Vuelve Resident Evil al cine con una historia nueva que recupera la geografía de Raccoon City
Zach Cregger dirige una película que recorre la ciudad, una granja y un hospital donde Bryan se cruza con criaturas mutadas, científicos de Umbrella y los mismos obstáculos que cualquiera que haya jugado a la saga conoce al dedillo
Hay una imagen que se repite en la cabeza de cualquiera que haya tenido un joystick en la mano a fines de los noventa: la de una puerta que no se abre, un pasillo oscuro y la certeza de que algo va a saltar de un rincón. Esa sensación, esa mezcla de incertidumbre y de pulso acelerado, es la que ahora Zach Cregger intenta llevar de vuelta al cine con una película de Resident Evil que se presenta como una historia original e independiente, sin ataduras con las entregas anteriores de la saga en la pantalla grande.
Raccoon City como escenario central
El recorrido del protagonista, un tal Bryan, atraviesa las calles de Raccoon City, una alcantarilla, una granja y un hospital. La ciudad no es un decorado cualquiera: en el universo de Resident Evil es el lugar donde funciona un laboratorio de la farmacéutica Umbrella, desde donde se propaga el brote biológico que motoriza toda la saga. En la película, esa responsabilidad la llevan puesta dos científicos de la compañía interpretados por Paul Walter Hauser y Zach Cherry, que aparecen como los encargados de intentar frenar el desastre que ellos mismos ayudaron a provocar.
- Calles de Raccoon City, con la linterna como única compañía entre la nieve y los edificios vacíos.
- Una alcantarilla que obliga a moverse despacio y a controlar cada rincón.
- Una granja donde conseguir munición es tan importante como disparar bien.
- Un hospital con ascensores que se transforman en trampas mortales.
Los obstáculos que ya son marca registrada
Cregger no se priva de meter en el camino de Bryan los mismos trucos que cualquier jugador reconoce al instante. Aparecen accesos bloqueados y cerraduras complicadas de abrir, ese recurso clásico de la franquicia para obligar a explorar antes de avanzar. El personaje además amplía su arsenal sobre la marcha: pasa de una pistola a una escopeta y termina empuñando un rifle de asalto. Pero el simple hecho de tener un arma no alcanza: en la granja, por ejemplo, tiene que salir a buscar cartuchos para poder usar la escopeta. Una situación que a más de uno le trae el recuerdo de esas partidas donde el inventario decide más que la puntería.
La iluminación también cumple un papel propio. Bryan lleva una linterna para moverse por la nieve, las alcantarillas y las calles oscuras. Es el mismo objeto que en los videojuegos permite orientarse en la penumbra, aunque con el riesgo extra de que algún enemigo detecte la luz y sepa exactamente dónde está el protagonista. Detalles como este, en los que la mecánica del juego se cruza con la lógica del filme, son los que le dan a la propuesta su tono particular.
Criaturas que salen de la pantalla y van al patio
Entre las amenazas que aparecen en el recorrido hay varias que los fans de Resident Evil van a identificar rápido. En un granero, un perro persigue a Bryan y termina abriendo la cabeza para mostrar tentáculos. En el ascensor del hospital, otra criatura lo ataca con vómito ácido. Y también aparece un monstruo compuesto por fragmentos de cuerpos, que incorpora restos nuevos con sus tentáculos y crece a medida que se alimenta. Son los enemigos mutados típicos de una saga que, desde 1996, cuando Chris Redfield y Jill Valentine quedaron atrapados en una mansión con zombis, viene mezclando biología fuera de control con sobrevivientes atrapados en lugares cerrados.
Me crié escuchando historias de mi viejo sobre esos zombis de la mansión y, con los años, entendí que el terror también puede jugarse en una pantalla chica. Por eso, cuando una película se anima a tomar esos mismos resortes y llevarlos al cine sin copiarlos textual, hay que prestarle atención. La nueva Resident Evil de Cregger recupera la geografía de Raccoon City, la mira con ojos nuevos y deja que un protagonista distinto se banque el peso de recorrer sus calles, sus granjas y sus hospitales con una linterna en la mano. Para los que quieran revivir esa sensación, nada mejor que acercarse este fin de semana a una peña del barrio, pedir una mesa cerca del escenario y dejarse llevar por la música y los cuentos de los músicos de siempre.
