Ganglios del cuello: cuando un bulto pasajero puede ser la punta del iceberg
Un internista de Cleveland Clinic repasa las señales que separan una inflamación vulgar y corriente de un cuadro que obliga a pedir turno. Tamaño, textura, dolor y persistencia, las cuatro claves para no hacerse el distraído.
Marisa, de Villa Crespo, me contó que llevaba diez días con un bulto en el lado derecho del cuello cuando por fin se animó a ir al médico. Ella estaba convencida de que se trataba de una angina mal curada; terminó siendo otra cosa. Lo cuento porque su caso me sirve de arranque para esta nota que vengo preparando hace semanas, a partir de una charla que tuve con un especialista que no tuvo ningún problema en ponerme las cosas en blanco sobre negro.
Resulta que el cuerpo humano tiene alrededor de 600 ganglios linfáticos repartidos desde la ingle hasta la mandíbula, y los del cuello son los que más se hinchan cuando aparece cualquier virus de estación. Es lo más normal del mundo: los ganglios funcionan como filtros que atrapan bacterias y partículas raras antes de que se siga propagando el problema. El doctor Daniel Sullivan, médico internista de Cleveland Clinic, lo resumió con una imagen que me quedó dando vueltas: Los ganglios linfáticos son el sofisticado sistema de alcantarillado del cuerpo, me dijo, y la frase me parece ideal para explicar por qué se inflaman tan seguido sin que ello signifique nada grave.
Cuando el bulto deja de ser un trámite
Ahora bien, no toda hinchazón en el cuello viene de un resfrío. La inflamación en esa zona tiene nombre técnico, linfadenopatía cervical, y a veces es la primera señal de algo mucho más serio. Varios tipos de cáncer pueden asomar por ahí: leucemia, linfoma, melanoma, carcinoma de células escamosas, tumores en la boca o en la tiroides. Sullivan me aclaró que incluso puede tratarse de una metástasis, es decir, células que se desprendieron del tumor original y viajaron por la sangre o por el sistema linfático hasta instalarse en un ganglio. Cuando las células cancerosas se desprenden del tumor original, entran en el torrente sanguíneo o el sistema linfático y se diseminan a otras partes del cuerpo, advirtió, y la frase me dejó pensando en lo mucho que nos cuesta asociar un bulto en el cuello con una palabra tan pesada.
Las cuatro claves para no hacerse el distraído
- Dolor al tacto: si molesta, suele ser por una infección y tiende a tranquilizar; si es indoloro y duro, la señal es la opuesta.
- Tamaño: a partir de un centímetro y medio de diámetro el ganglio deja de ser un trámite y pasa a ser motivo de consulta.
- Textura: blandito y movedizo va; gomoso como una gomita de mascar puede sugerir linfoma; duro, pétreo y pegado al fondo, cáncer metastásico.
- Persistencia: si pasaron dos semanas desde la infección y el ganglio sigue creciendo o no se achica, hay que pedir turno sin dilatarla.
- Síntomas asociados: fiebre que no se explica, sudores nocturnos, pérdida de peso sin hacer dieta ni ejercicio, todos son motivos para no dejar pasar el tema.
Yo siempre recomiendo anotar la fecha en que uno se encontró el bulto, porque la memoria es traicionera y a los quince días uno ya no recuerda si aquello era más grande o más chico. Esa simple línea de tiempo puede ahorrarle al médico un montón de estudios y, sobre todo, puede ahorrarle a uno una preocupación enorme si la cosa era, en realidad, una pavada. Si esto lleva ocurriendo más de dos semanas y siguen aumentando de tamaño, es una señal de alarma que nos obliga a investigar causas más allá de las infecciones comunes, insistió Sullivan, y a mí me parece que esa frase bien vale un párrafo entero para que cada lector la guarde en un rincón de la cabeza.
