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Lo que dejó Lorca sin terminar, y lo que dos directores se animaron a imaginar

Javier Calvo y Javier Ambrossi llevan al cine «La bola negra», una pieza inconclusa del dramaturgo granadino de la que solo se conservan cuatro páginas manuscritas.

Por Ignacio SayagoCultura y folclore · 25 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Pongámonos en situación, como cuando en el patio de casa empieza a sonar el bombo y uno sabe que la velada va para largo. Hay historias que nos llegan a medias, como canciones que el vecino empieza a silbar y deja con la melodía dando vueltas en el aire. Eso fue lo que me pasó cuando me enteré de que dos directores españoles habían tomado un manuscrito chiquito, apenas cuatro páginas, y se habían animado a completar la película que Federico García Lorca nunca llegó a filmar ni a terminar de escribir para el teatro. La historia se llama «La bola negra» y detrás de la cámara están Javier Calvo y Javier Ambrossi, dos nombres que en el mundo del audiovisual español ya suenan fuerte, y que ahora se meten con uno de los autores más sensibles y más golpeados por la historia del siglo XX.

El punto de partida es bien concreto: Lorca había dejado una obra teatral inconclusa, pensada para ser representada, de la cual solo quedaron cuatro páginas de manuscrito. Calvo y Ambrossi no fueron por el camino fácil de tirar el fragmento a la basura ni de esconderlo. En lugar de eso, decidieron preguntar en voz alta qué hubiera pasado si la obra se hubiera terminado, y armaron una película de ficción que respeta a los personajes que el dramaturgo había imaginado, pero que se anima a ponerles un destino. La frase que dejaron los propios directores resume el espíritu del proyecto y bien vale la pena tenerla en cuenta: «Todo es un 'qué hubiese sido si'». Lo aclaro porque a veces uno escucha que van a hacer una película de algo no terminado y ya se imagina lo peor, una suerte de repaso escolar con cara de solemne. No, acá la cosa va por otro andarivel: es un trabajo de imaginación sostenida, con materiales reales del autor como andamio.

Un manuscrito guardado como reliquia

Para armar la película, los directores juntaron varias piezas. Además de las cuatro páginas que se conservan, usaron el elenco completo de personajes que Lorca había proyectado, un listado que en la cabeza del granadino iba mucho más allá del protagonista. Revisaron cartas del autor y también se apoyaron en los recuerdos de gente cercana que había escuchado al poeta contar qué pensaba hacer con las escenas siguientes. Me imagino a algún amigo entrañable, casi como esos abuelos que uno tiene en casa y que todavía recuerdan quién cantaba en tal peña de Granada, y le dicen a los cineastas: mirá, Federico nos contaba que la cosa iba por acá. Esos retazos orales, sumados a lo escrito, les dieron el soporte para escribir los tramos que faltaban.

El manuscrito, vale la pena contarlo, se conserva junto con otros textos del autor en un recinto blindado, mantenido a 21 grados, una temperatura deArchivo que a mí, personalmente, me da algo de vértigo. Estamos hablando de hojas escritas por un hombre que murió asesinado en 1936, cuando apenas tenía 38 años, y que aún viven en condiciones casi de quirófano. La crudeza del dato pega fuerte: Lorca ya nunca más terminó «La bola negra», ni ninguna otra obra, y sin embargo su silencio creativo sigue produciendo películas casi un siglo después.

“Todo es un 'qué hubiese sido si'.”Javier Calvo y Javier Ambrossi

De qué hablaba la obra truncada

El argumento que Lorca había desarrollado, al menos en los papeles y en las conversaciones que mantuvo con su amigo el escritor y dramaturgo Cipriano Rivas Cherif, giraba en torno a un muchacho de Granada llamado Carlos. El joven quería ser admitido en un casino local y la decisión sobre su ingreso se resolvía con una votación con bolas, un mecanismo que suena casi a juego de plaza, pero que acá carga con todo el peso social de la época. Eran los propios miembros del casino los que depositaban la suya, y si predominaba la negra, a Carlos lo dejaban afuera. La crueldad del mecanismo está en que el destino de una persona dependía del colorito de una bolita, convertida en veredicto.

El motivo central que Lorca tenía en la cabeza para justificar el rechazo era la homosexualidad del joven, aunque en las cuatro páginas que se conservan esa condición no aparece mencionada de manera explícita. Hay, sí, una conversación entre Carlos y su hermana que los cineastas tomaron del manuscrito y la llevaron a la pantalla. Es una de esas escenas donde uno siente que está escuchando una verdad a medias, con sobreentendidos, y donde el no dicho termina pesando mucho más que cualquier declaración.

  • La obra teatral inconclusa contemplaba un elenco de hasta 36 personajes, entre ellos familiares y amigos del protagonista.
  • La pieza quedó interrumpida por el asesinato de Federico García Lorca en 1936, cuando tenía 38 años.
  • El manuscrito original de cuatro páginas se conserva en un recinto blindado, mantenido a una temperatura estable de 21 grados.
  • La trama se centra en Carlos, un joven de Granada que buscaba ser admitido en un casino, donde la votación con bolas decidía su inclusión o su exclusión.
  • El motivo del rechazo previsto por Lorca era la homosexualidad del joven, aunque el fragmento conservado no la menciona de forma directa.

Ahora bien, lector, lectora, me detengo un instante y le paso la pelota. Cuando uno se cruza con una película que se anima a retomar algo que un autor dejó a medias, ¿qué es lo que uno espera encontrar adentro? Porque está la opción del respeto extremo, casi de no tocar nada, y está la otra opción, la que eligieron Calvo y Ambrossi, que es la de abrazar el fragmento y construir un posible cierre sin engañar a nadie. Yo, Ignacio Sayago, les confieso que miro estas apuestas con cariño y con cuidado al mismo tiempo, porque son carne viva de un autor que no se puede defender. Pero también pienso en mi vieja, que siempre me decía que las historias se cuentan mientras haya alguien dispuesto a escucharlas, y acá hay un pueblo entero, el de los directores y el de los espectadores, que se sentó a escuchar. Y si andan por Buenos Aires este fin de semana, ya saben: la peña de siempre los espera con un buen vino, un buen acordeón y, seguramente, algún poeta que nos recuerde que a veces lo más importante no es cómo termina el cuento, sino la ganas que le ponemos a seguirlo contando.

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Ignacio SayagoCultura y folclore

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