Cuando el cuarto del adolescente dejó de ser un refugio y se volvió una vidriera
Paredes neutras, camas prolijas y luces led: los dormitorios que muestran los jóvenes en redes sociales se parecen cada vez más a un set. Especialistas consultados señalan que la intimidad pierde terreno frente a la mirada de una audiencia que nunca termina de irse.
Lo conocí a Bruno en un reportaje sobre consumos digitales que hicimos el año pasado. Tiene dieciséis años, vive en el barrio de Floresta y, como tantos pibes de su edad, pasa buena parte de su tiempo libre en la habitación. Pero la suya no se parece a la mía ni a la de mis hijos cuando eran adolescentes. Cuando le pedí que me la mostrara, lo primero que hizo fue ordenar la cama, retirar un vaso de la mesa de luz y correr un buzo del respaldo de la silla. Recién después abrió la puerta.
Acompaé ese movimiento con la mirada y me quedó dando vueltas. Hace un par de décadas, entrar al cuarto de un adolescente era meterse en un territorio propio: pósteres pegados con cinta, ropa sobre la silla, libros en el piso y algún diario íntimo bien escondido. El desorden era parte del ambiente, una señal de que ese espacio pertenecía a alguien que lo estaba usando para crecer, equivocarse y ensayar quién quería ser. Hoy, en cambio, las habitaciones que los jóvenes muestran en redes sociales se parecen bastante entre sí: paredes de tonos neutros, camas prolijamente tendidas y tiras de luces que funcionan como reflectores improvisados. La personalidad no desapareció, pero se retiró del plano físico.
Del refugio al decorado
El sociólogo Erving Goffman, citado por la licenciada en Ciencias de la Comunicación y docente universitaria Marta González, describió hace décadas la diferencia entre el "frente de escena", donde sostenemos una imagen pública, y el espacio privado donde se supone que podemos descansar del personaje. La habitación adolescente cumplía históricamente esa segunda función: la puerta cerrada era un pacto tácito de suspensión del juicio ajeno.
Ese pacto se rompió, según la escritora e investigadora Sithara Ranasinghe, que describe el fenómeno como una habitación con paredes de cristal. El límite entre escenario e intimidad se disuelve bajo la mirada de una audiencia desconocida, y el cuarto deja de ser un laboratorio de exploración para convertirse en un decorado listo para ser fotografiado o filmado en cualquier momento.
- Paredes casi sin objetos: ya casi no hay pósteres, fotos pegadas ni recortes de revistas.
- Muebles ordenados en forma permanente: la cama se tiende antes de salir, la ropa no se deja sobre la silla.
- Luces y elementos pensados para la cámara: tiras led, anillos de luz y fondos neutros que reemplazan la decoración personal.
- Menos diario íntimo, más archivo en la nube: lo privado se archiva en carpetas digitales, no en cajones.
- Una audiencia que nunca se va: la sensación de ser mirado se sostiene aunque el celular esté apagado.
Lo más significativo, como me señaló el médico psiquiatra y especialista en adolescencia Ricardo Bustamante, es que la cámara no necesita estar encendida para que el efecto actúe. La sola conciencia de que cualquier rincón puede ser filmado y compartido modifica el comportamiento: inhibe la espontaneidad, desalienta el desorden y empuja hacia la estandarización. Ya no es solamente la mirada de los padres la que ordena el espacio, sino la de una audiencia invisible que los propios jóvenes terminaron por internalizar.
“La adolescencia siempre fue un umbral incierto, un período de transición donde el error forma parte del aprendizaje. La pregunta que dejan estos cuartos despojados es hasta qué punto ese margen de imperfección sigue existiendo cuando el espacio íntimo se vuelve un set permanente.”Griselda Villavicencio, Sociedad y Salud
