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La picazón que no se apaga: cuando el bolsillo decide si un paciente con dermatitis atópica sigue o se rinde

Un relevamiento nacional detectó que casi la mitad de las personas con dermatitis atópica postergó o suspendió consultas en los últimos seis meses por motivos económicos. Especialistas insisten en que el diagnóstico temprano y el tratamiento sostenido marcan la diferencia entre una vida normal y una pelea cotidiana contra el rascado, el insomnio y la vergüenza.

Por Griselda VillavicencioSociedad y salud · 14 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Llegué a la sede de la Asociación Civil para el Enfermo de Psoriasis con la sensación de que iba a escuchar un dato técnico y me terminé cruzando con una historia mucho más humana. Me atendió Silvia Fernández Barrio, presidenta de AEPSO, y lo primero que me dijo, antes de mostrarme los números, fue algo que se repite en cada consulta: la picazón no es un síntoma menor, es una enfermedad que no da tregua y que se come las noches enteras. Esa frase, esa manera de poner el cuerpo en primer plano, es la que ordena todo lo que viene después.

La dermatitis atópica es una enfermedad inflamatoria crónica de la piel cuyo signo más incapacitante es el prurito persistente. No tiene cura, pero se puede controlar, y ahí está la trampa: cuando controlar se vuelve inalcanzable por razones de plata, lo que era una condición llevadera se transforma en un padecimiento cotidiano. Un relevamiento de AEPSO entre pacientes y cuidadores arrojó que el 48,5% postergó o suspendió consultas médicas en los últimos seis meses por motivos económicos, que el 44,8% tuvo dificultades para acceder a los medicamentos indicados y que el 37,3% directamente redujo o dejó de comprarlos por falta de recursos. Cerca de dos de cada diez personas no seguía el tratamiento prescripto, principalmente por las mismas razones.

Una piel que habla, un cuerpo que se cansa

La enfermedad afecta al menos al 10% de los niños y adolescentes en Argentina. Aunque es más frecuente en la primera infancia, puede aparecer a cualquier edad y en aproximadamente tres de cada diez casos persiste durante la adultez. Las lesiones se asoman en la cara, el cuero cabelludo, las orejas, el dorso de las manos y distintas áreas de brazos y piernas, y su evolución alterna brotes con períodos de remisión, lo que obliga a controles y cuidados sostenidos en el tiempo. Esa intermitencia, justamente, es lo que hace que el seguimiento sea tan importante y, a la vez, tan difícil de sostener cuando la economía aprieta.

“El picor no deja dormir, ni permite la vida social, el trabajo, la escuela, baja la autoestima y complica tremendamente la dinámica familiar. Afecta la vida las 24 horas.”Silvia Fernández Barrio, presidenta de AEPSO

El relevamiento confirmó ese impacto con cifras que pesan: el 63,4% de los participantes reportó alteraciones en la calidad del sueño, el 61,9% debió modificar su rutina y el 56,7% dijo que la enfermedad afectó su calidad de vida en términos generales. Quienes sufren picazón crónica e intensa tienen tres veces más probabilidades de desarrollar depresión y el doble de sufrir ansiedad, según los datos que maneja la organización. Son números que, traducidos al lenguaje de la calle, significan noches en vela, jornadas laborales truncadas, chicos que se rascan hasta lastimarse y adultos que evitan mostrar los brazos en verano.

Diagnóstico a tiempo y tratamiento sostenido

El diagnóstico temprano permite ajustar el tratamiento a las características de cada paciente y evitar años de idas y vueltas por consultorios. La médica dermatóloga Paula Luna, especialista en Dermatología Pediátrica, suele remarcar que el enfoque personalizado es lo que posibilita una mejora real en la calidad de vida, sobre todo en los más chicos, donde la enfermedad golpea también el rendimiento escolar y la sociabilidad. Cuando el tratamiento se sostiene, los brotes se espacian, el sueño vuelve y la piel deja de ser el centro de la jornada.

El problema, como me dejó claro Silvia antes de cerrar la charla, es que de nada sirve un diagnóstico certero si después el paciente no puede pagar la crema, el antihistamínico o la consulta con el especialista. Por eso, insistió, la barrera económica termina siendo el verdadero cuello de botella: no alcanza con que la ciencia tenga respuestas si la billetera no deja llegar hasta ellas.

  • El 48,5% de los pacientes con dermatitis atópica postergó o suspendió consultas médicas en los últimos seis meses por motivos económicos.
  • El 44,8% tuvo dificultades para acceder a los medicamentos indicados y el 37,3% redujo o dejó de comprarlos por falta de recursos.
  • El 63,4% reportó alteraciones en la calidad del sueño, el 61,9% debió modificar su rutina y el 56,7% dijo que la enfermedad afectó su calidad de vida.
  • La dermatitis atópica afecta al menos al 10% de los niños y adolescentes en Argentina y persiste en la adultez en cerca de tres de cada diez casos.
  • Los pacientes con picazón crónica e intensa tienen tres veces más riesgo de depresión y el doble de riesgo de ansiedad.
GV
Griselda VillavicencioSociedad y salud

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