La palanca del consumo se rompe y Diviiino se despide de Palermo tras seis años de pelea
Un restaurante que arrancó en 2021 con una apuesta de sándwiches y espumantes en una esquina de Palermo baja la persiana en septiembre. Sus cuatro socios no encontraron comprador para el fondo de comercio y se reparten entre nuevos proyectos mientras el rubro gastronómico reconoce una caída del 20% en las ventas y una sobreoferta que ahoga a los locales.
Vine por Arévalo y Cabrera, en la esquina donde todo empezó, y ahora el pueblo pregunta por qué Diviiino cierra. La palanca del consumo se rompió, y este restaurante del barrio porteño de Palermo lo pagó caro: bajará la persiana en septiembre después de seis años de actividad, con la misma frase que repite cualquier comerciante cuando le preguntan qué pasó. El consumo cambió. La gente se cuida. La calle está vacía. Y mientras tanto el local grande, difícil de llenar, sigue esperando un comprador que nunca apareció.
Una historia que arrancó con una apuesta de sesenta mil dólares
El restaurante nació en 2021, en esa esquina de Arévalo y Cabrera, con una inversión inicial de sesenta mil dólares que pusieron entre tres amigos. La propuesta original era simple y directa: sándwiches y espumantes en un local pequeño, casi un mostrador donde el barrio pudiera parar un rato. Con el tiempo el negocio se mudó a Villa Crespo y llegó a tener un segundo punto en Bajo Belgrano, en sociedad con otro grupo gastronómico. Esa expansión no prosperó y la sucursal bajó la persiana. Hoy la marca opera un único local sobre Cabrera y Godoy Cruz, con nueve empleados que ya saben que septiembre será el último mes.
“El consumo está cambiando bastante respecto de cómo era hace un par de años. Están abriendo muchas sandwicherías y hamburgueserías, porque hoy es lo más barato y lo que la mayoría de la gente se puede permitir.”Nicole Andelman, socia gerente de Diviiino
Las cifras que dejaron los libros este año duelen. Las ventas de 2025 mostraron una caída de alrededor del veinte por ciento frente a 2024. El local pasó de registrar unos mil doscientos cubiertos por mes a aproximadamente novecientos. Para un restaurante chico, con una estructura fija, esa merma significa directamente no llegar a fin de mes. La explicación que dan los propios socios coincide con lo que se escucha en cualquier confitería de pueblo: la gente elige lo más barato, y lo más barato hoy son las hamburgueserías y las sandwicherías que proliferan en cada esquina.
Sobreoferta y un fondo de comercio que nadie quiso comprar
El cierre de Diviiino no llegó de un día para el otro. Los cuatro socios intentaron vender el fondo de comercio sin éxito durante meses. El local es grande, y en un mercado donde muchos están bajando la persiana resulta casi imposible encontrar a alguien que quiera hacerse cargo. Andelman fue clara al explicar la película: hay una sobreoferta gastronómica que no se sostiene con estos niveles de consumo, y un contexto económico complicado que ya dejó afuera a varios competidores. El rubro gastronómico está muy difícil, reconoció, y esa frase se repite en cocinas, barras y mostradores de todo el país.
- Diviiino: cierra en septiembre tras seis años, con caída del 20% en ventas y 900 cubiertos mensuales frente a los 1.200 de 2024.
- El Álamo: bajó la persiana en Palermo a fines de julio.
- Los Laureles: cerró en agosto en Barracas tras más de 130 años de actividad.
- Sofá y Santa Evita: anunció su cierre para fines de septiembre.
La postal del barrio se repite en otros puntos de la ciudad. El bar El Álamo cerró su sede de Palermo a fines de julio. Los Laureles, el histórico de Barracas, bajó la persiana en agosto tras más de ciento treinta años de actividad, una despedida que golpeó a varias generaciones de vecinos. Sofá y Santa Evita anunció su cierre también para fines de septiembre. No es un caso aislado. Es el escenario que describe Andelman cuando habla de la sobreoferta y del momento económico, y que cualquier comerciante del corredor reconoce mientras ordena la barra a la noche.
Los socios de Diviiino, mientras tanto, siguen activos por separado. Uno está al frente de otros bares y trabaja en una nueva propuesta de cocina asiática. Otro conduce una ostería propia, con la misma pulseada de siempre. El cuarto dirige una empresa familiar de panificados. Andelman, por su parte, evalúa un nuevo proyecto gastronómico en Mar del Plata, donde dice que todavía quedan lugares donde la cocina tiene sentido. No bajan los brazos. Cambian de trinchera, pero no se bajan del barco.
El lunes después del cierre iré a la esquina de Cabrera y Godoy Cruz, el último local con el cartel de Diviiino. Quiero ver cómo una marca que apostó por los sándwiches y los espumantes en plena pandemia termina entregándole las llaves a la calle, con los empleados contabilizados y los socios pensando ya en la próxima. Pienso en lo que dijo Andelman: el consumo cambió, la gente elige lo más barato, el rubro está difícil. Lo escribo en el anotador mientras el pueblo mira la persiana bajada. Lo que vi desde la camioneta no se me va a olvidar. El domingo 28 de septiembre de 2025 prometí volver para contar si quedó algún cartel en la esquina. Es una promesa que, por ahora, no pienso incumplir.
