El patio de Donizetti: Flórez trajo al Colón la guitarra que aprendió a los quince y los Gardel que le cantaban de chico
me acuerdo siempre del primer sonido que me llegó de Juan Diego Flórez, y no fue un aria, sino una guitarra. Tenía quince años, se sentó en una cama que no era la cama de nadie, en una casa de Lima donde sonaba música criolla, y empezó a rasguear lo que después terminaría siendo una canción propia. Ese Flórez que tocaba la guitarra y escribía letras sin imaginar todavía que se dedicaría a la ópera es el mismo que volvió a pisar el Teatro Colón el 22 de septiembre y, después de desarmar a la sala con Mozart, Rossini, Donizetti y Gounod, se sentó de nuevo frente al público con la guitarra para regalarle al teatro entero un Gardel y una Chabuca Granda que ya tenían medio siglo de polvo encima, pero que sonaron como si las estuviera cantando esa noche, en ese patio, en esa vereda.
Los bises que no son un bocado extra, sino la otra mitad del repertorio
no necesariamente son un bocado extra
son la otra mitad
y a veces, la mitad más sincera
la elección de las canciones que lleva al escenario tiene, según explicó el propio Flórez, un componente que él no llama calculo
puede decidirse por una melodía que se le quedó dando vueltas, por una letra que le abrió una puerta adentro, o por el recuerdo asociado a una pieza, un cumpleaños, una madre, un abuelo tomando vino en la mesa. Incluso hay ocasiones, contó con una sonrisa que vale más que cualquier nota, en las que prueba los temas en el camarín y resuelve allí, a último momento, qué compartirá con el público cuando se apaguen las luces del escenario principal. Esa es la parte del oficio que no se aprende en los conservatorios, sino en los patios, y es la parte que a mí, más humano, me interesa contar.
“A los quince ya tocaba la guitarra y escribía canciones. En mi casa se escuchaba música criolla, después me interesé por el rock y por la trova. De esa etapa mantengo el gusto por explorar y por cantar”Juan Diego Flórez
porque detrás de esa frase está todo el Flórez que no sale en las fotos de los afiches internacionales, que lo muestran siempre de frac, peinado a la inglesa, como un gentleman que firma autógrafos en la puerta del Scala. Detrás de ese Flórez hay un pibe de Lima que cantaba Chabuca Granda en la pieza, un pibe de barrio que un día descubrió a Gardel y lo hizo suyo, y un pibe que después se subió a un escenario operístico sin traicionar a ninguno de los dos.
Los años de trabajo, las palabras que cambiaron de sentido y el abuelo que no escucha
su recorrido caminante, el de los escenarios del mundo, el de los años de trabajo, también alimenta la manera en que Flórez se para hoy frente a un personaje del repertorio grande. Para el tenor, los años no son un peso, sino una serie de capas que se van sumando. La preparación vocal, explicó, sirve para comunicar lo que vive cada personaje, para acercar al público historias cuyos sentimientos siguen siendo reconocibles aunque hayan sido escritas en un papel amarillento siglos antes de que él naciera. Esa mirada sobre la interpretación no es un truco de marketing, es una forma de habitar los textos. Cuando canta a Rossini no es para el crítico de la revista, es para el abuelo que está escuchando desde la fila diez y que, sin saber una palabra de italiano, reconoce un despecho porque un despecho es un despecho en cualquier idioma.
Sinfonía por el Perú, los pibes del barrio y la guitarra que vuelve a sonar
esa misma mirada, la de los años que suman, la de los sentimientos que no tienen fecha de vencimiento, la de las músicas que se cruzan en un mismo escenario sin pedir permiso, es la que Flórez lleva a Sinfonía por el Perú, el programa que él mismo empuja desde hace años y en el que hace música con chicos y chicas de barrios populares del país. Yo me contó que el trabajo musical con los pibes y las pibas puede ayudarlos a desarrollar confianza, a escucharse, a escucharse unos a otros, a colaborar. También vinculó su decisión de compartir lo que sabe con el acompañamiento que él mismo recibió durante su propia formación, una formación que incluyó profesores, una madre, un padre, y un primer público que fue la familia. Cuando hace música con los participantes del proyecto, señaló, busca transmitir herramientas relacionadas con la expresión y el fraseo, herramientas que, dijo también, exceden el aprendizaje del instrumento o del canto. Para mí, esa es la parte más noble de su oficio, la parte que se banca cuando nadie aplaude, y por eso la quiero destacar, porque Flórez no es solo una voz extraordinaria, es un tipo que se acuerda de dónde viene, y eso, en este oficio de las voces, vale oro.
- Flórez volvió al Teatro Colón el 22 de septiembre con un programa que incluyó obras de Mozart, Rossini, Donizetti y Gounod.
- En los bises interpretó canciones de Carlos Gardel y de Chabuca Granda, con guitarra en mano.
- Contó que a los quince años ya tocaba la guitarra y escribía canciones, en una casa donde se escuchaba música criolla.
- Relacionó los años de recorrido con la posibilidad de encontrar nuevos sentidos en las palabras y en las frases de los personajes del repertorio lírico.
- Vínculó su tarea de formación con Sinfonía por el Perú, donde trabaja con niños y jóvenes en el desarrollo de la confianza, la escucha y la expresión.
los espero el viernes en la peña del Club Social y Deportivo del barrio, donde se canta, se toca la guitarra, y donde un Chabuca Granda o un Gardel pueden sonar al lado de una cueca o de un gato, sin que nadie se asuste. Traigan este aire que les cuento, el del patio de Lima, el del Colón, el de los pibes que están aprendiendo a cantar con Flórez. Traigan el aire de las músicas que no se pelean, que conviven, que se escuchan. Y si pueden, traigan la guitarra, que siempre, en algún rincón de la noche, alguien la va a hacer sonar.
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