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Viernes, 16 de octubre de 2026
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El Walkman dorado de casi seis mil dólares: cuando la música se vuelve objeto de culto

Sony presentó una nueva versión de su reproductor de alta fidelidad con chasis de cobre y tornillos bañados en oro, pensado para un público que mide la experiencia auditiva en milésimas de segundo y en miles de dólares.

Por Ignacio SayagoCultura y folclore · · hace 59 min
El Walkman dorado de casi seis mil dólares: cuando la música se vuelve objeto de culto

Les confieso algo de entrada: cada vez que me cruzo con una noticia como esta me acuerdo de mi viejo, que tuvo un Walkman cassette en los años ochenta y lo cuidaba como si fuera una reliquia familiar, envuelto en una bolsita de tela y guardado en el cajón de la mesita de luz. Aquel aparato, que en su momento fue una pequeña revolución de bolsillo, costaba una fracción de lo que gana un trabajador en un mes. Hoy, casi medio siglo después, la marca japonesa decidió llevar aquel mismo concepto a un terreno que ya no tiene nada que ver con lo masivo: el de la alta fidelidad convertida en artículo de lujo. Sony acaba de anunciar el NW-WM1ZM3, un reproductor de audio de alta gama con acabado en oro y un precio de preventa de 5.899 dólares, que recién llegará a las tiendas en enero de 2027. Y a mí, la verdad, se me ocurre preguntarlo de la manera más directa posible: ¿tiene sentido pagar casi seis mil dólares por escuchar música?

Antes de responder, vale la pena entender qué es lo que se está comprando. El nuevo Walkman no es un simple reproductor con pantalla bonita: es una pieza de ingeniería pensada para un público muy específico, el de los llamados audiófilos, gente capaz de discutir durante horas si un cable de cobre cambia o no cambia el sonido, o si la conexión a tierra de un tornillo suma medio decibel de calidez. La estructura del aparato está construida sobre un chasis de cobre libre de oxígeno, con un nivel de pureza del 99,99%, y los tornillos que sujetan las piezas llevan un tratamiento de baja resistencia bañado en oro, algo que la compañía presenta como una garantía de estabilidad eléctrica y, en consecuencia, de calidad sonora.

Qué ofrece el equipo y a quién apunta

  • Chasis de cobre OFC con pureza del 99,99% y tornillos bañados en oro para una conexión a tierra más estable.
  • Motor de remasterización DSD propio de Sony, pensado para mejorar archivos de audio de alta resolución.
  • Pantalla táctil de 5,5 pulgadas para navegar por bibliotecas musicales y servicios de streaming.
  • Autonomía de hasta 35 horas de reproducción continua.
  • Precio de preventa de 5.899 dólares y disponibilidad confirmada para enero de 2027.

Ahora bien, no es la primera vez que Sony se mete en este terreno. En 2022 había presentado el NW-WM1ZM2, que en su lanzamiento costaba unos 3.200 dólares y que hoy, en el mercado de usados, se consigue por alrededor de 1.500. Es decir que la marca ya tiene un historial en esto de cobrar fortunas por un reproductor portátil, y que existe un circuito de coleccionistas y aficionados dispuestos a pagar esos precios. El nuevo modelo se planta como una actualización de aquella línea, con la promesa de graves más definidos, un escenario sonoro más amplio y frecuencias altas más fluidas, según la propia descripción de la empresa. Lo que no queda tan claro es si la diferencia sonora justifica casi el doble de precio respecto de su antecesor.

Acá es donde la discusión se pone interesante y, me animo a decir, bastante más humana de lo que parece a primera vista. Porque el NW-WM1ZM3 no se presenta únicamente como un equipo de audio: se vende, también, como objeto de colección. El acabado en oro, los materiales nobles, la fabricación de precisión: todo apunta a un consumidor que no solo quiere escuchar música, sino que además quiere poseer una pieza que lo represente. Y en ese sentido, el aparato funciona menos como un walkman tradicional y más como un reloj de alta gama o como un auto deportivo: se compra porque emociona, porque se exhibe, porque habla de quien lo lleva encima. Algo parecido a lo que pasaba en los barrios con ciertos equipos de música en los años noventa, cuando un muchacho juntaba la plata durante meses para comprarse un componente Nakamichi o un parlante Bose, y después lo mostraba con orgullo en el patio de la casa, mientras los vecinos asomaban por la ventana para escucharlo sonar. Eran otros tiempos y otros precios, claro, pero la lógica era parecida: la música como un acto que también se mira y se muestra.

A mí, personalmente, me queda una sensación encontrados. Por un lado, celebro que exista un mercado que premie la calidad de audio y que mantenga viva la llama de la escucha en serio, esa que se sienta frente al equipo, cierra los ojos y se deja llevar por un disco de Spinetta o de Mercedes Sosa, como cuando uno se sentaba en la mesa de la abuela y ella ponía un long play de Alberto Cortez mientras servía el mate cocido. Por el otro, no puedo dejar de pensar que un aparato de casi seis mil dólares es, para la enorme mayoría de los mortales, un gasto imposible de justificar, por más promesas técnicas que traiga en la caja. Un buen par de auriculares y un teléfono de gama media ya permiten disfrutar la música de una manera más que razonable para el oyente común.

La pregunta de fondo: ¿tecnología o lujo?

Lo que Sony plantea con este Walkman es, en definitiva, una pregunta de fondo que cada uno resolverá en función de la billetera y de la sensibilidad: ¿la diferencia entre un buen equipo de audio y uno de altísima gama justifica pagar el equivalente a varios meses de sueldo? ¿O se trata, lisa y llanamente, de un artículo de lujo con pretensiones tecnológicas? Los ingenieros de la marca japonesa asegurarán que cada tornillo bañado en oro, cada milímetro de cobre puro y cada línea de código del motor de remasterización están justificados por una mejora sonora perceptible. Los más escépticos, en cambio, mirarán el precio y verán, ante todo, un objeto diseñado para un nicho muy exclusivo.

Como sea, con menos de dos meses para que las ventas oficiales se abran, el mercado audiófilo ya tiene un nuevo punto de referencia en precio y exclusividad. Habrá que ver cuántos se animan a reservar los casi seis mil dólares, y cuántos, como mi viejo en los ochenta, terminan cuidando su viejo cassette con el mismo cariño con el que esta gente cuidará su Walkman dorado. La música, mientras tanto, sigue sonando igual de linda en cualquier aparato, aunque uno se tome el trabajo de escucharla con atención. Y eso, créanme, no se compra con oro ni con cobre: se aprende, como me enseñó mi abuela, sentándose a escucharla en familia.

IS
Ignacio SayagoCultura y folclore

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