La trampa del que siempre puede: por qué llegar a los 60 con la agenda llena y el teléfono vacío es más común de lo que parece
La psicología clínica advierte sobre un perfil paradójico: personas competencyudas y socialmente activas que, al llegar a la madurez, descubren que sus vínculos fueron sobre todo funcionales. Décadas de disponibilidad constante acostumbraron al entorno a verlas como un recurso y no como alguien con necesidades propias. Reconocer el patrón a tiempo es el primer paso para revertirlo.
A Carmen, del barrio de Belgrano, la conozco desde hace años y nunca la vi quejarse. Siempre fue la primera en llamar cuando algo se complicaba, la que organizaba los asados familiares, la que resolvía un trámite imposible en un mediodía. Por eso me llamó la atención cuando me dijo, casi al pasar, que el mes pasado había cumplido 60 años y que la habían llamado por teléfono menos gente que dedos tiene una mano. Carmen me miró y me soltó una frase que se me quedó dando vueltas: Yo siempre estuve para todos, pero cuando necesité, no había nadie. Ahí entendí que la nota que tenía ganas de escribir hacía tiempo tenía que ver con esto: con esa soledad silenciosa que llega sin hacer ruido, cuando uno ya pasó los 60 y se da cuenta de que muchos de los teléfonos que tenía agendados eran, en realidad, contactos funcionales y no verdaderos afectos.
Llegar a los 60 sin un círculo íntimo de contención no suele ser señal de torpeza social, ni mucho menos de mala suerte. Todo lo contrario. La psicología clínica describe un perfil bastante particular, casi opuesto al del retraído: personas que durante décadas fueron el pilar de sus familias, de sus grupos de amigos y hasta de sus compañeros de trabajo, siempre dispuestas a escuchar, a mediar en un conflicto, a resolver un problema ajeno. El hueso del asunto, según explican los especialistas, no está en la falta de vínculos sino en la calidad de esos vínculos, que muchas veces se fueron construyendo sobre una base muy particular: la utilidad.
El cuidado compulsivo: cuando la fortaleza se vuelve una trampa
En consultorios y en la literatura psicológica existe un concepto que los profesionales suelen manejar con frecuencia y que describe con bastante precisión lo que le pasa a mucha gente como Carmen. Lo llaman cuidado compulsivo, y se refiere a la tendencia a construir la propia identidad alrededor de la fortaleza y de la disponibilidad permanente. Quien ocupa ese lugar escucha, aconseja, contiene y resuelve con una frecuencia que llama la atención, pero rara vez recibe la misma devolución. Con el paso de los años, el entorno va incorporando esa asimetría como si fuera algo natural: la persona fuerte no necesita ayuda, simplemente está ahí para darla, y punto.
El problema es que ese mecanismo se hace muy visible justo cuando las circunstancias cambian. Una salida del mercado laboral, una separación, una pérdida significativa o cualquier crisis propia expone que muchos de esos lazos dependían, en realidad, de la utilidad funcional: del acceso a una determinada experiencia, a ciertos contactos, a la capacidad de gestión. Cuando esa utilidad deja de estar disponible, la red se va angostando y aparecen los silencios que duelen.
- Vínculos sostenidos casi exclusivamente por la función, como resolver trámites, prestar plata o contener crisis ajenas, que se diluyen cuando esa utilidad ya no está.
- Pedir ayuda asociado a una amenaza a la propia autoestima, lo que lleva a transitar las crisis propias en silencio aun teniendo gente cerca.
- Identidad muy apoyada en el rol de sostén, que deja poco margen para mostrar vulnerabilidad sin sentir que se rompe la propia imagen.
- Red social que se reorganiza con los cambios de etapa, como la jubilación, y que puede dejar a alguien con menos contactos de los que creía.
“Los vínculos construidos casi exclusivamente sobre la función colapsan cuando el contexto cambia. La reciprocidad, en cambio, genera lazos que sobreviven a esas transiciones.”Investigaciones sobre dinámica de grupos humanos, entre ellas las del MIT
Pedir ayuda, una asignatura pendiente
Hay otro obstáculo muy concreto, y que quienes ejercen ese rol de cuidadores conocen bien: la enorme dificultad para pedir ayuda. Después de años siendo el que contiene, el que escucha, el que llega con la solución bajo el brazo, asociar la propia necesidad de apoyo con una amenaza a la propia imagen se vuelve casi un reflejo. Mostrar vulnerabilidad resulta incómodo porque contradice la versión de uno mismo que se construyó con tanto esfuerzo, y esa incomodidad termina empujando a transitar los momentos difíciles en soledad, aun teniendo a alguien al lado.
La salida que propone la psicología, me lo explicó una psicoanalista con varios años de consultorio en el barrio de Palermo, no pasa en absoluto por dejar de cuidar a los demás. Eso sería un error, me dijo, porque cuidar suele ser parte de la propia identidad y de lo que le da sentido al vínculo. Lo que sí propone habilitar la reciprocidad, y eso implica, al menos, dos movimientos bien concretos: empezar a comunicar las propias necesidades sin esperar que el entorno las adivine, y revisar con honestidad qué vínculos se sostienen únicamente por la utilidad que uno aporta. Cuanto antes se trabaje este patrón, más tiempo queda para construir relaciones de intercambio genuino antes de que la red social se reorganice alrededor de la jubilación o de cualquier otro cambio de etapa.
Antes de cerrar la charla le pregunté a Carmen qué había aprendido de todo esto. Me miró fijo, se tomó un segundo y me dijo, con una mezcla de alivio y de bronca todavía fresca: Que pedir ayuda no es ser menos, es dejar que el otro también sea parte de tu vida. Esa frase, me parece, resume bastante de lo que esta nota quiso contar.
