Los cinco rincones del planeta donde la vida se estira y por qué sus habitantes llegan tan lejos
Un cardiólogo argentino recorre las comunidades más longevas del mundo y encuentra una receta que no depende de la genética: fe, movimiento cotidiano, comida de la tierra y un motivo para levantarse cada mañana. Cinco claves que cualquiera puede empezar a sumar desde hoy.
A Clara, que cada mañana barre la vereda de su casa en el barrio de Belgrano, le digo lo que el doctor Jorge Tartaglione repite cada vez que puede: no hace falta vivir en una isla griega ni en un pueblo japonés para sumar años. Hacen falta, eso sí, algunas decisiones chicas que, repetidas día tras día, terminan dibujando una vida bastante más larga y bastante más sana. Yo lo fui a buscar al consultorio del cardiólogo porque me intrigaba una pregunta sencilla: por qué hay lugares en el mundo donde la gente vive mucho más que el promedio y qué hacen ellos que nosotros, en la enorme Buenos Aires, todavía no terminamos de copiar.
Tartaglione me atiende con una lapicera en la mano y una carpeta llena de papers que él mismo fue a buscar. Empieza por algo que a mí, como porteña de toda la vida, me cuesta digerir: la genética explica apenas el 25 por ciento de cuánto vivimos. "Definimos nosotros el 75 por ciento", me dice, mientras apoya el codo en el escritorio y me mira de frente. Lo que sigue es un recorrido por cinco puntos del mapa donde esa definición propia se nota en la calle, en la verdulería y en la plaza.
Las cinco comunidades y lo que cada una aporta
- Loma Linda, California: una comunidad mayoritariamente religiosa donde la fe se traduce en hábitos cotidianos y se asocia a una expectativa de vida hasta diez años mayor que la media.
- Costa Rica: frutas tropicales a diario y un ritmo de vida tranquilo que empuja a los vecinos a superar los 80 años con buena salud.
- Icaria, Grecia: una isla de subidas y bajadas donde moverse no es una opción sino una obligación; la gente camina todo el día.
- Cerdeña, Italia: lo que sale de la tierra, lo que da el sol, lo que se pudre; alimentos frescos, sin conservantes ni ultraprocesados, como base de cada comida.
- Okinawa, Japón: la idea de tener un propósito diario, por chico que sea, ordena la jornada de hombres y mujeres que a los 90 años se levantan a bailar, cantar o tocar música.
Cuando le pido al médico que me traduzca eso a una cocina de clase media argentina, no esquiva la pregunta. Me habla del tomate del mercado, de la manzana que se pela sola, del pan del domingo. Me insiste con algo que en la redacción conozco bien: lo peor que le puede pasar a la verdura es pasar semanas en una góndola. Y me lanza una definición que se me quedó grabada, con esa manera que tiene él de hablar, como si estuviera en un living: "Lo que sale de la tierra, lo que le da el sol, lo que se pudre". No es poesía, me explica: es la contracara de los ultraprocesados que nos inundan las alacenas.
Después la conversación se va a Okinawa, y ahí Tartaglione se ablanda. Me cuenta de los nonagenarios que se levantan con un plan. No un plan grandioso, me aclara, casi con ternura: "No significa que tenés que hacer algo enorme. Sino tomarte un mate con una amiga, salir a caminar, salir a pasar el perro, pero todos los días se levantan con una visión, se levantan con ganas de hacer algo". Lo escucho y pienso en Clara, la de Belgrano, que cada mañana tiene un motivo para abrir la puerta. Pienso también en los colegas de la redacción que entran a la mesa de cierre con el diario del día anterior debajo del brazo y un café en la mano, como si la rutina misma les sirviera de brújula.
Qué pasa con los argentinos de entre 55 y 56 años
El cardiólogo es optimista, pero no ingenuo. Me dice que quienes están en esa franja de edad tienen una probabilidad alta de sumar entre 20 y 25 años más de vida sin enfermedad, siempre que empiecen a mover el cuerpo, a comer lo más parecido posible a lo que sale de la tierra y a cuidarse los vínculos. No hace falta mudarse a una isla griega ni aprender japonés: hace falta, según su lectura, decidirlo. Y acá aparece el punto que más me interesa como periodista de Sociedad: ninguna de esas cinco claves exige plata, viajes ni condiciones excepcionales. Son elecciones cotidianas, accesibles, que se pueden empezar mañana a la mañana con un plato de fruta, una caminata por la plaza y un llamado a un amigo que hace meses que no se atiende.
“No significa que tenés que hacer algo enorme. Sino tomarte un mate con una amiga, salir a caminar, salir a pasar el perro, pero todos los días se levantan con una visión, se levantan con ganas de hacer algo.”Jorge Tartaglione, cardiólogo
