Vivir solo o sentirse solo: las dos caras de un riesgo que puede costar hasta casi seis años de salud
Una investigación sobre más de 277 mil personas en el Reino Unido encontró que el aislamiento social y la soledad se asocian con menos años de vida libre de enfermedades, y que la brecha más grande se observa en la salud mental de los hombres. Hábitos saludables atenuaron parte del impacto, pero no borraron del todo el peso de sentirse solo.
Me crucé con esta investigación de pura casualidad, mientras revisaba el material de la mañana en la redacción, y la verdad es que me dejó pensando más de lo que esperaba. No porque venga con datos alarmantes ni con titulares catástrofe, sino porque pone números concretos a algo que muchos conocen de cerca: lo que cuesta, en términos de salud, vivir con pocos lazos o, peor aún, sentirse solo en medio de la multitud. Lo cuenta un equipo de la Universidad de Tulane, en Estados Unidos, a partir del seguimiento a más de 277 mil participantes del Biobanco del Reino Unido, todos mayores de 40 años y, al momento de ingresar al estudio, libres de siete enfermedades: diabetes, problemas cardíacos, enfermedades pulmonares, demencia, cáncer, depresión y ansiedad.
La pregunta que me hice al leerlo fue la misma que se hace cualquiera: a quién le pega más fuerte, en qué enfermedad y cuánto. Los investigadores, encabezados por Lu Qi, tomaron los 50 años como punto de referencia y calcularon cuántos años de vida saludable podían esperar vivir los participantes según su situación social y emocional. Y ahí aparecieron las diferencias que dan título a esta nota.
Dos situaciones que no son lo mismo
Antes de seguir, vale una aclaración que me parece clave y que a veces se pierde en los informes: el aislamiento social y la soledad no son sinónimos. El primero tiene que ver con la cantidad de contactos, con tener pocas relaciones o interactuar poco con los demás. La soledad, en cambio, es el malestar que aparece cuando uno no siente una conexión significativa con los otros, tal como la define el Consejo Nacional de Envejecimiento. Por eso puede haber gente con muchos contactos y que igual se siente sola, y gente con vínculos escasos que, sin embargo, los vive como suficientes.
- Mujeres con aislamiento y soledad: 2,4 años menos de vida sin enfermedades físicas y 3,7 años menos sin problemas de salud mental.
- Hombres en la misma situación: 1,7 años menos sin enfermedades físicas y 5,8 años menos sin problemas de salud mental.
- El mayor contraste se dio en la salud mental masculina, con una brecha cercana a los seis años.
- Los hábitos saludables redujeron parte del impacto del aislamiento, pero apenas tocaron el riesgo ligado a sentirse solo.
“Los hallazgos abarcan tanto la salud física como la mental, y muestran que sentirse solo tiene un peso propio que no se resuelve solo con llevar una vida ordenada.”Lu Qi, investigador principal del estudio (Universidad de Tulane)
Hay un detalle del trabajo que me parece importante destacar y que muchas veces queda en el tintero: las cifras que difunde la Universidad de Tulane en su comunicado del 22 de septiembre de 2026 hablan de años libres de las enfermedades estudiadas, no de años de vida perdidos en términos absolutos. Es decir, no estamos frente a un dato de mortalidad sino de calidad de vida a lo largo de los años. Y aun así, la diferencia duele: imaginen vivir casi seis años más con depresión, ansiedad o demencia, por ejemplo, que es lo que sugiere la brecha entre los hombres que se sienten solos y los que no.
Otro punto que rescato, y que me parece relevante para quienes están del otro lado del mostrador, en el consultorio o en la farmacia, es lo que pasa con los hábitos. Alimentación equilibrada, actividad física, buen sueño y no fumar amortiguaron la pérdida de años saludables vinculada al aislamiento social. O sea, vivir con pocos contactos pero cuidarse ayuda a sostener la salud. Lo que no ocurrió fue lo mismo frente a la soledad: sostener esos mismos hábitos no redujo de manera significativa el riesgo asociado a sentirse solo. Para mí, como ciudadana y como cronista, esa es la frase que se lleva uno a casa: la soledad duele de una manera que ni el mejor menú ni la caminata diaria alcanzan a tapar.
