La fórmula olvidada de Benjamin Franklin para entrenar el autocontrol en la vida cotidiana
Una sentencia breve del prócer estadounidense condensa tres batallas internas que la mayoría enfrenta a diario: guardar un secreto, perdonar un agravio y aprovechar el tiempo. Especialistas consultados por este portal explican por qué esas tres claves siguen vigentes en plena era de la sobreexposición digital.
Me llamo Griselda, vivo en Caballito y arranqué esta nota de una manera bastante particular: me senté a leer despacio, como hacía tiempo no hacía, una frase corta de Benjamin Franklin que llevaba rato dándome vueltas en la cabeza. "Las tres cosas más difíciles de esta vida son guardar un secreto, perdonar un agravio y aprovechar el tiempo", escribió el científico y estadista ilustrado hace más de doscientos años, y sin embargo parece escrita para este momento, cuando las redes sociales tientan a contar todo al instante, cuando cuesta soltar una ofensa y cuando el celular nos roba horas enteras sin que nos demos cuenta. La pregunta que me hice es inevitable: ¿qué tan vigente sigue esa sentencia y por qué se siente tan incómoda?
Los tres pilares que sostienen el autocontrol
Antes que nada, vale aclarar algo que la psicóloga Fernanda González, a quien consulté para esta nota, repite en cada charla que da en su consultorio de Once: el autocontrol no es un rasgo de personalidad con el que se nace o no se nace, sino una práctica que se entrena, como un músculo. Lo que Franklin puso en juego con esa frase, según la especialista, es la idea de que detrás de cada decisión difícil hay un mismo motor: la capacidad de gobernar los impulsos en lugar de que los impulsos nos gobiernen a nosotros. Y esa capacidad se ejerce en tres frentes concretos.
El primero es la discreción. Guardar un secreto implica renunciar a la gratificación inmediata que produce contar algo que nadie más sabe. La psicología señala que revelar datos reservados genera una sensación pasajera de protagonismo, pero sostener la reserva es también un acto de respeto hacia quien confió: cada confidencia supone un compromiso ético que va más allá de la comodidad del momento. En tiempos de Instagram, TikTok y grupos de WhatsApp infinitos, la discreción se volvió una rareza casi exótica.
El segundo frente es el perdón. Perdonar un agravio no equivale a justificar el daño ni a borrarlo de la memoria, distinción que la licenciada González insiste en marcar con el dedo cada vez que puede: "El perdón funciona como una herramienta para liberar el peso emocional que consume energía mental, no como una absolución del otro", explica. El resentimiento, dice, ocupa recursos cognitivos de quien lo sostiene. Soltar ese peso permite recuperar el control sobre la atención y el bienestar personal, que de otro modo quedan atados a las acciones de terceros.
- Discreción: renunciar a la gratificación inmediata de compartir información reservada para honrar la confianza de quien confió.
- Perdón: soltar el peso emocional de un agravio sin por eso justificar el daño ni repetir la historia como propia.
- Tiempo: tratar las horas como un activo no renovable, ya que a diferencia del dinero los minutos no se recuperan jamás.
El tercero, el tiempo, es quizás donde la sentencia de Franklin pega más fuerte hoy. A diferencia del dinero o los objetos, las horas no se recuperan, y el estadista las describía como un activo no renovable. El problema, me dice el doctor en Ciencias de la Educación Mariano Pérez, docente en una facultad del centro porteño, es que hoy toda una industria compite por capturar nuestra atención durante el mayor tiempo posible. "Estar ocupado no garantiza haber avanzado: la actividad constante y el uso inteligente del tiempo son cosas distintas", asegura. La diferencia, según el especialista, la marca la alineación entre los propósitos propios y las decisiones que se toman hora a hora.
Por qué la frase sigue incomodando
Vuelvo a la pregunta del principio, la que me dejó pensando mientras leía. Si Franklin escribió esas líneas en el siglo XVIII, ¿por qué siguen produciendo esa punzada molesta en pleno siglo XXI? La respuesta que me dieron, casi en las mismas palabras, González y Pérez, fue la misma: porque los tres desafíos que él identificó son los que definen si una persona se maneja a sí misma o si termina a merced de sus reacciones automáticas. Y eso, en la era del scroll infinito, de los rencores televisados y de la tentación constante de contar lo que sea antes de pensarlo dos veces, es una pelea diaria que conviene tomarse en serio.
“El autocontrol no es negar los impulsos, sino elegir frente a ellos. Esa elección se entrena todos los días.”Fernanda González, psicóloga
