El golpe en las tablas que Manu Fanego heredó de su viejo
A dos años de la muerte de Daniel Fanego, su hijo repasó en redes sociales la costumbre de pegar tres golpes en el escenario antes de cada función y volvió a una infancia compartida entre polvo de talco, mastik y los ensayos de El vuelo del Cóndor.
Lo primero que se escucha en cualquier función donde actúa Manu Fanego no es una línea de diálogo ni un efecto de luces: es el golpe seco, tres veces repetido, que pega con el puño en las tablas del escenario antes de empezar a actuar. Esa pequeña ceremonia, casi un santo y seña entre teatristas, la aprendió mirándolo a su viejo, y cada vez que la repite siente que está saludando a Daniel Fanego antes de pararse frente al público. Por eso, cuando se cumplieron dos años de la muerte del actor, su hijo la contó como quien relata un secreto de familia: un gesto mínimo que sobrevive a las funciones, a los años y a la distancia.
El posteo que Manu publicó en redes para marcar el segundo aniversario funcionó como un álbum abierto. No hubo declaraciones largas ni grandes anuncios: hubo fotos y recuerdos. Una imagen abrazando a su padre de chico, otra con sus propios hijos, una más de los dos frente al mar y un retrato tomado poco antes del fallecimiento. Lo que escribió en el texto fue corto y va directo al corazón: cada día siento más amor y agradecimiento por haberlo tenido como papá. Y agregó que ese mediodía iba a almorzar con su hermana Camila para volver a charlar de él, como se hace en las casas cuando alguien falta y sigue tan presente.
Talco, bigotes postizos y el olor del mastik
En esa recorrida por la memoria, Manu se detuvo en uno de esos recuerdos que parecen de la escuela primaria pero terminan explicando toda una vida. Cuando le tocó hacer una actuación por el Día de la Bandera en la primaria, fue Daniel el que se sentó a su lado a preparar el personaje. Lo ayudó a pararse frente al espejo, a practicar el texto y a armar la caracterización entre los dos, como un ensayo hogareño. Para el vestuario, usaron lo que había a mano en cualquier casa con chicos: talco para simular canas sobre el pelo oscuro y bigotes postizos comprados en el kiosco. Manu todavía recuerda, y lo escribió tal cual, el olor penetrante del mastik, ese adhesivo espeso que se usa para pegar barbas, pelucas y demás accesorios al maquillaje teatral. Esa mezcla de colegio y camerón es, para él, la primera foto de lo que después sería una carrera.
Padre e hijo en el mismo escenario
El vínculo entre los dos en el teatro tuvo un capítulo que los marcó a ambos. En 2012, Daniel y Manu compartieron elenco en El vuelo del Cóndor, una obra que formó parte del ciclo Teatro por la Identidad. Les tocó interpretar distintas etapas de la vida del actor Pablo Podestá, un trabajo delicado que obligó a padre e hijo a ensayar juntos, discutir personajes y pasarse la posta en el escenario. Tiempo después, en una publicación por el Día del Padre, Manu describió esa experiencia como algo irrepetible: trabajar con su viejo en un proyecto así, contándole la historia de otro actor a un público que buscaba verdad, había sido un regalo que no se repetía.
Daniel Fanego murió el 19 de septiembre de 2024, a los 69 años, en su casa y rodeado de familiares y amigos, según contó su hijo al comunicar la noticia. La despedida golpeó al mundo del espectáculo, donde había construido una de las carreras más respetadas de las últimas décadas. Su nombre aparece en ficciones que ya son parte de la historia de la televisión y el cine argentinos: El marginal, El reino, Resistiré, Luna de Avellaneda y El Ángel, entre otros títulos. En teatro, su figura fue de las que sostenían cartelera con la sola mención de su apellido en la marquesina.
“Cada día siento más amor y agradecimiento por haberlo tenido como papá.”Manu Fanego
Hay algo que se repite en la manera en que Manu habla de Daniel, y no es la solemnidad fría de un homenaje calculado: es la cadencia de los muchachos de barrio que aprendieron el oficio de sus viejos, viendo cómo se preparaban para subir a un escenario. Gente que conoce el peso de una butaca, el ruido del telón y el silencio del camerín un minuto antes de la función. En ese universo, el golpe en las tablas antes de empezar no es una superstición ni un capricho: es pedir permiso al escenario y, de paso, acordarse del maestro que enseñó a pisarlo. Por eso este segundo aniversario sonó menos a despedida y más a peña familiar, de esas en las que se mezclan las fotos, las anécdotas de la escuela y los almuerzos entre hermanos para volver a charlar de los viejos. Y antes de que termine la semana, más de uno seguramente va a buscar en la memoria alguna función de Daniel Fanego que lo haya marcado, porque así se mantienen vivos los que ya no están: contándolos, recomendándolos, viéndolos de nuevo en la pantalla o en el recuerdo de un teatro apagado.
