El Castillo se despide con una imagen que vuelve al principio y deja pensando a más de uno
Isabel Peña y Eduardo Villanueva, los guionistas de la miniserie que adapta el libro de Mabel Lozano, cuentan por qué eligieron un cierre sin victoirea ni castigo y qué quisieron decir con esa escena final que parece una continuidad
En este oficio uno aprende muy rápido que hay finales que no se olvidan y finales que se discuten en la mesa del café. El de El Castillo, la miniserie que adapta El proxeneta, el libro de no ficción de Mabel Lozano sobre trata de personas con fines de explotación sexual, es de los segundos. Por eso me senté a leer con paciencia lo que contaron Isabel Peña y Eduardo Villanueva, la misma dupla que ya se había lucido con Antidisturbios, cuando les preguntaron por las decisiones que tomaron al escribir los seis episodios. Y la verdad es que sus respuestas dejan pensando a cualquiera que se haya quedado pegado al sillón viendo cómo Claudia se la rebusca en un país que no es el suyo mientras el Suizo sigue haciendo de las suyas como si nada hubiera pasado.
Sin cuerpo perfecto ni proxeneta de película
Peña lo dijo con una claridad que a veces falta en las entrevistas: desde el primer renglón del guion se propuso junto a Villanueva evitar dos trampas que las ficciones sobre este tema suelen caer de cabeza. La primera, retratar a las mujeres como una masa informe de víctimas y de cuerpos perfectos. La segunda, convertir a los tipos que las explotan en una especie de galán oscuro de película de los noventa, esos a los que el público termina deseándoles que se salgan con la suya. La guionista fue terminante: no querían caer en eso ni bajo tortura. Y vaya si se nota. Los personajes de la serie transpiran cercanía, miedo, calle, bronca, cansancio. Nada que ver con la postal edulcorada que a veces nos quieren vender cuando tocan historias pesadas.
“No queríamos que las mujeres fueran una informe masa de víctimas y de cuerpos perfectos”Isabel Peña, guionista
Villanueva, por su parte, explicó el cierre con una frase que sirve para entender toda la serie: esta historia habla de un sistema, y el sistema está por encima de los individuos y de las cosas concretas que sucedan. Por eso el último capítulo no muestra ni una redada espectacular ni un juicio con condena ni una liberación heroica. Lo que muestra es al Suizo, el proxeneta, continuando con su actividad en una escena que deliberadamente evoca al primer episodio, como si fuera un loop. El mensaje, en sus propias palabras, es que esto ha pasado, pasa y va a seguir pasando. No es un final feliz ni pensado para que el espectador se vaya a dormir tranquilo. Es un final que incomoda, que raspa, que te deja con la pregunta abierta.
El arco de Claudia: lo que ella se propuso, lo que ella se ganó
Ahora bien, sería injusto decir que el personaje de Claudia, al que Valentina Vidal le pone el cuerpo y el acento colombiano con una entrega que uno aplaude desde el sillón, queda a la deriva. Peña aclaró que, aunque no hay un final feliz en el sentido clásico de la palabra, sí existe una salida concreta para ella: la posibilidad de quedarse legalmente en el país y ganarse la vida. En criollo: Claudia ha conseguido lo que se ha propuesto y lo que en este momento también se ha ganado, dijo la guionista con una media sonrisa que uno se imagina detrás del micrófono. Es una salida modesta, terrenal, sin música épica de fondo. Pero es salida al fin. Y en temas como la trata de personas, que muchas veces termina en tragedia lisa y llana, una salida modesta ya es muchísimo.
El arco de los investigadores, los personajes que Omar Ayuso y Laia Marull se ponen al hombro, tampoco cierra con un lazo de papel de regalo. Peña describió un cierre que tampoco es optimista, pero sí transformador. Aunque cada uno vuelve a su lugar habitual, ambos terminan con una mirada distinta, modificada por todo lo que vivieron persiguiendo a Claudia y al Suizo. Es un cambio chiquito, íntimo, de esos que no se ven por afuera pero que a uno le cambian la forma de pararse frente al mundo. Ni más ni menos que lo que suelen producir las historias bien contadas.
En definitiva, El Castillo no es una serie para mirar de fondo mientras se scrolléa el celular. Es una serie para verla de punta a punta, con mate de por medio y, si se puede, con alguien al lado para comentar lo que va pasando. Los seis episodios están disponibles en la plataforma y adaptan el libro de Mabel Lozano, que no es un libro de ficción sino de investigación periodística sobre cómo funcionan estas redes en el cono sur. Cuando uno termina de verla, lo que queda es esa sensación incómoda de saber que el sistema sigue funcionando más allá de la pantalla, y que las Claudias, los Suizos y los investigadores que se cruzan en el camino existen en todas las ciudades, en todas las veredas. Por eso me parece que vale la pena sentarse a conversar sobre el final con quien sea. Aunque sea en la peña del barrio del viernes a la noche, con una guitarrita de fondo, mientras el bombo legüero marca el pulso y alguien, al fondo, levanta la mano para pedir la palabra. Porque estas conversaciones, las que duelen un poco, son las que después nos mueven a hacer algo.
- La serie adapta el libro de no ficción El proxeneta, de Mabel Lozano, sobre trata con fines de explotación sexual.
- Los guionistas Isabel Peña y Eduardo Villanueva ya habían trabajado juntos en Antidisturbios.
- El arco de Claudia culmina con la posibilidad de quedarse legalmente en el país y trabajar, sin final feliz clásico pero con una salida concreta.
- La escena final muestra al Suizo continuando su actividad, en un guiño deliberado al primer episodio, para subrayar que el sistema persiste.
- El cierre de los investigadores tampoco es optimista, pero sí transformador: vuelven a su lugar con la mirada modificada.
- Los seis episodios están disponibles en la plataforma para quien quiera maratonearla y quedarse debatiéndola un buen rato.
