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Por qué el celular nos mantiene en vilo aun cuando lo dejamos en la mesa

El neurocientífico Fabricio Ballarini y el lingüista Juan E. Bonnin describen los mecanismos cerebrales que llevan a chequear la pantalla una y otra vez, y los efectos del miedo a quedar afuera, especialmente en los más jóvenes.

Por Griselda VillavicencioSociedad y salud · 22 de septiembre de 2026 · hace 3 h

Soy Griselda Villavicencio y arranco esta nota como me gusta arrancar las cosas de la sección Sociedad y salud: presentándoles a alguien de carne y hueso, con nombre de pila y con barrio, porque la tecnología no es un ente abstracto sino que la padecemos personas comunes en casas comunes. Piensen en Marta, vecina de Villa Devoto, madre de dos chicos en la secundaria, que cada noche se sienta a cenar, apoya el celular boca abajo sobre la mesa y, sin embargo, no puede evitar mirarlo de reojo cada dos o tres minutos, convencida de que vibró aunque no haya pasado nada. Esa escena, que se repite en miles de hogares argentinos, tiene nombre y apellido científico, y dos investigadores del CONICET se encargaron de explicarla con lujo de detalles.

El neurocientífico Fabricio Ballarini y el lingüista Juan E. Bonnin son los autores de (Des)Conectados, un libro donde desmenuzan por qué sentimos que el teléfono nos reclama atención aun cuando lo dejamos a un lado. Lo que ellos describen es un fenómeno muy cotidiano: interpretamos un roce de la ropa, un ruido cualquiera o hasta el movimiento de una sombra en el bolsillo como si fuera una notificación, y vamos corriendo a revisar la pantalla.

El cerebro en estado de alerta permanente

Según cuentan los propios Ballarini y Bonnin, lo que nos mantiene pendientes del aparato es una combinación de expectativa y recompensa. El cerebro aprende que, cada tanto, el celular trae algo interesante: un mensaje, una reacción, una noticia, una foto. Esa alternancia entre el vacío y la sorpresa funciona como un pequeño premio intermitente, el mismo mecanismo que se estudia en los juegos de azar. Por eso, aun cuando no llegó nada, revisamos igual: la duda de que esta vez sí sea algo vale la pena.

FOMO: el miedo a perderse algo

Los investigadores remarcan que, detrás de ese estado de alerta, aparece un fenómeno conocido como FOMO, que en español podríamos traducir como el miedo a quedar afuera de lo que está pasando. Para un adolescente, perderse una conversación de un grupo de WhatsApp o un hilo de redes puede sentirse como quedar excluido del grupo de amigos, y esa percepción no es caprichosa: para ellos, gran parte de la vida social se juega ahí.

Qué efectos se observan en la vida cotidiana

  • Dificultad para sostener la atención en conversaciones largas, en la mesa familiar o en una clase.
  • Mayor nivel de ansiedad cuando el teléfono está lejos o sin batería.
  • Menor rendimiento de la memoria y de la atención cuando la cabeza está pendiente de las notificaciones.
  • Una sensación de que dejar el celular es dejar, por un rato, un espacio de encuentro con los demás.
  • La aparición de notificaciones fantasma: vibraciones o sonidos que percibimos sin que haya ninguna alerta real.

Ballarini y Bonnin insisten en que no se trata de demonizar a los dispositivos ni de pedir que se tiren a un río, sino de reconocer estos mecanismos para poder decidir con más libertad. En su planteo, el punto de partida no es contar cuántas veces se desbloquea la pantalla, sino advertir la preocupación constante por perderse algo y la expectativa permanente de que llegue un mensaje. Sólo después de tomar conciencia de ese estado de alerta se puede recuperar espacio mental para el resto de las actividades.

Cierro como me gusta cerrar estas notas, con la palabra del entrevistado, porque uno escribe mejor cuando deja que el otro termine de contar: como señalan los autores, las pantallas hoy alojan conversaciones, vínculos y actividades que forman parte de la vida diaria, y por eso dejar el dispositivo no siempre se vive como guardar una herramienta, sino, en muchos casos, como abandonar por un rato un espacio de encuentro con los demás. Esa es, quizás, la frase que más me resonó de todo lo que contaron: no es que el celular nos distraiga, es que, para muchos, el celular es la reunión.

GV
Griselda VillavicencioSociedad y salud

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