El archivo secreto de Nintendo: cuando una empresa de videojuegos compró cine para adultos solo para enterrarlo
A comienzos de los noventa, un director de películas para adultos vio la fiebre del Super Mario y produjo dos parodias pornográficas del fontanero. Lo que no imaginó es que la propia Nintendo iba a salir a comprar esas cintas para que nadie pudiera volver a verlas. Una historia insólita de propiedad intelectual, fracasos de Hollywood y olvidos convenientes.
Les tengo que confesar algo antes de arrancar: cuando me crucé con esta historia por primera vez, lo primero que hice fue pedirle a mi viejo que me confirmara si él había escuchado hablar de unas películas así. Y la respuesta fue la misma que la de miles de argentinos que jugaron al Super Nintendo en los noventa: ni idea. Eso, justamente, es parte de lo más fascinante del asunto. La estrategia de la compañía japonesa fue tan quirúrgica que logró borrar del mapa a dos producciones que, por lo descabelladas, deberían haber quedado flotando en la memoria colectiva. Pero vamos por partes, como en el patio de la casa de la abuela cuando se va armando un asado y cada uno cuenta lo suyo mientras espera que el fuego esté a punto.
Un oportunismo de dos días y veinte mil dólares
A comienzos de los años noventa, Super Mario era un fenómeno planetario. El fontanero bigotudo de la gorra roja vendía todo lo que se le pusiera por delante, y el director y actor Buck Adams vio en ese boom una oportunidad que, visto en perspectiva, parece casi de manual de la época. Produjo una parodia pornográfica de las aventuras del personaje, la grabó en apenas dos jornadas y con un presupuesto que hoy suena a diminuto: unos veinte mil dólares. El material salió tan extenso que la producción terminó partiéndose en dos películas, bautizadas como Super Hornio Brothers y su secuela inmediata. Una ridiculez convertida en dos largometrajes gracias nada más que al tirón de un personaje de videojuegos.
Lo que hizo Adams fue leer el momento: Mario estaba en la cima y el público buscaba cualquier cosa asociada al personaje. Fue un movimiento de pícaro de barrio, de esos que miran la vereda y se avivan antes que nadie. El problema fue que el timing le jugó una mala pasada, como le iba a jugar a varios en esa misma franja del calendario.
El golpe de la película oficial y la reacción silenciosa de Nintendo
Porque en paralelo a esa doble producción, Hollywood estaba intentando su propia apuesta oficial con Super Mario Bros., la película de 1993 dirigida por Rocky Morton y Annabel Jankel. Y la cosa salió mal en todos los frentes imaginables: fracaso de taquilla y palos críticos por doquier. La imagen de los personajes quedó tocada por ese resultado, y Nintendo se encontró de repente con dos frentes abiertos: una adaptación cinematográfica que había costado una millonada y un par de cintas para adultos que usaban a sus personajes sin autorización.
Lo que la compañía hizo entonces fue, por lo menos, curioso. No salió a denunciar publicly las parodias ni a armar un escándalo mediático alrededor de ellas, que es la reacción más habitual cuando una marca grande se siente atacada. Por el contrario, compró. Adquirió los derechos de las dos películas de manera discreta, casi en silencio, con un único objetivo: que esas producciones dejaran de circular. Sin extra, sin notas de prensa, sin comunicados con bombos y platillos.
Dudas durante una década y un resumen que apareció en 2009
- La estrategia dio resultado durante más de diez años: mucha gente dudó de que las películas hubieran existido realmente.
- En 2009 apareció en internet una copia de Super Hornio Brothers 2: King Pooper Returns, que incluía un resumen de la primera entrega.
- El actor Ron Jeremy, protagonista de ambas producciones, confirmó públicamente que los derechos pertenecen a Nintendo y que no es legalmente posible relanzarlas.
- La primera película sigue desaparecida y no hay indicios de que vaya a aparecer.
- El caso quedó como un episodio singular en la historia de la propiedad intelectual del entretenimiento.
“Nintendo no salió a hacer ruido, no buscó el escándalo, no quiso darle entidad pública al asunto. Su movimiento fue cirúrgico: comprar para archivar. Es la decisión de una empresa que cuida sus activos como un padre cuida los fierros del galpón.”Ignacio Sayago
Lo que queda en el aire es una pregunta que me parece más interesante de lo que parece a primera vista, y que les dejo como cierre de esta columna: cuando una empresa decide comprar algo únicamente para que nadie pueda verlo, ¿es eso proteger una marca o es, en cierto modo, admitir que esa marca tiene un punto débil que el paso del tiempo podía destapar? Pienso en eso cada vez que un amigo del barrio me pregunta por alguna rareza de los noventa y le tengo que decir que sí, que existió, pero que la poderosa Nintendo se ocupó personalmente de que no quedara registro. La próxima peña del fin de semana la armamos en casa de Don Tito, llevamos las facturas y alguien seguro trae un cassette para revivir viejas glorias. Mientras tanto, ya saben: cuiden lo suyo, que a veces lo que se pierde no vuelve más.
