Un ginkgo en Heidelberg y tres vidas que se cruzan entre ramas: llega «El amigo silencioso», la nueva película de Ildikó Enyedi
Tony Leung, Léa Seydoux y Luna Wedler protagonizan la última película de la realizadora húngara Ildikó Enyedi, que se mueve entre 1908, 1972 y 2020 con un árbol como eje. Una propuesta pausada, pensada para mirar el vínculo entre las personas y las plantas.
A veces una película empieza con un sonido que no es palabra, sino una textura. En «El amigo silencioso» ese sonido es el de las hojas de un ginkgo mecidas por el viento en el jardín botánico de una universidad alemana, cerca de Heidelberg. Y a partir de ahí, la realizadora húngara Ildikó Enyedi, que se hizo conocer en todo el mundo cuando fue nominada al Oscar por «En cuerpo y alma», arma una película de casi dos horas y media que se toma su tiempo, como se lo toma un árbol, y que pone a tres personas distintas a conversar con el mismo tronco en tres momentos del siglo XX y del siglo XXI.
La idea es tan sencilla como ambiciosa: un árbol, y tres historias que pasan por ese árbol en 1908, en 1972 y en 2020. No hay un protagonista único que envejezca a lo largo de más de un siglo, sino tres personajes separados por décadas que comparten ese ginkgo del jardín botánico. Lo que los une no es la sangre ni la casualidad, sino una forma de mirar el mundo vegetal: la fotografía, el cultivo y la investigación científica, en cada caso, como maneras de entender la vida.
Tres épocas, tres personajes, un solo árbol
- En 1908, una joven se convierte en la primera estudiante universitaria y empieza a cruzar los patrones de las plantas antiguas con la fotografía, como si el revelado fuera una manera de traducir lo que el ojo no alcanza.
- En 1972, un estudiante atraviesa sus propios cambios a partir del cuidado de unos geranios: la jardinería como espejo de lo que le pasa por dentro.
- En 2020, un neurocientífico de Hong Kong, interpretado por Tony Leung, lleva adelante experimentos con bebés y con el ginkgo, y abre el tercer capítulo de la película.
A ese triángulo se suman Léa Seydoux y Luna Wedler, que dan vida a los otros dos tiempos del relato. El elenco trabaja con una dirección que descree del vértigo: la película avanza con ritmo pausado, deja que los planos respiren, y confía en que el espectador se detenga a mirar cómo se mueve una rama o cómo brota una hoja. Es un cine contemplativo, que pide paciencia y devuelve, a cambio, una pregunta simple y enorme al mismo tiempo: qué nos pasa cuando nos vinculamos con una planta.
Porque «El amigo silencioso» no es una película de divulgación científica ni un manual de botánica: es, sobre todo, una película sobre personas. Lo que cambia entre 1908 y 2020 son los modos de acercarse a la naturaleza, pero lo que se repite es esa necesidad humana de conversar con algo que no contesta con palabras. La cámara de Enyedi se acerca a los tallos, a las raíces, a las manos que podan o que sostienen una placa de revelado, y en ese ir y venir va dejando la sensación de que el árbol es, en realidad, el único personaje que permanece.
“El ginkgo no habla, pero algo dice. Lo escuchan una estudiante pionera, un chico que aprende a cuidar geranios y un científico que estudia bebés. Tres épocas distintas, la misma manera de preguntar.”Ignacio Sayago, Cultura y folclore
A los que peinamos canas y todavía nos sentamos en el patio a tomar mate mirando crecer un jazmín, esta película nos va a encontrar rápido. Hay algo de la memoria de los abuelos en eso de hablarle a las plantas como si fueran familia, de pedirles un consejo que no van a dar con la boca. Mi abuela, que en paz descanse, les decía a sus geranios «no se hagan los locos» cuando no querían florecer, y uno juraría que le hacían caso. En «El amigo silencioso» esa idea aparece sin necesidad de explicarla: el vínculo entre una persona y una planta puede ser tan íntimo como el de dos viejos que comparten la vereda.
La pregunta que queda dando vueltas al salir del cine es la que la propia película formula sin palabras: qué nos interesa, como espectadores, de una historia que conecta vidas distintas a través de un árbol. La respuesta probable es la misma de siempre: nos interesa vernos reflejados en personajes que, en otro siglo y en otro idioma, también necesitan un amigo silencioso que los banque. Y esta vez, ese amigo tiene raíces, hojas y un nombre botánico que cuesta pronunciar: ginkgo biloba.
