Hidratarse no siempre es lo mismo: qué sirve para cada momento del día y por qué una bebida deportiva no reemplaza a las sales de rehidratación
El agua y una alimentación variada suelen alcanzar para el día a día, pero cuando hay diarrea o ejercicio prolongado la lógica cambia: sales de rehidratación oral, electrolitos o un simple vaso de agua pueden ser la respuesta adecuada según el contexto, y abusar de cualquier opción también trae sus riesgos.
Soy Griselda Villavicencio y arranco esta nota como me gusta arrancar las que escribo para la sección Sociedad y salud: con alguien con nombre de pila y un barrio. Esta vez la historia empieza en una farmacia de Boedo, donde Cristina, de 52 años, me contó que después de la última gastroenteritis familiar pasó dos días tomando una bebida deportiva color naranja pensando que hacía lo correcto, hasta que su médica de cabecera le explicó que había elegido mal. Lo que vivió Cristina resume un malentendido muy frecuente: no todo lo que hidrata sirve para lo mismo, y la diferencia entre un cuadro de diarrea, una rutina de oficina y una maratón bajo el sol no es un detalle menor.
Para ponerlo en términos simples, el agua y una alimentación variada suelen cubrir las necesidades cotidianas de hidratación y minerales. Las pérdidas por diarrea, en cambio, requieren sales de rehidratación oral, mientras que el ejercicio prolongado puede justificar bebidas con electrolitos. La elección, como me insistió la médica clínica con la que consulté para esta nota, depende del contexto y de cuánto líquido se pierde. Y hay algo que casi nunca se dice con la misma fuerza: beber en exceso o sumar suplementos sin necesidad también puede alterar el equilibrio del organismo.
Diarrea: la bebida deportiva no es lo mismo que las sales de la OMS
Frente a un cuadro diarreico, una bebida deportiva no equivale a una solución de rehidratación oral. La Organización Mundial de la Salud y Unicef recomiendan sales con proporciones definidas de glucosa y electrolitos para prevenir o tratar la deshidratación vinculada con ese cuadro, y su función es distinta de la que cumplen las bebidas pensadas para acompañar el esfuerzo físico. La glucosa, me explicó la doctora Mariana L., gastroenteróloga del Hospital Durand, ayuda al intestino a absorber sodio y agua, y por eso esa combinación es la que vuelve útiles a las soluciones de rehidratación, cuya fórmula también incluye cloruro, potasio y citrato.
- Confusión, desmayos o imposibilidad de beber son señales de alarma para consultar de urgencia.
- Los vómitos persistentes impiden la reposición oral y requieren evaluación médica.
- La deshidratación grave no se resuelve en casa con ninguna bebida comprada en el kiosco.
- Elegir una bebida por cuenta propia nunca reemplaza la evaluación de un profesional.
El día a día: la comida ya aporta los minerales que hacen falta
En la vida cotidiana, en cambio, la mayoría de las personas obtiene los minerales necesarios de los propios alimentos. Las frutas, las verduras y las legumbres aportan potasio, mientras que los lácteos, las semillas, los frutos secos y algunos vegetales suman calcio o magnesio, y el sodio y el cloruro llegan sobre todo a través de la sal y los alimentos preparados. Estos minerales, llamados electrolitos, intervienen en la distribución del agua en el organismo y en el funcionamiento de nervios y músculos, de modo que, sin pérdidas importantes de líquidos, no hay beneficios demostrados de incorporarlos rutinariamente mediante suplementos. Para la hidratación habitual suelen bastar el agua, las comidas regulares y la atención a la sed, como me resumió la nutricionista Carla P., docente de la UBA: a veces lo que el cuerpo pide es simplemente un vaso de agua bien servido y un plato con fruta.
Ejercicio prolongado: cuándo sí, cuándo no, y por qué el abuso también es un problema
La actividad física, en cambio, obliga a mirar otras variables: cuánto dura, con qué intensidad se hace, la temperatura ambiente y la cantidad de sudor que se pierde. El Colegio Estadounidense de Medicina del Deporte señala que las bebidas con carbohidratos y electrolitos pueden ofrecer ventajas durante esfuerzos prolongados, aunque para ejercicios de menos de una hora la evidencia de diferencias fisiológicas o de rendimiento frente al agua es bastante escasa. Cuando el esfuerzo supera la hora, sobre todo con calor o humedad, pueden aumentar las necesidades de reposición, pero no existe una cantidad idéntica para todos, ya que la sudoración y las pérdidas de sales varían de una persona a otra. Y aquí vuelve la advertencia que pocas veces se repite: beber más de lo necesario también puede modificar el sodio en sangre, una alteración que puede ser seria y que, como me dijo la deportóloga Laura S. antes de despedirnos en su consultorio, se evita con la misma lógica con la que se evita el déficit: escuchar al cuerpo y no improvisar.
