Una visita al barrio de siempre para entender por qué la presión alta se escapa del radar
En la Argentina, más de un tercio de los adultos convive con hipertensión y casi cuatro de cada diez lo ignora. Una recorrida por los consultorios y los consejos de los especialistas para entender por qué medirse la presión de manera periódica puede cambiar el destino de una persona.
Arrancamos la mañana en el consultorio de Mabel, en el barrio de Once, donde las persianas todavía están a medio bajar y el termómetro marca el principio de un día húmedo en la Ciudad de Buenos Aires. La paciente, una mujer de 58 años que trabaja en un taller de costura, se sienta sin saber muy bien por qué está ahí: vino por un trámite, pero terminó dejándose tentar por el tensiómetro que la enfermera apoya sobre su brazo con la naturalidad de quien ofrece un vaso de agua. Cuando el manguito se desinfla, el número que aparece en la pantalla hace fruncir el ceño a la médica clínica que la atiende, y la frase que sale de su boca es la que escuché decenas de veces a lo largo de esta nota: «No le duele nada, pero la presión está alta».
Llegué a esa sala después de cruzarme con el dato que da por tierra cualquier sensación de control: en la Argentina, el 36,3 por ciento de los adultos mayores de dieciocho años tiene hipertensión arterial, según el Registro Nacional de Hipertensión Arterial. Son cerca de doce millones de personas, y entre ellas casi cuatro de cada diez todavía no sabe que convive con esa condición. La hipertensión es, en buena medida, una enfermedad silenciosa: puede instalarse y avanzar sin que el cuerpo mande señales claras, y por eso espera paciente a que alguien se siente delante de un tensiómetro para mostrar su verdadera cara.
Medirse la presión: un trámite chico que puede evitar un dolor grande
La escena en Once se repite, con distintos matices, en centros de salud de todo el país. La médica clínica que atendió a la paciente me lo resumió con una claridad que me quedó resonando todo el día: «Tomarse la presión es rápido, no duele, y sirve para saber algo que el cuerpo muchas veces no avisa». Esa sencilla medición, sumada a controles periódicos, es la llave para detectar la hipertensión antes de que haga de las suyas, porque cuando aparecen los síntomas ya suele ser tarde: el daño en arterias, corazón, cerebro y riñones puede llevar a un infarto, a un accidente cerebrovascular o a complicaciones que cambian la vida de una persona para siempre.
- Reducir el consumo de sal y sostener una alimentación equilibrada, con verduras, frutas y legumbres como protagonistas.
- Hacer actividad física de manera regular, al menos treinta minutos por día, adaptada a cada edad y a cada cuerpo.
- Atender el estrés crónico, que también empuja los valores hacia arriba.
- Evitar el tabaco y moderar el consumo de alcohol.
- Medirse la presión de forma periódica y registrar los valores para conversar con el equipo de salud.
El panorama argentino se inscribe, además, en una preocupación global. El segundo informe mundial sobre hipertensión arterial de la Organización Mundial de la Salud, publicado en 2025, estima que mil cuatrocientos millones de adultos viven con presión elevada en el planeta y que apenas uno de cada cinco la tiene controlada. En el país, según el mismo registro nacional, solo alrededor del 44 por ciento de quienes ya están en tratamiento consigue mantener sus valores dentro de los rangos recomendables. Detectar y luego sostener la presión en niveles adecuados son, entonces, las dos columnas de un mismo cuidado.
“Tomarse la presión es rápido, no duele, y sirve para saber algo que el cuerpo muchas veces no avisa.”Médica clínica consultada en un centro de salud de la Ciudad de Buenos Aires
Antes de cerrar la recorrida, volví a la sala de Mabel, que ya estaba despidiendo a la paciente con un turno programado para la semana siguiente y una indicación precisa: volver, controlar, anotarse los números. Me quedé pensando que en esa escena, tan chica y tan cotidiana, se juega buena parte de lo que la medicina llama prevención, y que depende más de una decisión personal que de un gran gesto. Como me dijo la médica clínica mientras se sacaba el guardapolvo: «Una vez que entendés por qué conviene sentarse frente al tensiómetro, el resto lo hacés vos».
