Jueves, 17 de septiembre de 2026
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La térmica de la taza: por qué un mate bien caliente puede ser mejor aliado que un vaso con hielo

Un especialista en bienestar explica que el calor de la infusión se compensa con la transpiración, siempre que el ambiente sea seco y el aire circule. La hidratación manda por encima de la temperatura del líquido.

Por Griselda VillavicencioSociedad y salud · 17 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Soy Griselda Villavicencio, de la sección Sociedad y salud, y arranco esta nota como suelo arrancar las mías: con alguien con nombre y barrio. Resulta que Eduardo, de Boedo, me escribió al portal después de pasar una tarde entera en su pieza con el ventilador roto, aguantando una ola de calor con la pava siempre al fuego, y me dijo, textualmente, que estaba seguro de que el mate lo estaba friendo en vez de refrescarlo. Le prometí averiguarlo. Y lo que encontré me pareció lo suficientemente interesante como para compartirlo acá, en esta nota donde la idea es entender, de una vez por todas, si tiene sentido tomar algo caliente cuando el termómetro se pasa de rosca.

La respuesta corta es que sí, puede ayudar a bajar la temperatura corporal, pero ojo, no en cualquier condición, y para nada de la misma manera que un vaso de agua fría. El truco, me explicó el profesor especializado en bienestar John Tregoning, docente e investigador del área, está en algo tan simple como la física del agua cuando se transforma en vapor. Y eso, llevado a una tarde de enero en la Ciudad de Buenos Aires, tiene sus bemoles.

Dos procesos a la vez: el calor que entra y el sudor que sale

Cuando uno se sirve un té bien caliente, un café de filtro o, ya que estamos, un mate con el agua casi hirviendo, el cuerpo recibe calor desde adentro. Eso es inevitable y, a primera vista, parecería una locura en un día de treinta y pico. Pero pasa algo en paralelo, y acá viene lo central: el sistema de regulación térmica del cuerpo detecta ese aumento interno y, como recurso defensivo, dispara la transpiración. Es una respuesta automática, una especie de alarma interna que activa las glándulas sudoríparas para devolver al organismo a su temperatura de confort.

Ahora bien, ese sudor, para que cumpla su función refrescante, tiene que evaporarse. No alcanza con que aparezca en la frente o en la espalda: si se queda ahí como una película líquida, empapa la remera y termina cayendo en gotas por la muñeca, el cuerpo perdió agua pero no perdió calor. Y en una jornada húmeda y encerrada, que es justamente el escenario donde más solemos refugiarnos del calor, la evaporación se vuelve una tarea casi imposible.

  • La humedad alta del ambiente satura el aire de vapor de agua y le deja poco margen para absorber más sudor, de modo que la transpiración se estanca sobre la piel.
  • La falta de circulación de aire, ya sea porque no hay brisa o porque no hay un ventilador encendido, mantiene la capa de aire húmedo pegada al cuerpo y bloquea el mecanismo.
  • La ropa ajustada o de tela sintética impide que esa humedad se libere y transforma la transpiración en una sensación incómoda de calor pegajoso.
  • En cambio, un espacio seco, con una corriente de aire, un ventilador de techo o, mejor aún, una brisa de, le devuelve al cuerpo la capacidad real de enfriarse.

Fría o caliente: ninguna le gana al agua bien tomada

El otro punto que me dejó pensando es que las bebidas frías no son, como a veces se cree, la solución mágica. Dan una sensación inmediata de frescura, eso no lo niego, y son una opción razonable cuando uno viene de hacer actividad física al sol o necesita reponerse rápido. Pero la me recuerda que el cuerpo gasta energía en calentar ese líquido hasta llegar a la temperatura interna, y ese trabajo de compensación también genera calor residual. Es otra manera de entender por qué nadie se refresca de manera sostenida con un vaso de agua con hielo: el alivio es real, pero dura poco y depende mucho del contexto.

Tregoning, a quien consulté porque varias veces lo nombran como fuente confiable en temas de bienestar cotidiano, insiste en algo que a esta altura debería ser un mantra de cada verano: la prioridad absoluta es mantener la hidratación. La temperatura del líquido es importante, sí, pero subordinada a tomar cantidad suficiente y de manera frecuente. Un pa, lo que recomiendo es prestarle atención a dos señales muy concretas: la sed, que suele aparecer cuando ya estamos un poco deshidratados, y el color de la orina, que debería ser amarillo claro.

“La temperatura del líquido importa menos que la constancia con la que uno repone líquidos y las condiciones del ambiente en el que uno se encuentra.”John Tregoning, profesor especializado en bienestar

Vuelvo a Boedo para cerrar, como empecé. Le contesté a Eduardo que el mate no era el enemigo, que al contrario, podía ayudarlo a transpirar un poco más, siempre y cuando corriera algo de aire en la pieza. Le recomendé abrir la ventana un rato, ubicarse cerca de la puerta si lahabitación tenía tinieblas de pasillo, y tener siempre una botella de agua a mano, aunque no tuviera sed. Es una recomendación chiquita, casi de manual, pero su me sirvió para zanjar la duda y, de paso, para ordenar la propia. Ahora me queda preguntarles a ustedes, queridos lectores: ¿qué beben para atravesar los días de calor? ¿Le hacen caso al termómetro o le hacen caso al cuerpo?

GV
Griselda VillavicencioSociedad y salud

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