El bombo del apellido: cómo una trabalengua en la radio terminó bautizando a los Suar
Toto Kirzner repasó la historia de su abuelo Leibele Schwartz, el cantante lírico al que los locutores no le podían decir el nombre y terminaron llamándolo Leo Suar. Una herencia familiar que él eligió no continuar.
Me siento en el patio con el sonido del bombo de fondo, como si la peña ya hubiera empezado aunque todavía es martes, y arranco la nota porque la historia que contó Toto Kirzner bien vale esa previa. El actor, que viene creciendo con nombre propio en la televisión y el teatro argentinos, se sentó a charlar sobre algo que parece chico pero termina diciendo muchísimo: el apellido que uno lleva adelante y por qué lo lleva. Y lo que contó es una de esas sagas familiares que, si las escuchás en voz de tu abuela un domingo, te quedás pensando el resto del día. Acá se la reconstruyo para quien todavía no se enteró, porque la genealogía del nombre Suar, esa que suena a escenario y a, empezó en un estudio de radio y en la lengua trabada de un locutor.
La cuestión hay que buscarla varias generaciones atrás, cuando el abuelo de Toto, el cantante lírico Leibele Schwartz, intentaba hacerse un lugar en las radios de Buenos Aires y de Estados Unidos. Resulta que a los locutores de la época les resultaba prácticamente imposible pronunciar aquel nombre de raíz idish sin enredarse la lengua, y entonces, casi por descarte, empezaron a llamarlo Leo Suárez. Con el tiempo, el Suárez se fue limando hasta quedar en algo más corto y más cómodo: Leo Suar. Así, lo que había nacido como un atajo fonético para no quedar mudo frente al micrófono terminó convirtiéndose en el nombre artístico de toda una dinastía.
“Cuando él iba a la radio le decían Leo Suárez, no les salía Leibele Schwartz ni en pedo. Entonces, era todo Leo Suárez y terminó siendo Leo Suar.”Toto Kirzner
La elección de Toto: Kirzner y punto
Lo más interesante de la charla es que el propio Toto, cuando le llegó la hora de elegir nombre artístico, pensó en seguir esa costumbre familiar pero la descartó de plano. Su padre incluso le sugirió probar con Toto Suar, aunque con cierto reparo: «Mi viejo en un momento me decía: 'Toto Suar nos queda mal'», recordó el actor. La respuesta de Toto fue de esas que definen una personalidad: «No me siento cómodo. Usemos nuestro apellido. ¿Para qué carajo lo tengo, si no?». Frase criolla, de.porta. Habla de alguien que prefiere construir su camino con la herramienta que ya trae en la mano, sin necesidad de pedirle prestada la marca registrada del padre.
A mí, que vengo siguiendo a esta familia desde que mi vieja me llevaba al canal a ver las ficciones de los noventa, me resulta muy de argentos esa decisión. Suena a eso que te repite tu abuelo cuando te ve dubitativo: «No le pidas la gorra a nadie, pibe, que la tuya te abriga igual». Toto entendió que el peso del apellido propio, con sus ruidos y sus, vale más que cualquier atajo, y que cargar el nombre del padre es una forma de responsabilidad más que de marketing. Algo así como cuando en el barrio los músicos jóvenes eligen poner el suyo en el cartel del bar en vez del que ya sonaba en la marquesina: querer ser conocido por lo que uno hace, y no por la sombra iluminada del que vino antes.
Una historia grande detrás de un nombre corto
- Leibele Schwartz fue cantante lírico y grabó más de 30 álbumes a lo largo de su carrera, con un registro que iba del repertorio clásico al tango y la canción judía.
- Se subió a escenarios de peso internacional: actuó con la Orquesta Sinfónica de Filadelfia, la Sinfónica de Israel y la Sinfónica Nacional Argentina.
- Además de cantante, se desempeñó como actor y como jazan, el rol de espiritual de la liturgia en las comunidades judías.
- Falleció el 11 de julio de 1992, a los 59 años. Su esposa, la actriz Lilian Keller, murió el 30 de septiembre de 2020, a los 74, tras un accidente cerebrovascular.
- La adaptación fonética del apellido terminó dándole nombre artístico a su hijo, Leo, y poniendo en jaque la decisión identitaria de su nieto Toto, que finalmente eligió ser Kirzner a carta cabal.
Toda esta madeja de nombres cambiados sobre la marcha, de lenguas que se traban y de decisiones de un día que terminan definiendo décadas, me deja pensando en algo que le escuché una vez a una abuela que tenía peña en el fondo de casa: los nombres se heredan, pero también se ganan. A Leibele le pusieron Leo Suar sin pedirle permiso, y él lo adoptó con humor; a su hijo le quedó ese sello como marca y a su nieto le ofrecieron la chance delo, y dijo que no, que prefiere llevar el que figura en su documento. Tres generaciones, tres modos de habitar un mismo legado. Y a vos, lectora, lector, te dejo la pregunta que me quedó dando vueltas mientras escribía: si tu apellido pudiera abrirte puertas, ¿lo usarías tal como es o te animarías a inventarte uno? Te espero el viernes en la peña del fin de semana para seguir conversándolo, bombos de por medio.
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