceso casi permanente al celular, ese límite se vuelve cada vez más difuso, los mensajes, las burlas o la exposición pueden llegar a cualquier hora y extender la situación más allá de la escuela, lo que amplifica su impacto y en consecuencia el daño. Quien lo dice es la doctora Silvina Pedrouzo, pediatra especialista en Desarrollo Infantil y presidenta de la Subcomisión de Tecnologías de la Información y la Comunicación de la SAP, que en diálogo con este portal describió un escenario en el que la agresión dejó de tener horario y en el que la pieza del chico dejó de ser un refugio, porque el celular y la conexión permanente hicieron que esa pieza se transforme, también, en una extensión del pasillo del colegio.
Yo llegué al tema de la manera más vieja que existe, que es la de sentarme con una madre en un consultorio del barrio de Floresta y escucharla mientras me contaba, con la voz cada vez más baja, que a su hijo de doce años se le habían burlado en un grupo de WhatsApp del grado por una foto que le habían sacado sin que él se diera cuenta, y que después esa misma foto había aparecido en Instagram con un comentario cruel, y que cuando él intentó contárselo a la preceptora le dijeron que se dejara de dramatizar, y que por eso esa madre estaba ahí, enfrente mío, buscando una palabra que le sirviera para entender por qué su hijo ya no quería ir a la escuela y por qué había empezado a levantarse con dolor de cabeza y con la garganta cerrada, y la palabra, en realidad, era una sola, y estaba en el centro de todo lo que la SAP estaba empezando a describir: acoso, sostenido, sin pausa, sin horario, sin frontera entre lo que pasa en la escuela y lo que pasa en la pantalla.
Cómo se manifiesta el ciberbullying, según la SAP
- Mensajes de odio y burlas que se repiten en chats y redes, a veces en grupos grandes donde la víctima queda expuesta delante de muchos.
- Acecho y seguimiento de cuentas, con vigilancia de lo que el chico publica, comenta o deja de publicar, lo que genera la sensación de no estar a salvo nunca.
- Votaciones y encuestas para humillar, una modalidad en la que se pide a otros compañeros elegir a alguien como blanco de cargadas o de burla pública.
- Perfiles falsos y suplantación de identidad, donde se crean cuentas a nombre del chico o se usan sus datos para hacer publicaciones que él no controla.
- Difusión no consentida de información privada, incluidas fotos, capturas de conversaciones o datos personales compartidos sin permiso y que se viralizan.
- Exclusión deliberada de grupos y de conversaciones, una forma de acoso relacional que en la pantalla duele tanto o más que en el patio.
- Manipulación de fotos, videos y memes, que se editan para ridiculizar, y que hoy se potencian con herramientas de inteligencia artificial capaces de generar contenidos alterados muy difíciles de borrar y con un alcance que excede al aula.
Qué es y qué no es bullying
El documento aclara, y los pediatras insisten, en que no toda pelea entre compañeros es bullying, porque para hablar de acoso escolar tienen que darse tres condiciones al mismo tiempo: que haya intención clara de causar daño, que esa conducta se repita de manera sistemática en el tiempo y que exista un desequilibrio de poder que impida a quien lo sufre defenderse o ponerle un freno, y ese desequilibrio es lo que vuelve a la víctima especialmente vulnerable, ya sea por la cantidad de agresores, por la fuerza física, por la popularidad dentro del grupo o por el manejo que el acosador tiene de la tecnología, y por eso mismo la SAP señala que el bullying es un fenómeno grupal y por eso la solución tampoco puede descansar exclusivamente en ellos, porque están los compañeros que observan y a veces miran para otro lado, están los adultos responsables que deberían advertir a tiempo, están las familias que muchas veces se enteran tarde y está la institución en la que ocurre todo, y lo que nunca debemos hacer, subrayan los especialistas, es pedirle al chico que está siendo hostigado que resuelva solo el problema, porque eso es justamente lo que nunca va a poder hacer.
“Lo que nunca debemos hacer es pedirle al chico que está siendo hostigado que resuelva solo el problema.”Doctora Silvina Pedrouzo, presidenta de la Subcomisión de Tecnologías de la Información y la Comunicación de la Sociedad Argentina de Pediatría
Las consecuencias que describen los pediatras no se quedan en la pantalla y se traducen en el cuerpo y en la cabeza: aparecen dolores físicos recurrentes, sobre todo de panza y de cabeza, alteraciones del sueño con insomnio o pesadillas, irritabilidad, aislamiento progresivo, baja repentina en el rendimiento escolar, miedo irracional a ir a la escuela o a revisar el teléfono, y en los casos más graves ansiedad, depresión y pensamientos de hacerse daño, y por eso la SAP llama a actuar en conjunto a familias, escuelas y equipos de salud, para que el acoso no quede atrapado en una sola pantalla ni en un solo pasillo, y para que ningún chico tenga que atravesar solo, un domingo a la noche en su casa, lo que le empezó pasando un martes a la salida del recreo.
