Después de medio siglo de recortes, "Los demonios" de Ken Russell vuelve por fin completa a la pantalla grande
La versión restaurada de 114 minutos, considerada definitiva por el director británico, se proyecta desde el 16 de octubre en salas españolas. Una historia de censura, locura religiosa y obsesión artística que empezó en un convento francés del siglo XVII y terminó en un rollo perdido en los archivos de Londres.
A veces las películas más valientes no mueren quemadas en la hoguera, como el cura Urbain Grandier al que Ken Russell dedicó buena parte de su cine. A veces simplemente les sacan un pedazo, las mandan a un cajón y esperan que el tiempo haga el resto. Eso fue lo que le pasó a "Los demonios", uno de los films más célebres y maltrechos de la historia del cine inglés, que desde el 16 de octubre vuelve a las pantallas españolas en copias nuevas, en 4K, con los 114 minutos que el director siempre quiso que viéramos. Para los que peinamos canas y crecimos escuchando los relatos de nuestras abuelas sobre conventos, misas y aparecidos, la película tiene algo de historias que se contaban a la luz del fuego: exageradas, tremendas, y sin embargo atravesadas por una verdad molesta.
Russell tomó como punto de partida un episodio real del siglo XVII: en el convento de las ursulinas de Loudun, un pueblo de Francia, varias monjas denunciaron estar poseídas por el demonio, y el sacerdote Urbain Grandier, un tipo culto, leído y poco amigo de los poderosos locales, terminó acusado de haberlas hechizado. Lo condenaron por brujería y lo quemaron vivo. Décadas después, Aldous Huxley, el autor de "Un mundo feliz", convirtió aquel caso en la novela "Los demonios de Loudun", que fue la base del guion. Russell, que era un descreído visceral pero un ahi obsesivo con el alma de sus personajes, vio en esa historia un espejo de cualquier momento en el que el Estado y la Iglesia se alian para aplastar al que piensa distinto.
Una película censurada por partida doble
- La copia británica circuló durante décadas con 111 minutos, después de que la Agencia Británica de Clasificación de Películas exigiera cortes.
- La copia estadounidense se quedó en 108 minutos, con escenas adicionales eliminadas por la Motion Picture Association.
- En los años setenta, diecisiete municipios de Gran Bretaña prohibieron directamente la película, y donde se exhibió lo hizo con calificación X, equivalente a no recomendada para menores de dieciocho años.
- Finlandia la mantuvo vedada hasta noviembre de 2001.
- El Vaticano la condenó y pidió que se levantaran sus proyecciones en el Festival de Cine de Venecia.
Para conseguir los permisos de distribución hubo que podar secuencias que el editor Michael Bradsell y el propio Russell consideraban centrales al sentido de la obra. "Estas alteraciones le rompieron el corazón a Ken Russell porque el material eliminado no solo contenía parte de su mejor trabajo, sino que también encapsulaba el corazón temático de la película", señaló el crítico cinematográfico Mark Kermode, que conoció personalmente al director y se obsesionó con devolverle su forma original.
La búsqueda llevó años y mezcló el trabajo de archivo con la paciencia de un detective. Kermode rastreó el metraje faltante con ayuda de la filial británica de Warner Bros. y de archivistas independientes, hasta dar con un rollo catalogado como "C Cut 89": los 89 segundos exactos que la agencia británica había retirado oficialmente del filme. Con ese material, Russell pudo armar su versión completa de 114 minutos, que se proyectó una única vez en el BFI Southbank de Londres antes de su muerte en 2011. Ahora, gracias a una restauración reciente, cualquier espectador argentino que esté pasando por Madrid, Barcelona o Sevilla puede sentarse en una sala y ver, por primera vez en más de medio siglo, la película tal como su autor la soñó.
“Para mí, trataba sobre el lavado de cerebro, sobre la toma del poder por parte del Estado.”Ken Russell, director de "Los demonios"
Protagonizada por una Vanessa Redgrave monumental en el papel de la madre superiora Jeanne des Anges y por un Oliver Reed desatado como Grandier, la película es un estallido de imágenes, música barroca y cuerpos retorcidos que incomoda tanto como hipnotiza. Es cine de arte y de denuncia, pero también es puro delirio visual: hay exorcismos, flagelaciones, sesiones de histeria colectiva y un clima de paranoia que se siente pegajoso. Si te cruzaste de chico con alguna de las versiones recortadas por la tele, imaginá lo que es reencontrarla ahora en una sala oscura, con la música a todo volumen y la versión que Russell peleó hasta el último de sus días. La semana que viene, cuando termine la función, en más de un café porteño se va a hablar de Grandier como si fuera un vecino del barrio de San Telmo. Y eso, lejos de ser una exageración, es exactamente lo que el director británico hubiera querido.
