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Shinrin-yoku, el baño de bosque que se empecinó en devolverle al cuerpo un poco de calma

La práctica nació en Japón en 1982 y desde entonces la ciencia fue midiendo qué le hace al organismo caminar entre árboles, lejos del celular y sin contar pasos.

Por Griselda VillavicencioSociedad y salud · 14 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Lo conocí a Lorenzo un martes cualquiera, en la plaza Centenario de Lanús, sentado en un banco con la mirada perdida entre los jacarandás. Tiene 52 años, es contador, y me dijo que hace seis meses decidió probar algo que escuchó nombrar como shinrin-yoku y que, en criollo, se traduce como baño de bosque. No se fue a buscar un bosque, no hizo ningún viaje exótico, ni compró equipamiento raro. Empezó, simplemente, a caminar todos los días por esa plaza arbolada que está a tres cuadras de su casa, dejando el teléfono en el bolsillo y sin ponerse ningún objetivo deportivo. Media hora, a veces cuarenta minutos, y nada más. Me dijo que lo primero que notó fue algo que le costaría mucho explicar con palabras técnicas: una especie de bajón del ruido de fondo que llevaba encima desde hacía años. Esa frase, esa imagen de un hombre común sentado en un banco de Lanús, es probablemente la mejor forma que tengo de empezar a contar de qué se trata esta práctica y por qué terminó interesándole a la medicina del estrés en distintos lugares del mundo.

El shinrin-yoku tiene fecha de nacimiento precisa: 1982. En ese momento, Japón atravesaba una etapa de transformación industrial y urbana muy intensa, y el estrés laboral crónico se había vuelto, según cuentan quienes estudian el tema, una cuestión de salud pública. La respuesta que ensayó el gobierno fue, vista desde acá, bastante simple: promover que la gente volviera a caminar, lentamente, por entornos forestales, sin cronómetro, sin meta física, prestando atención a lo que se ve, se escucha, se huele y se respira. La consigna era esa y nada más que esa. No hay una técnica corporal, no hay una serie de pasos, no hay un protocolo místico. Es caminar, mirar, oler, escuchar y respirar.

Qué midió la ciencia hasta ahora

Con el correr de los años, distintos equipos de investigación se pusieron a medir qué le pasaba al cuerpo de la gente mientras caminaba por un bosque. Lo que más se repite en los estudios es una reducción de indicadores fisiológicos de estrés, sobre todo del cortisol, que es la hormona que se dispara cuando estamos en estado de alerta permanente. También se observaron cambios favorables en la frecuencia cardíaca y en la actividad del sistema nervioso simpático, que es el que se activa cuando sentimos que tenemos que dar respuestas todo el tiempo. Otra línea de investigación, todavía más discutida, apunta a los fitoncidas, que son los compuestos volátiles que liberan los propios árboles, y a su posible influencia sobre el sistema inmunológico. La investigadora María Lía Chudnovsky, docente de la Universidad Nacional de San Martín, suele recordarle a sus alumnos que la biología no funciona con verdades absolutas y que esa línea todavía no permite sacar conclusiones definitivas. Lo que sí aparece con bastante consistencia en la literatura es que la mayor parte de los estudios comparan al bosque con ambientes urbanos, de modo que es muy difícil separar cuánto del efecto viene de los árboles en sí y cuánto del silencio, de la luz natural, del aire libre o, simplemente, de alejarse unas horas de las obligaciones de siempre.

Una forma posible de practicar, sin viajar

  • Elegí un lugar arbolado al que puedas llegar caminando, una plaza, un parque, una costanera. No hace falta que sea un bosque denso ni un paisaje de postal.
  • Reservá al menos media hora en la que no tengas que estar resolviendo nada por teléfono, mensaje o mail.
  • Dejá el celular en silencio y, si podés, en el bolsillo. No se trata de registrar el recorrido, se trata de estar.
  • Caminá lento. Sin cronómetro, sin contar pasos, sin la idea de quemar calorías ni llegar a ningún lado.
  • Prestá atención a lo que ves, a lo que escuchás, a los olores y al aire que entra y sale. La idea es habitar el rato, no atravesarlo.

La hipótesis que más circula entre quienes estudian el tema tiene que ver con cómo funciona nuestra atención en la vida moderna. Notificaciones, pantallas, decisiones, estímulos que nos piden respuesta permanente: eso es lo que se llama sobrecarga atencional, y termina siendo un trabajo silencioso y constante. Un entorno forestal, en cambio, no nos exige esa vigilancia. Sin esa presión, la atención pasa de un modo reactivo y exigido a uno más tranquilo, y mucha gente describe después de esas caminatas una sensación de claridad mental que cuesta poner en palabras. El médico clínico Andrés Ferreyra, que atiende hace más de veinte años en el barrio de Once, me dijo una vez algo que se me quedó grabado: el sistema nervioso responde al ambiente donde le toca funcionar, y durante la mayor parte de la historia humana ese ambiente fue natural. La vida urbana, en comparación, es bastante nueva. Y como es nueva, todavía estamos aprendiendo a vivir adentro.

Antes de irme de la plaza, le pregunté a Lorenzo qué le diría a alguien que está pensando en probarlo. Se tomó unos segundos, miró hacia los jacarandás, y me respondió con una frase que me parece que resume bastante bien el espíritu del asunto: no hace falta irse lejos ni volverse místico, basta con darse el permiso de caminar media hora como cuando éramos chicos, sin que nadie nos estuviera pidiendo nada. Yo salí de ahí con la libreta llena de anotaciones, pero sobre todo con la sensación de que, en medio de tanto estímulo, regalarle al cuerpo un rato de bosque, aunque sea de plaza, es una de las cosas más razonables que podemos hacer por nosotros mismos.

GV
Griselda VillavicencioSociedad y salud

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