El titiritero que se negó a dejar crecer al niño que llevaba adentro
Jim Henson arrancó a los 17 con un programa que duró tres semanas y terminó construyendo uno de los universos de personajes más queridos del siglo XX. Un repaso por la filosofía simple, y enorme, que sostuvo todo lo que vino después.
Lo primero que hay que decir de Jim Henson es lo que él mismo se repitió toda la vida: que nunca se dejó crecer del todo. La frase suena a placebo de autoayuda, pero viniendo de alguien que construyó un imperio de títeres que todavía nos hace reír a los abuelos y a los nietos, conviene tomarla en serio. Yo, cada vez que escucho el redoble inicial del programa de los Muppets, pienso en eso: en que hay una decisión, casi ética, de no abandonar del todo al pibe que uno fue. Y que esa decisión, si la sostenés en el tiempo, puede cambiar la historia de la televisión.
Henson arrancó como titiritero a los 17 años, en un programa infantil que lo bajaron del aire a las tres semanas. Cualquiera hubiera tomado ese debut como una señal para buscar otro rubro. Él, en cambio, lo usó como banco de pruebas. Junto a Jane Nebel, que después fue su esposa, armó Sam and Friends, un ciclo que ya mostraba las costuras de lo que vendría después: personajes sin pretensiones, humor sin solemnidad y una libertad absoluta para meterle la mano al género.
Una fábrica de personajes que todavía vive
- Los Muppets, la troupe donde conviven una rana con ínsimos problemas de ego, un cerdo obsesivo con la higiene y un oso absolutamente perezoso, entre otros.
- Barrio Sésamo, donde la pedagogía y el disparate se dan la mano sin pedir permiso.
- Fraggle Rock, su delirio más redondo: títeres que viven dentro de un muro y dialogan, sin saberlo, con un mundo que los observa.
- Labyrinth y Cristal Oscuro, dos films en los que se tomó en serio a sí mismo y al público grande.
“La gente más sofisticada que conozco son todos niños por dentro.”Jim Henson
Lo que Henson hizo con el títere no se parecía a nada que estuviera pasando en la tele de su época. Rompió con las reglas del teatro de marionetas, mezcló espacios, se metió con la cámara como si fuera un personaje más y armó un lenguaje propio. La rana Gustavo, la Cerdita Peggy, el Oso Bobo: todos tienen un rasgo que se puede exagerar, y en esa exageración está la trampa y la delicia. Decía él que en lo que exagerás se vuelve divertido y la gente se reconoce ahí. Le creo. Uno se reconoce en la histeria de Piggy o en la calma cósmica de Bobo más de lo que quisiera admitir.
El absurdo como forma de ver la vida
Hay una idea que Henson repetía y que a mí me parece la llave de todo: el absurdo es tomar lo que es realmente la vida y llevarlo a una abstracción que la gente reconozca. No es disparate por disparate, es disparate como bisturí. Es meterle un par de grados de giro a la realidad para que, de golpe, la veamos con más claridad. Por eso sus personajes siguen funcionando: no hablan en chiquito, aunque el público sea chico. Hablan en un idioma propio, que es el idioma de cuando uno se ríe para no llorar, o al revés.
Henson murió en mayo de 1990, a los 53, por un choque tóxico derivado de una infección bacteriana. Estaba en plena producción, con proyectos abiertos y un estudio que todavía hoy es referencia del género. Después vinieron las compras, los catálogos, los parques temáticos y el merchandising, que es lo que suele pasar con los legados que dan plata. Pero lo que a mí me importa es lo otro: la pregunta de si ese formato, el que él inventó, el que combina ternura con disparate y humor con pedagogía, todavía tiene lugar en una pantalla que va cada vez más rápido y pide cada vez menos paciencia.
Mi respuesta, honesta, es que no lo sé. Pero mientras haya un pibe o una pibe que mire a Gustavo y se ría con las ganas con las que me reí yo de chico, y un abuelo o una abuela que mire lo mismo y se acuerde de algo, Henson va a seguir vivo. Y la peña del fin de semana, si les interesa, va a estar abierta para discutir esto con un vino y una guitarra, como se hacen las cosas importantes.
