Microplásticos en el microondas: por qué los toxicólogos aconsejan cambiar el recipiente antes de recalentar la comida
Especialistas de Estados Unidos recomendaron usar vidrio o cerámica y, en lo posible, bajar la potencia del electrodoméstico. Las claves para reducir la exposición cotidiana y lo que todavía no se puede afirmar sobre sus efectos en la salud.
Soy Griselda Villavicencio y arranco esta nota como me gusta empezar: con un nombre propio y un barrio. Vaya esta vez por Marta, vecina de Boedo, que cada noche hace lo que hacemos casi todos los argentinos cuando llega cansada del trabajo: abre la heladera, agarra el tupper con el guiso que sobró del mediodía y lo manda directo al microondas sin pensarlo dos veces. Lo cuenta mientras prepara el café y, mientras lo cuenta, uno toma nota porque detrás de esa costumbre tan doméstica hay una discusión que empieza a ganar espacio en los consultorios toxicológicos del otro lado del mundo y que, de a poco, también empieza a rondar las mesas de los barrios porteños.
La cuestión de fondo es bastante concreta y la planteo con mis palabras para que se entienda bien. Cada vez que recalentamos comida en un recipiente plástico, existe la posibilidad de que se desprendan partículas, tan diminutas que a simple vista no se ven, y que terminen mezclándose con lo que vamos a comer. No se trata de un scare para asustar a nadie en la sobremesa familiar, sino de un dato que vienen estudiando toxicólogos como Wells Brambl y Serah Oyewole, dos especialistas que hablaron del tema con claridad y que me parece vale la pena traer a esta columna porque sus recomendaciones se pueden aplicar hoy mismo, en cualquier cocina de Buenos Aires.
El consejo central: pasarlo a vidrio o cerámica antes de calentar
Wells Brambl, médico especialista en emergencias del Centro Médico Judío de Long Island, dependiente de Northwell Health, fue bastante directo al explicar la medida más sencilla que cualquiera puede tomar en su propia casa: antes de meter la comida en el microondas, volcarla a un recipiente de vidrio o de cerámica. La idea, me dijo casi textualmente el sentido de su recomendación, es cortar la exposición a esas partículas que pueden liberarse del plástico cuando sube la temperatura, y la verdad es que el consejo cae como anillo al dedo porque no requiere comprar nada raro ni cambiar la rutina, apenas un gesto de tres segundos antes de apretar el botón del electrodoméstico.
Ahora bien, sé que muchos van a preguntar lo mismo que me pregunté yo cuando empecé a investigar este tema: ¿y si el envase dice "apto para microondas"? La respuesta de Brambl es honesta y vale la pena repetirla: esa leyenda no elimina por completo la posibilidad de que se desprendan partículas. No es que el sello mienta, sino que aprueba el material para almacenar y calentar alimentos en condiciones razonables, aunque no garantiza que el proceso sea cien por ciento libre de desprendimientos. Por eso, insisto, la medida más segura sigue siendo la del vaso de vidrio o el plato de cerámica que todos tenemos en la alacena.
Cuando no queda otra: bajar la potencia y revisar el resto de la cocina
Entiendo perfectamente que hay situaciones en las que no hay un recipiente de vidrio a mano, sobre todo en una oficina o en un viaje, y por eso Brambl sugirió una segunda estrategia: si no queda otra que usar plástico, regular el microondas a la potencia mínima necesaria para templar la comida. El razonamiento es sencillo y lo explicó así: el calor es uno de los factores que interviene en la liberación de fragmentos del material, de manera que cuanto menos calor reciba el envase, menor será la exposición.
Serah Oyewole, toxicóloga médica del Houston Methodist, completó el cuadro técnico con una explicación que a mí me resultó muy gráfica: cuando el plástico se calienta, sus moléculas vibran y esa vibración puede fracturar la estructura de polímeros. A partir de esa fractura, agregó la especialista, fragmentos y aditivos como colorantes, antioxidantes y estabilizadores ultravioletas pueden pasar a la comida. No hace falta ser químico para entenderlo: es como una pared que, con el calor y el tiempo, va perdiendo pedacitos.
“Si no hay otra opción que usar un recipiente plástico, conviene bajar la potencia del microondas al mínimo necesario para templar los alimentos.”Wells Brambl, toxicólogo del Centro Médico Judío de Long Island (Northwell Health)
- Pasar la comida a un recipiente de vidrio o cerámica antes de recalentarla.
- Si no hay otra opción, usar plástico y bajar la potencia del microondas al mínimo necesario.
- Revisar de a poco los utensilios, tapas y esponjas de plástico y reemplazarlos cuando se pueda.
- Preferir productos con menos envolturas plásticas en la compra cotidiana.
- No confiar ciegamente en la leyenda "apto para microondas": reduce riesgos, pero no los elimina.
Lo que se sabe y lo que todavía no se puede afirmar
Hasta acá, las recomendaciones. Pero como me obsesiona no generarAlarmismo, sobre todo cuando escribo para lectores que toman decisiones por su familia, me parece fundamental compartir lo que la ciencia todavía no pudo demostrar. Brambl fue muy claro en ese punto: la literatura científica ya documentó la presencia de microplásticos y nanoplásticos en el organismo humano, y algunos estudios mostraron asociaciones con procesos inflamatorios. Ahora bien, una correlación no prueba que esas partículas sean la causa de esos procesos. O sea, se las encuentra en el cuerpo y se observan ciertos cuadros inflamatorios, pero eso no significa automáticamente que unas sean consecuencia de los otros. La diferencia es sutil pero clave, y vale la pena tenerla presente cada vez que aparecen títulos alarmantes en las redes.
Oyewole coincidió en que existen preguntas todavía abiertas sobre qué ocurre cuando se incorporan esas partículas a lo largo de los años, y diferenció dos cosas que a menudo se mezclan: la aprobación de un material para almacenar alimentos, que es un proceso regulatorio, y los efectos de la ingesta sostenida de microplásticos, que sigue bajo investigación. Esa distinción me parece importante porque muchas veces se usa el sello oficial como garantía absoluta, cuando en realidad habla de otro aspecto del problema.
Por último, no quiero cerrar esta nota sin repetir algo que Brambl dejó dicho y que a mí me quedó dando vueltas: estas decisiones hogareñas tienen un alcance limitado, porque la contaminación ambiental puede poner a los alimentos en contacto con microplásticos antes incluso de su procesamiento o de su envase. Cambiar el tupper por un plato de vidrio es una manera de recortar exposición, no de eliminarla, y por eso el especialista invitó a pensar el problema de manera más amplia, desde la cocina hasta los productos que elegimos en la góndola del supermercado. Mientras la ciencia avanza, la recomendación de pasarlo a un recipiente de vidrio o cerámica antes de recalentar parece, al menos por ahora, el gesto más sensato que podemos hacer en casa.
