Cuando el cuerpo ya dio la alerta y uno sigue como si nada: cómo reconocer el estrés que se cronifica sin hacer ruido
Despertarse en pedazos, perder el hilo a mitad de frase o explotar por cualquier pavada son señales que muchas veces se confunden con una mala semana. Especialistas y estudios recientes marcan la línea entre el cansancio lógico y un estado de alerta sostenido que deteriora sueño, memoria y ánimo.
Me crucé con Marisol, de Boedo, en la cola del colectivo un martes a las siete de la mañana, con la cara de quien ya quisiera volver a la cama. Me dijo que estaba cansada, pero no de la semana exigente de cualquier porteño laburante, sino de un cansancio que se le había instalado adentro y no se iba ni los domingos. Mientras charlábamos, reconoció algo que muchos repiten sin ponerlo en palabras: se estaba acostumbrando a funcionar al límite y, sin embargo, sentía que en cualquier momento algo se le iba a quebrar por dentro. Esa sensación, que parece menor y hasta vagamente caprichosa, es justamente la que los especialistas empiezan a mirar con más cuidado cuando se habla de estrés crónico.
Porque la diferencia entre una semana brava y un cuadro que se prolonga no está solamente en la cantidad de horas que uno duerme mal o en la cantidad de pendientes que carga, sino en algo más silencioso: en cómo el cuerpo y la cabeza siguen reaccionando como si todo fuera una emergencia cuando, en realidad, la emergencia ya pasó. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, la agencia de salud pública de Estados Unidos que suele marcar agenda en estos temas, vienen insistiendo en que el estrés sostenido en el tiempo puede provocar dificultades para conciliar el sueño, problemas de concentración, cambios de humor y una menor capacidad para tomar decisiones, que son justo cuatro de las cosas que una persona atribulada suele jurar que le están pasando "porque está en una semana complicada".
Las pistas que van quedando por el camino
La mayoría de las veces las señales no aparecen juntas ni en un orden claro, sino desperdigadas como las llaves cuando uno tiene apuro. Una persona se despierta a las tres de la mañana sin motivo aparente, olvida lo que iba a decir a mitad de una frase, reacciona con más intensidad de la habitual ante una contrariedad menor o siente que cualquier comentario bienintencionado le raspa la piel. Tomadas de a una, parecen cosas de la vida. Vistas en conjunto, empiezan a dibujar un patrón.
- Sueño fragmentado o despertares en horarios raros sin un motivo concreto.
- Pérdida de hilo en conversaciones, olvidos frecuentes y dificultad para organizar tareas simples.
- Irritabilidad creciente con la familia, los compañeros de trabajo o en la fila del super.
- Sensación de ir tirando del día como con nafta en reserva, aun en jornadas tranquilas.
Un trabajo publicado este año en la revista Frontiers in Psychology revisó cuarenta y cinco revisiones y más de dos mil estudios y encontró que las alteraciones del sueño y los problemas cognitivos, sobre todo en atención, memoria y funciones ejecutivas, aparecen de manera consistente en los cuadros de estrés crónico. Otro estudio, difundido en 2024 en Neurobiology of Stress, agregó que la exposición prolongada a este tipo de estrés puede afectar la memoria de trabajo, la flexibilidad cognitiva y el control de la conducta, que son las herramientas con las que uno se maneja todos los días sin pensar demasiado en ellas.
“El problema no es que el cuerpo se estrese, que eso lo hacemos todos, sino que el cerebro no logra apagar la respuesta de estrés y termina funcionando como si todo fuera una amenaza permanente. Ahí es cuando organizar, recordar, priorizar y responder con calma se vuelven tareas que consumen muchísimo más energía que antes.”Leah Doane, profesora de Psicología de Arizona State University
Una de las razones por las que este cuadro pasa tan desapercibido es que la rutina, paradójicamente, actúa como señal engañosa. Alguien puede seguir llegando a tiempo al trabajo, contestando mensajes al instante, cumpliendo con los chicos en el colegio y sacando adelante los compromisos de siempre, aunque por dentro esté conviviendo con un sueño hecho pedazos y una tolerancia a la frustración cada vez más corta. Como todo lo urgente queda hecho, la persona se convencida de que está bien, y recién cuando aparece un dolor nuevo, un llanto fuera de programa o un ataque de angustia en un semáforo empieza a preguntarse qué le está pasando.
En los últimos tiempos circuló con fuerza la idea de "modo supervivencia", un término que se usa mucho en espacios de bienestar y que no figura como diagnóstico clínico en ningún manual, pero sirve, y mucho, para ordenar señales que, miradas por separado, parecen una pavada. Dormir peor, despertar más cansada de lo que uno se acostó, reaccionar a la defensiva ante comentarios que antes ni se registraban, perder el interés por cosas que solían dar gusto. Lo importante no es la etiqueta, sino el patrón, porque cuando el cansancio deja de ser un episodio y se vuelve paisaje, ya no alcanza con un buen café ni con un fin de semana largo para volver a arrancar. Y ahí, en ese momento, conviene dejar de mirar para otro lado y tomarse en serio lo que el cuerpo viene diciendo hace rato, que como me dijo Marisol antes de subir al colectivo, todavía con la sonrisa tibia de quien se siente entendida: uno se acostumbra a vivir con el motor en rojo, pero el motor, en algún momento, se rompe.
