Martes, 8 de septiembre de 2026
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Detrás de la cifra: cómo mirar a tiempo cuando un joven empieza a apagarse

Las muertes por suicidio en Argentina se multiplicaron en ocho años y ya encabezan las estadísticas entre los 15 y los 34. Una especialista del Centro de Asistencia al Suicida explica qué pueden hacer familias y docentes para leer las señales antes de que sea tarde.

Por Griselda VillavicencioSociedad y salud · 8 de septiembre de 2026 · hace 34 min

A María, de Villa del Parque, la conocí una mañana de octubre en la sede del Centro de Asistencia al Suicida, en pleno centro porteño. Llegué con la idea -confieso- de que iba a encontrarme con alguien abrumado por las estadísticas. Lo que encontré fue a una psicóloga que lleva más de tres décadas escuchando el dolor ajeno y que, aun así, elige hablar con una serenidad que contagia. María Fernanda Azcoitía me recibió con un café, se acomodó en el sillón y arrancó por lo que considera la pregunta equivocada: por qué lo hizo. Para ella, la pregunta que sirve es otra: qué estaba pasando antes.

Los números, igual, hay que contarlos. En 2025 se registraron en la Argentina 5.209 muertes por suicidio, frente a las 3.304 de 2017. El salto, del 57,7 por ciento, no es un dato menor: convirtió al suicidio en la primera causa de muerte entre los 15 y los 34 años, por encima de los accidentes de tránsito. La tasa nacional pasó de 8,2 a 11,8 casos cada 100.000 habitantes en ese período. La Organización Mundial de la Salud viene alertando desde hace años que el crecimiento de la depresión y el suicidio es un fenómeno global, y la Argentina no quedó afuera.

Una huella que dejó la pandemia

Azcoitía, que dirige el CAS desde hace años, apunta a un punto que suele quedar afuera del debate: el aislamiento social de la pandemia pegó distinto en los adolescentes que estaban transitando la escuela secundaria. Para muchos chicos con dificultades previas para vincularse, el regreso a la presencialidad fue un shock: de golpe, exigencias sociales para las que no habían podido desarrollar recursos. Esa mochila, dice la psicóloga, todavía se carga.

“El suicidio siempre es multicausal, nunca hay una sola razón.”María Fernanda Azcoitía, psicóloga y directora del Centro de Asistencia al Suicida de Buenos Aires

La directora del CAS es tajante con las explicaciones simples. No hay un único motivo que alcance para explicar una muerte de estas características. Lo que hay, subraya, es una combinación de factores psicológicos, relacionales, familiares y biológicos. El deterioro económico, una ruptura amorosa, un conflicto escolar pueden formar parte del contexto, pero ninguno por sí solo cierra el cuadro. Esa complejidad es, a la vez, una advertencia y una esperanza: si son varios los factores que se entrelazan, también son varios los puntos sobre los que se puede intervenir.

Qué mirar y cómo escuchar

La pregunta del millón para familias y docentes es cómo advertir a tiempo. Azcoitía lo resume en una idea que repitió varias veces a lo largo de la charla: la clave no está en una conducta puntual, sino en el cambio respecto del patrón habitual de cada persona. Un chico que siempre fue expansivo y de golpe se aísla llama la atención. Pero también llama la atención el que era inhibido y aparece con conductas disruptivas. El aislamiento, aclara la psicóloga, no es por sí solo un indicador definitivo: es la diferencia con lo que ese joven venía siendo lo que tiene que encender una alarma.

Sobre las redes sociales, Azcoitía evita una condena frontal. El problema, dice, no es la plataforma en sí, sino el uso que se le da: cuando termina desplazando otros vínculos y cuando la persona que la usa ya venía siendo vulnerable. En los jóvenes adultos que viven solos, la mirada suele recaer en compañeros de trabajo o amigos, porque la familia no siempre está cerca para ver los cambios. Por eso la psicóloga insiste en que la detección temprana es, sobre todo, un trabajo de comunidad.

Antes de irme, le pregunté qué le diría a una madre que sospecha que su hijo no está bien. Me miró fijo y me contestó, casi sin Pausa: que escuche sin apurar, sin retar, sin buscar arreglar en el momento, y que se acerque a un profesional cuando la preocupación ya no la puede sostener sola. Después, ya en la calle, caminando por la vereda de siempre, me quedé pensando que las cifras duelen, pero que lo que más duele es no haber visto a tiempo lo que alguien cercano estaba intentando decir. Y eso, justamente, es lo que esta psicóloga se empecina en enseñar a leer.

GV
Griselda VillavicencioSociedad y salud

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