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Domingo, 4 de octubre de 2026
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Sergio se queda: un escritor solo frente a la Habana que se reinventa

La película de Tomás Gutiérrez Alea recorre la Revolución Cubana a través de un intelectual que prefiere el hastío a la despedida y que ordena su vida entre recuerdos, noticieros y amores desiguales.

Por Ignacio SayagoCultura y folclore · · hace 1 h
Sergio se queda: un escritor solo frente a la Habana que se reinventa

Vuelvo a sentarme frente a la pantalla con el mismo ruido de patio que se escucha apenas arranca la escena: un bombo lejano, una guitarra afinada a último momento y una Habana que ya no es la que conocí de chico, cuando me llevaba mi abuelo a ver cineclub en el barrio y después pasábamos por un bar de la calle Corrientes a comentar la película con dos copas de vino. Esa mezcla de música y de murmullo se me aparece ahora mientras pienso en Memorias del subdesarrollo, el film que Tomás Gutiérrez Alea escribió y dirigió en mil novecientos sesenta y ocho y que sigue funcionando como una foto incómoda de la Cuba revolucionaria, esa Cuba que cambió de traje y de discurso en apenas unos años y dejó a más de uno mirando la puerta por donde se iba la familia.

El arranque es bien sencillo y por eso resulta tan efectivo: Sergio, un escritor acostumbrado a las terrazas con vista, a los trajes claros y a las copas en los bares del Vedado, decide no subir al avión cuando su mujer, sus padres y sus amigos se embarcan hacia Miami. Lo que lo retiene no es la militancia ni una arenga ideológica: es el cansancio, ese hastío de bourgeois cansado de sí mismo que describe la película y que también aparece en los libros que Sergio lee y comenta. Esa decisión es la piedra fundamental de toda la historia, y a mí siempre me parece la más interesante, porque el film no lo transforma en un revolucionario ni lo condena por quedarse: lo deja en un limbo incómodo, mirando cómo el país se reorganiza mientras él intenta ordenar su propia vida.

Una Habana con noticiero y con recuerdos

Lo que vuelve a la película tan moderna, y por eso la sigo recomendando cada vez que puedo, es la decisión de Alea de romper la línea de tiempo y meterle al relato imágenes de archivo que vienen de noticieros reales. En uno de los momentos más recordados se ve la famosa Crisis de los Misiles, con los barcos soviéticos acercándose a la costa y la gente mirando la televisión con la boca seca. Esos cortes hacen que la historia de Sergio deje de ser un capricho personal y se convierta en un termómetro del país: el protagonista reflexiona sobre lo que pasa afuera mientras arma su vida adentro, y el director le responde con planos que se abren al mundo y después se cierran sobre el living de un apartamento en El Vedado.

En esa vida íntima, Sergio se vincula con mujeres más jóvenes, sobre todo con Elena, una muchacha del pueblo que entra a trabajar en su casa y a la que él intenta moldear a su manera, primero con lecturas, después con regalos, finalmente con la frustración de comprobar que la distancia de clase no se cierra con un libro de Nietzsche y un vestido nuevo. Esa relación, y la que mantiene con su propia madre y con una joven que conoce en una función de ballet, le sirve al director para mostrar las diferencias sociales que la Revolución intenta borrar pero que, en la intimidad de un departamento con terraza, siguen pesando como una losa. Yo siempre pienso en mi abuela cuando aparece esta escena: ella decía que las revoluciones cambian las calles pero demoran en cambiar las cabezas, y la película parece confirmar esa intuición de manera muy precisa.

El Tercer Cine como marco

Memorias del subdesarrollo se inscribe de lleno en lo que se llamó el Tercer Cine, una corriente que recorrió América Latina con la idea de buscar formas propias de producción y de narración frente al modelo comercial de Hollywood y al cine de autor europeo. La aparición de cámaras más accesibles y de un celuloide más barato fue clave para que cineastas como el propio Alea, como Fernando Birri en Argentina, como Glauber Rocha en Brasil o como el grupo de Cine Liberación pudieran filmar por fuera de los grandes estudios y con tiempos más libres. Esa independencia económica, que muchas veces se apoyaba en institutos oficiales como el ICAIC cubano, les permitió mezclar ficción con material documental, investigación con archivo, observación social con experimentación formal, y de ahí sale este cruce tan raro entre un drama de costumbres y un ensayo político sobre la Cuba de los años sesenta.

  • La decisión de quedarse en Cuba es personal y está atravesada por el hastío, no por la militancia.
  • El film recurre a saltos en el tiempo y a imágenes de noticieros para ampliar el punto de vista del protagonista.
  • La relación de Sergio con Elena y con otras jóvenes expone las diferencias de clase que la Revolución intenta revertir.
  • La película forma parte del Tercer Cine latinoamericano, con producción más autónoma y mirada atenta a los conflictos sociales.
  • La Crisis de los Misiles y otros hechos reales se incorporan como contrapunto de la vida íntima del personaje.

Al final del recorrido, la pregunta que queda flotando en el aire es la misma que dejó abierta el material y que a mí me gusta repetir cada vez que la película aparece en una peña o en una mesa de café: qué le aporta a un film de ficción meterse en el cuerpo del relato con imágenes de la realidad, con noticieros y con archivos que vienen de afuera del rodaje. Mi respuesta, después de tantas vueltas, es la misma de siempre: le aporta el peso de lo que efectivamente ocurrió, le da relieve histórico al personaje y le recuerda al espectador que, mientras el protagonista duda frente a la máquina de escribir, la historia no se detiene a esperarlo. Si les quedó ganas de revisitar esta película, este fin de semana hay peña en el club del barrio y prometo llevar el dvd y unos empanadas para discutirla con quien se anime a sentarse a la mesa.

IS
Ignacio SayagoCultura y folclore

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