Una concha minúscula, una búsqueda enorme: la película que enternece sin caer en lo ñoño
Marcel, la concha con zapatos llega al streaming con una historia que cruza animación, falso documental y una pregunta que nos toca de cerca: qué hacemos cuando los que queremos se van y todavía no sabemos adónde.
Les cuento de entrada lo que senté al empezar a verla: una mezcla de ternura y de esa nostalgia de los domingos a la tarde, cuando en lo de mi abuela Mabel se escuchaba el bombo-legüero del vecino que ensayaba tangos en el patio y uno se quedaba ahí, en chancletas, mirando cómo la vida pasaba con su ritmo propio. Eso, justamente eso, es lo que tiene Marcel, la concha con zapatos: un pulso cotidiano, chiquito como el personaje, pero enorme en lo que pregunta.
La película sigue a Marcel, una pequeña concha con ojos grandes que vive con su abuela Connie en una casa que, vista desde su tamaño, es casi una ciudad. No sabe dónde quedó el resto de su comunidad, y esa ausencia organiza cada uno de sus días. Hasta que aparece Dean, un documentalista que se instala en la misma casa para filmar otra cosa y que, de pura casualidad, descubre a Marcel detrás de una puerta. Empieza a registrarlo con su cámara y, sin buscarlo, abre una puerta mucho más grande: la de la posibilidad del reencuentro.
Un hallazgo que arrancó como cortos en internet
La responsable de que esta historia exista como película es la dupla que ya la venía probando en formato breve: Dean Fleischer Camp en la dirección y Jenny Slate como la voz de Marcel. Ellos habían creado una seguidilla de cortometrajes animados en stop-motion que circulaban por la web como un fenómeno silencioso, de esos que aparecen recomendados por un amigo y uno termina mirando tres veces seguidas. La película conserva ese ADN casero, casi de filmación a mano, y lo estira hasta convertirlo en un relato de algo más de hora y media.
El recurso del falso documental está puesto con precisión: la cámara mira, pregunta, sigue a Marcel por la cocina, por el living, por el jardín. Y ahí aparece una de las cosas más lindas de la película, que es el modo en que usa la escala. Para Marcel, cruzar una habitación es toda una expedición; preparar una taza de té implica problemas de ingeniería hogareña; atender el pasto es una epopeya vecinal. Los objetos que tenemos en la casa, vistos desde ahí abajo, se vuelven otra cosa, como cuando uno era chico y miraba una mesa y le parecía un edificio.
Abuela, nieto y el miedo que todos conocemos
El corazón del filme, más allá de la búsqueda, es la convivencia entre Marcel y Connie. La relación entre los dos no cae en el lugar común del viejito gracioso ni en el nene prodigio: hay una rutina compartida, sí, pero también está la pregunta que sobrevuela todo el rato, esa que aparece cuando uno mira a su propio abuelo o a su propia abuela y se da cuenta de que el tiempo pasa. ¿Qué pasa cuando se vaya? ¿Cómo seguimos solos? La película deja esa pregunta flotando sin responderla de manera obvia, y ahí está gran parte de su potencia.
Lo que más me gustó, y se los digo con la franqueza que me caracteriza, es que la película no apela al golpe bajo. No hay un giro dramático forzado ni un final diseñado para hacer llorar a las tres lágrimas. Hay algo más parecido a lo que pasaba en lo de mi abuela los domingos: una mezcla de presencia, de espera y de pequeñas alegrías que solo cobran sentido si uno está atento. Marcel se mueve así, con los pies que le dan nombre, buscando a los suyos con una mezcla de paciencia y de tozudez que a mí, particularmente, me llegó.
La animación en stop-motion le da a todo una textura que ya casi no se ve en pantalla, y combinada con la voz de Jenny Slate, que le pone a Marcel una cadencia entre curiosa y resignada, logra ese tono justo que ni cae en lo ñoño ni en lo solemne. Es, para mí, una de esas películas para ver en casa con un mate al lado, quizás con un nieto al lado también, y dejarse llevar por una historia que finalmente habla de todos nosotros, los que alguna vez buscamos a alguien y no sabíamos bien por dónde empezar.
Y ya que mencioné lo de los domingos, les tiro la invitación de siempre: este finde me encuentran en la peña del barrio, la misma de siempre, la que arma el Tato en el club de la esquina. Vamos a estar charlando de películas, de música y de esas cosas que no entran en ningún noticiero pero que, en el fondo, son las que nos terminan marcando la semana. Los espero, como diría la abuela de la película, con los brazos abiertos y la mesa larga.
