Aftas en la boca: por qué esas llagas tan molestas a veces piden consulta y no hay que dejarlas pasar
Una de cada cuatro personas lidia alguna vez con estas lesiones que suelen irse solas en una o dos semanas, pero hay señales claras para no quedarse en casa esperando que cicatricen solas.
A Marta, vecina de Boedo, se le hizo una llaga en la cara interna del labio de un día para el otro y durante casi tres semanas aguantó el dolor como quien espera que el cuerpo se arregle solo, hasta que entendió que había llegado la hora de sentarse frente al odontólogo y contarle lo que le pasaba; y la verdad es que esa pequeña historia de barrio sirve para arrancar esta nota, porque las aftas, esas heridas tan dolorosas como comunes, suelen parecer inofensivas y en la enorme mayoría de los casos efectivamente lo son, pero conviene conocer cuándo conviene dejar de hacerse el valiente y pedir turno con un profesional de la salud.
Qué son las aftas y por qué aparecen
Las aftas, conocidas también como llagas bucales, son úlceras que se forman dentro de la boca, sobre todo en la cara interna de los labios, las mejillas y la lengua, que duelen bastante y que, según señala el Instituto Nacional de Investigación Dental y Craneofacial de Estados Unidos, no tienen un origen infeccioso y por lo tanto no se contagian, algo que vale la pena repetir para no asustarse de más cuando aparece una en casa; además, se estima que cerca de una cuarta parte de la población mundial las padece en algún momento de su vida y, en la mayoría de los casos, se resuelven solas en el término de una o dos semanas sin necesidad de tratamiento.
Eso no significa que no haya que ocuparse de ellas, porque mientras están a flor de piel molestan al comer, al hablar y hasta al cepillarse los dientes, y por eso la consulta médica o odontológica suele apuntar a aliviar el dolor y favorecer la cicatrización más que a evitar que vuelvan a aparecer, ya que, como aclara el organismo estadounidense, ningún tratamiento garantiza que las lesiones no regresen; mientras tanto, para las molestias leves los geles de venta libre y los enjuagues antisépticos pueden ser aliados útiles para controlar el malestar sin mayores complicaciones.
Qué puede estar detrás de una llaga
- Mordeduras accidentales en la cara interna de la mejilla o el labio, que pasan más seguido de lo que uno quisiera admitir.
- Cepillado dental demasiado enérgico, sobre todo con cerdas duras que lastiman la encía y la mucosa.
- Roce constante de aparatos de ortodoncia o prótesis mal ajustadas que conviene revisar periódicamente.
- Bordes filosos en alguna pieza dental, caries o restauraciones que raspan y generan lastimaduras repetidas.
- Alimentos ácidos, picantes o muy salados que irritan la zona y prolongan las molestias cuando la mucosa ya está sensible.
Sobre ese último punto, la Clínica Mayo, uno de los centros de referencia en salud más consultados del mundo, explica que identificar y corregir ese factor desencadenante, por ejemplo ajustando un aparato de ortodoncia, alisando un borde dentario o simplemente suavizando la técnica de cepillado, reduce las posibilidades de que la irritación vuelva a aparecer, y esa es, probablemente, la medida más sencilla y al mismo tiempo más efectiva que uno puede tomar en el día a día.
Cuándo conviene consultar sin demoras
La misma Clínica Mayo recomienda consultar a un odontólogo o a un médico cuando se da alguna de estas situaciones, que vale la pena tener a mano porque uno siempre cree que se va a pasar y a veces no se pasa: la llaga dura dos semanas o más sin señales de mejoría, reaparece con frecuencia a lo largo de los meses, es inusualmente grande o profunda, o aparece una nueva antes de que termine de cicatrizar la anterior, lo que en lenguaje médico se conoce como aftas herpetiformes o lesiones que no respetan el ciclo normal de curación.
También conviene pedir turno si el dolor no se controla con lo que uno tiene en casa, si la llaga impide comer o beber con normalidad, o si se acompaña de fiebre, porque ese conjunto de síntomas puede estar señalando que hay algo más que una simple irritación pasajera y que el cuerpo está pidiendo una mano profesional.
Ahora bien, cuando las aftas se repiten con regularidad, la Clínica Mayo advierte que puede haber una relación con niveles bajos de hierro, zinc, ácido fólico o vitamina B12, aunque aclara que esa asociación no implica que cualquier persona con llagas frecuentes tenga una carencia ni que deba lanzarse a tomar suplementos por cuenta propia, ya que es el profesional quien evaluará, según la historia clínica y los síntomas, si corresponde pedir un análisis de sangre y eventualmente indicar un suplemento.
No todo lo que parece afta es afta
Antes de cerrar, vale una advertencia importante que dejó planteada una revisión publicada en el repositorio científico PMC, y que coincide con lo que repiten los profesionales en el consultorio: antes de atribuir las lesiones a aftas recurrentes, hay que descartar otras causas posibles, y por eso, en los episodios que se reiteran, la evaluación incluye los síntomas que aparecen tanto dentro como fuera de la boca, porque algunas enfermedades de la piel, autoinmunes o infecciosas pueden empezar con lesiones en la mucosa oral que a simple vista parecen aftas comunes pero no lo son.
En definitiva, una llaga ocasional no tiene por qué ser motivo de alarma, pero la consulta cobra peso cuando el cuerpo empieza a avisar que algo no cierra bien, que algo duele más de la cuenta o que las lesiones se vuelven una compañía demasiado frecuente, y en esos casos hacerse el tiempo para pedir un turno, contarle todo al profesional y dejarse revisar suele ser la diferencia entre seguir aguantando en silencio y empezar a resolver el problema de verdad, como terminó haciendo Marta después de tres semanas de hacerse la distraída con su llaga de Boedo.
