El aguante del pibe: cinco millones y medio de argentinos arrastran una deuda que no pueden pagar
Un relevamiento del Instituto Argentina Grande muestra que casi uno de cada cinco jóvenes morosos debe plata a una billetera virtual, mientras los bancos mantienen su hegemonía en el resto de los rangos etarios. El fenómeno se explica por ingresos que no alcanzan y por una promesa de inclusión financiera que, en los papeles, todavía no llegó al bolsillo.
Bajé la ventanilla de la camioneta en una esquina cualquiera de cualquier ciudad del interior y me puse a pensar en los números que mandó el Instituto Argentina Grande. Son 5.715.202 personas con deudas impagas en el sistema financiero argentino, lo que equivale al 12 por ciento de la población total, un dato que no necesita maquillaje para golpear: más de uno de cada diez habitantes del país tiene al menos una línea de crédito en mora, yendo desde el plazo del supermercado hasta el préstamo personal más sofisticado que ofrece un banco con sucursal en la peatonal. Lo que vi, lo que me quedó resonando, es que en el pozo de agua del pueblo ya nadie se queja del banco de la plaza; ahora se quejan del teléfono, de la aplicación que les prestó plata cuando la necesitaron y que después les pasó la factura con intereses que ni el almacenero del cruce se animaba a cobrar.
Los jóvenes, el único espejo donde las fintech le ganan a los bancos
El informe es claro y a la vez demoledor en su sencillez: entre los menores de 30 años, el 19,4 por ciento de los endeudados tiene al menos una línea impaga con una fintech o billetera virtual, mientras que apenas el 7,9 por ciento registra atrasos con entidades bancarias. La diferencia, que puede sonar técnica, es en realidad una fractura generacional completa, porque convierte a los pibes en el único segmento etario donde las plataformas digitales concentran más deudores en mora que los bancos, esos bancos que el resto de los argentinos seguimos viendo como sinónimo de crédito formal y de ventanilla con vidrio blindado. El fenómeno, mirado con detenimiento, habla de cómo la promesa de inclusión financiera de las billeteras virtuales llegó primero a la generación que menos ingresos tiene y más rápido necesita la plata, y de cómo esa promesa, en demasiados casos, se transformó en la puerta de entrada a un endeudamiento que después se vuelve difícil de desarmar.
Porque la cosa, cuando uno se pone a mirar los números con la lapicera en la mano, se vuelve todavía más elocuente. En la franja de 15 a 20 años se contabilizaron 53.445 casos de mora con plataformas digitales contra apenas 21.669 con bancos, más del doble de un lado contra el otro. A partir de los 21 años, en cambio, la correa se invierte y los bancos vuelven a tomar la delantera: entre los 21 y los 35 años hay 905.007 deudores morosos en bancos frente a 667.055 en fintech, y en el tramo de 36 a 50 años la relación es de 922.075 contra 557.217. Recién después de los 66, con 189.738 casos bancarios contra 49.523 de las plataformas digitales, la hegemonía del banco vuelve a ser absoluta y casi ridícula, como si el viejo de campo siguiera confiando únicamente en la firma del gerente y no en el código que le llega al celular.
El problema de fondo no es la app, es la plata que no alcanza
El Centro de Estudios para la Ciudad se tomó el trabajo de mirar cómo les fue entre abril y agosto de 2026 a los que se animaron a renegociar sus obligaciones, y el resultado es de esos que no invitan a festejar nada: el 50,6 por ciento permaneció en la misma categoría de morosidad y apenas el 30,5 por ciento logró mejorar su situación. El resto, directamente, empeoró. La lectura de ese dato es directa, sin necesidad de adornos: refinanciar sirve para ganar aire, pero no resuelve nada de fondo cuando lo que falta es el mango, y en la Argentina de hoy, con salarios que corren detrás de la inflación y con alquileres que se comen medio sueldo antes de que llegue el quince, el aire se acaba cada vez más rápido.
“El problema radica en los ingresos. Se puede refinanciar reiteradamente o hacerlo una sola vez, pero siempre se estará condicionado a la imposibilidad estructural de pagar.”Mariano Almeyda, director del Centro de Estudios para la Ciudad
A mí, que vengo recorriendo pueblos y parajes desde hace años, me cuesta no pensar en voz alta mientras escribo estas líneas. El monte no vota, dice un dicho viejo de los que saben cómo se mueve la política en el interior, y algo parecido se puede decir de esta nueva economía: las plataformas digitales, con sus préstamos a un clic y sus cuotas que se debitan automáticamente, llegan a rincones donde el banco nunca llegó, pero llegan con la misma lógica, la del que presta para cobrar, y con la ventaja adicional de que lo hacen sin pedir garantías, sin mirar a los ojos, sin preguntar en qué trabaja el pibe ni si tiene un recibo de sueldo que valga la pena fotocopiar. El resultado, visto desde la ventanilla de la camioneta, es una generación que quedó enganchada en un sistema que le ofreció dinero rápido a cambio de un futuro con menos margen, y que ahora empieza a pagar las consecuencias de una inclusión financiera que, en los papeles, todavía no llegó al bolsillo de verdad. La promesa, como tantas otras que escuché en estas rutas, fue incumplida, y lleva fecha: empezó a escribirse cuando las primeras billeteras virtuales desembarcaron en los celulares de los pibes y se profundiza, número más, número menos, con cada informe que se publica.
