Ponerle números al miedo: la fórmula de un neurólogo para dejar de sufrir cada vez que uno se sube a un avión
Conrado Estol repasó cómo la espera del embarque, las turbulencias y hasta un gin tonic de más pueden transformar un vuelo en una pesadilla. Y propuso un ejercicio simple, mirar el cielo desde la pantalla del celular, para dejar de inflar el riesgo.
Llego a la cita con Carolina, vecina de San Telmo, y todavía estoy acomodándome cuando la escucho quejarme: el mes que viene tiene que ir a Mendoza por un Congreso de farmacéuticos y ya está con el estómago hecho un nudo. Me mira y me dice, casi en un susurro, que el verdadero problema no es el avión en sí, sino todo lo que viene antes. Y la entiendo perfectamente, porque uno no se sube a un Boeing 807 con la angustia en el bolsillo, sino que la trae de casa, la arrastra por la fila del check in, la carga en la manga y la deposita, ya enorme, en el asiento de la ventanilla.
Lo charlamos con el neurólogo Conrado Estol, que lleva años explicando por qué le tenemos tanto respeto al cielo, y la conversación me dejó pensando en algo que, mirá lo que son las cosas, termina siendo una cuestión de perspectiva.
Cuando la ansiedad se sube al avión antes que el pasajero
Estol arrancó por un costado que a veces se pasa por alto: la previa. Para mucha gente, el miedo a volar empieza mucho antes de que el avión carretee, en el control de seguridad, en la cola de migraciones o en el viaje en remise al aeropuerto. El especialista reconoce que esa anticipación del embarque puede cocinar a fuego lento un malestar que después se traduce en taquicardia, falta de aire o esa sensación tan particular de querer bajarse de todo. Y aclara un dato que vale la pena tener en el radar: la claustrofobia, ese rechazo físico a los espacios cerrados, también puede colarse en la historia y mezclarse con la fobia específica a volar, aunque no sean exactamente la misma cosa.
La idea central que dejó el médico es que conocer los números de la aviación no borra, por arte de magia, lo que a uno le pasa en el cuerpo. Se puede saber que el avión es el medio de transporte más seguro del mundo y, aun así, sentir que el corazón se nos quiere escapar. Para Estol, la salida no pasa por ignorar la emoción, sino por ponerla en relación con información concreta, y ahí viene el ejercicio que, al menos a mí, me resultó de los más curiosos.
- Bajar una aplicación de seguimiento de vuelos en el celular.
- Observar cuántos aviones están en el aire en un momento dado, en cualquier parte del mundo.
- Ubicarse dentro de ese movimiento: pensar que cada uno de esos trayectos tiene un piloto, una tripulación y un plan de vuelo.
Turbulencias: las que avisan y las que aparecen sin aviso
Durante el vuelo, casi todos terminamos coincidiendo en lo mismo: las sacudidas. Pero Estol distinguió dos familias bien diferentes, y la diferencia no es un detalle menor. Están las turbulencias asociadas a tormentas, que en general se anuncian en el camino y son detectables desde la cabina con radares y reportes meteorológicos, y están las que aparecen con cielo completamente despejado, las llamadas turbulencias en aire claro, que se producen por el choque de masas de aire a distintas velocidades y que uno siente aunque por la ventanilla no vea ni una nube.
La parte que más me quedó dando vueltas fue la de la expectativa. El neurólogo explicó que los episodios de turbulencia fuerte suelen durar segundos o, en el peor de los casos, unos pocos minutos, pero que la mente del pasajero aterrorizado los proyecta como si fueran a extenderse durante horas. La comparación que propuso es bien terrenal: prestar atención a los movimientos bruscos que uno tolera sin chistar cuando viaja en tren. La idea es la misma, moverse es moverse, solo cambia el contexto en el que lo hacemos.
Con respecto a las tormentas, el especialista señaló que las aeronaves cuentan con herramientas para identificar estos fenómenos y que las tripulaciones tienen la potestad de modificar el plan de vuelo para evitarlos. Además, insistió en el papel de los protocolos de cabina, esos pedidos de mantener los cinturones abrochados y los celulares en modo avión, que no son caprichos reglamentarios sino procedimientos pensados para que la operación se haga con la menor cantidad de distracciones posible.
Por qué el alcohol no es un buen compañero de viaje
Una de las recomendaciones más firmes del neurólogo fue evitar el alcohol como estrategia para sobrellevar el vuelo. Según describió, lejos de aplacar la ansiedad, el alcohol puede provocar insomnio y deshidratación, dos efectos que a cierta altura de la noche suelen sumarse a la fatiga propia del viaje y termina uno peor que como arrancó. La advertencia va especialmente para quienes ven en el trago previo al despegue una especie de amuleto líquido.
La propuesta de fondo que dejó Estol, y que a mí me parece la más importante para gente como Carolina, que sueña con conocer la Patagonia sin que el viaje se vuelva un calvario, es que el miedo no termine condicionando la posibilidad de tomarse unas vacaciones o de ir a ver a un hijo que vive lejos. Conocer los números, mirar el radar con la cantidad de aviones en vuelo, entender que las turbulencias fuertes son un instante y no una hora, y saltearse el gin tonic del miedo, pueden ser un buen punto de partida para dejarle al avión su trabajo y quedarse uno con la ansiedad de otro lado.
“Mi planteo general es que el miedo no termine condicionando los viajes o las vacaciones.”Conrado Estol, neurólogo
