Parar, mirar, volver: el valor de las pausas cortas para no naufragar en la propia rutina
Cuando la jornada aprieta y la cabeza no da más, levantarse, caminar o simplemente cerrar los ojos puede ser la diferencia entre seguir con lo propio o quedar a merced del cansancio. Especialistas consultados por este portal coinciden en que esos cortes breves ayudan a recuperar el foco, aunque aclaran que no son una solución cuando el malestar se vuelve crónico.
Todo empezó una mañana en el barrio de Once, cuando Carolina, administrativa en una pyme del centro, me contó entre mate y mate que ya no podía terminar una planilla sin levantarse tres veces a mirar el celular. Hacía meses que dormía mal, que contestaba mails a las once de la noche y que llegaba a su casa con la sensación de haber corrido una maratón sin moverse de la silla. Su relato me quedó dando vueltas y, cuando me topé con los hallazgos que distintas investigadoras vienen difundiendo sobre las pausas cortas, decidí salir a recorrer la ciudad para entender de qué manera esos cortes de unos minutos pueden cambiar el día. Lo que sigue es lo que fui recogiendo en el camino, con voces de profesionales que estudian la atención, el estrés y el descanso desde hace años.
Cuando la cabeza se atasca, mover el cuerpo o los sentidos
Lo primero que me aclaró una de las fuentes fue algo que parece de sentido común pero que muchos olvidamos: la atención no es un recurso infinito. Cuando cuesta sostenerla y el cansancio empieza a pesar, una pausa puede ofrecer un respiro dentro de la propia jornada. No hace falta que dure un tiempo fijo ni que se convierta en una obligación más. A veces alcanza con apartarse del celular, quedarse unos minutos en silencio o cambiar de ambiente. La elección depende del tiempo disponible y, sobre todo, de lo que a cada uno le funcione.
Para quienes quedan atrapados en pensamientos que dan vueltas como un lavarropas, la psicóloga clínica Sari Chait describió una técnica muy concreta, conocida como 5-4-3-2-1. La propuesta es anclar la atención en el entorno: reconocer cinco elementos visibles, cuatro sensaciones de contacto con el cuerpo, tres sonidos del ambiente, dos aromas y un sabor. Antes de empezar, conviene hacer una respiración pausada, sin forzar la entrada de aire. Según Chait, concentrarse en esos estímulos puede dar cierta distancia respecto de las preocupaciones, aunque no elimina su causa de un plumazo. Es, me dijo, como asomarse por una ventana cuando uno lleva horas en un cuarto cerrado.
Caminar, estirarse o simplemente cerrar los ojos
Si el día lo permite, salir a caminar también interrumpe el circuito. Una investigación que llegó a mi mesa evaluó a personas trabajadoras que pasearon por un parque durante quince minutos en el horario del almuerzo, a lo largo de diez días laborales seguidos. En esas jornadas, reportaron menos fatiga y mayor concentración por la tarde. Quienes, en cambio, optaron por ejercicios de relajación también mostraron mejoras frente a sus pausas habituales. El dato me pareció valioso, aunque los propios autores aclaran que los resultados no garantizan un efecto inmediato ni idéntico para todos: hay quienes vuelven del paseo con la cabeza más liviana y quienes necesitan algo más.
La frase de Hanna me quedó resonando: mantener los ojos cerrados durante ese intervalo puede favorecer la recuperación, aunque advirtió que ese descanso debe ajustarse a las necesidades personales y de ningún modo reemplaza al sueño adecuado. No es una siesta completa, me explicó, sino un modo de darle al cerebro un recreo antes de volver a la carga.
Hasta dónde llegan estas prácticas y cuándo conviene pedir ayuda
El límite de estos recursos aparece cuando el malestar no se va, se profundiza o empieza a colarse en el sueño, en el trabajo y en los vínculos. La terapeuta Tyana Tavakol recomendó considerar una consulta profesional si los intentos personales no alcanzan, una idea que me repitieron, con distintas palabras, todas las fuentes que consulté. Las pausas cortas pueden ser un gran aliado para sobrellevar la rutina, pero no son un tratamiento: cuando el estrés se vuelve crónico, lo más prudente es buscar acompañamiento.
“Concentrarse en los estímulos del entorno puede dar cierta distancia respecto de las preocupaciones, aunque no elimina su causa.”Sari Chait, psicóloga clínica
