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Domingo, 11 de octubre de 2026
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Una pareja, dos sueldos y una chacra: la apuesta de Silvana y Jorge por volver a la tierra que los vio nacer

Se conocieron en la puerta de un colegio y descubrieron que los dos venían del campo. Hoy crían animales y siembran alfalfa en Centenario, sosteniendo con sus propios salarios las tres hectáreas que Silvana heredó de su padre.

Por Griselda VillavicencioSociedad y salud · · hace 1 h
Una pareja, dos sueldos y una chacra: la apuesta de Silvana y Jorge por volver a la tierra que los vio nacer

Lorena, del barrio Centro de Centenario, me contó por teléfono que una tarde cualquiera, mientras esperaba la salida del colegio de sus hijos, se cruzó con una mujer que también miraba el reloj. Era Silvana Aiello. Del otro lado, Jorge Stelrig ya estaba conversando con otro vecino. Así, sin más, empezó una charla que iba a cambiarles la vida a los dos: los dos venían de familias chacareras de la zona de Centenario y Vista Alegre, los dos habían crecido entre acequias y animales, y los dos guardaban en la cabeza el mismo deseo, volver a vivir como cuando eran chicos. De esa charla pasaron casi veinte años y hoy los dos sostienen a pulmón, con sus sueldos de empleados, una chacra de tres hectáreas en el límite entre Centenario y Vista Alegre, sobre la calle 9, donde los dos municipios se tocan.

Yo llegué hasta la tranquera de la calle 9 una mañana de mucho viento patagónico, de esas que te hacen cerrar los ojos al bajar de la camioneta. Me recibieron los tres, Silvana, Jorge y Lucas, el hijo mayor de la pareja, de 17 años, que ese día no tenía que ir a la escuela técnica donde su madre es secretaria desde hace casi veinte años. Lo primero que vi fue una franja verde de alfalfa recién cortada que el viento movía como si fuera un mar chico, después un tractor viejo que dormía la siesta en un costado del galpón, y al fondo un gallinero con mezcla de razas, gallinas ponedoras y algunos conejos que asomaban las orejas por entre los alambres. Donde alguna vez hubo manzanos y perales, me contaron, creció solo un monte de olivillo y humedal que la tierra fue armando por su cuenta cuando nadie podía trabajarla.

De la herencia del padre a la mudanza definitiva

La historia empieza, como tantas en la zona, con un bisabuelo que cruzó el océano. El bisabuelo de Silvana llegó desde Italia con doce años, más o menos por 1920, y se instaló a probar suerte en lo que entonces era apenas un pedazo de campo abierto. El abuelo siguió la posta y empezó la chacra, y después llegó el turno de Ricardo, el padre de Silvana, que siguió cultivando la tierra hasta que la salud no le dio más. Cuando Ricardo murió, le dejó a su hija las tres hectáreas de la calle 9, con la casa vieja, los galpones y los recuerdos de una vida entera trabajando la tierra. Silvana y Jorge pasaron años juntando materiales como podían, bolsas de cemento que sobraban de alguna obra, hierros comprados cuando se podía, ladrillos guardados uno por uno, hasta que hace tres años finalmente se animaron a la mudanza definitiva.

“Vamos con los animales, juntamos el dinero para comprar alimento, gallinas ponedoras, pollos, y vamos buscándole la vuelta. Antes la chacra sostenía a la familia; ahora es la familia la que sostiene a la chacra. Antes no cumplían horario, ahora uno tiene su trabajo, cumple, y a la tarde y los fines de semana atendemos los animales. Es otro tipo de estrés.”Silvana Aiello, secretaria escolar y productora

Jorge es empleado en el área de educación de la zona y conoce bien el paño, porque él también se crió entre gallineros y corrales. Los dos laburan toda la semana en sus oficinas y sus escuelas, y a la tarde, cuando salen, se calzan las botas y se hacen cargo de los animales, del riego de la alfalfa, de los arreglos del campo. La plata de los salarios, me cuentan, es la que paga el forraje, los animales nuevos y la mano de obra extra que necesitan para mantener el campo activo. Lo hacen, aclara Silvana con una media sonrisa, a pulmón los tres, porque Lucas ya es parte del equipo aunque todavía vaya al secundario.

Lucas, el técnico mecánico que ya es chacarero

  • Tiene 17 años y cursa el secundario con orientación en mecánica, en una escuela técnica de la zona.
  • El año pasado crió seiscientos pollos parrilleros, además de gallinas ponedoras y conejos.
  • Armó él mismo una incubadora artesanal con materiales que fue juntando.
  • Piensa estudiar veterinaria cuando termine la escuela y quedarse a vivir en la chacra familiar.

Mientras terminábamos la recorrida, Lucas me mostró con orgullo la incubadora que armó con sus propias manos en un rincón del galpón, una caja grande con tapa, cables y un sensor de temperatura que él mismo calibró. Me explicó que funciona y que la usa para sacar pollitos que después cría en el campo. Es el primer emprendimiento propio de un pibe de diecisiete años que ya sabe lo que quiere: cuando termine el secundario quiere estudiar veterinaria y quedarse en la chacra. Jorge, mientras mira a su hijo, me cuenta en voz baja que él tiene otra idea dando vueltas, plantar frutales y viñas para producir y vender en el mismo campo, seguir creciendo de a poco, sin apuro, como se hicieron las cosas en esta familia desde que el bisabuelo bajó del barco hace más de un siglo. Antes de irme, Silvana me agarró del brazo y me dijo, con esa mezcla de cansancio y convicción que tienen los que laburan de verdad, mientras el viento patagónico nos pegaba de costado, lo que me quedó sonando en la cabeza todo el camino de vuelta.

“Es otro tipo de estrés, pero es el que nosotros elegimos. Sabemos que por ahora la plata sale de nuestros sueldos, no de la chacra, y está bien, es la apuesta que hicimos juntos. Queremos dejarles a nuestros hijos una tierra viva, no un recuerdo.”Silvana Aiello
GV
Griselda VillavicencioSociedad y salud

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