Cuatro veces más caro, y cada vez menos gente arriba: lo que cuesta subirse al colectivo en la Argentina
Un relevamiento nacional muestra que el boleto mínimo va de $743 a $3.176 según la ciudad. Pinamar lidera el ranking de las más caras; los servicios nacionales del AMBA, los más baratos. Y en el área metropolitana viajan 925 mil personas menos por día que hace un año.
Desde la ventanilla de la camioneta, mientras uno mira el polvo que levanta el viento sobre la ruta, la pregunta parece simple: ¿cuánto cuesta hoy subirse a un colectivo en la Argentina? La respuesta ya no lo es. Porque según la ciudad donde se viva, el boleto mínimo puede valer cuatro veces más o cuatro veces menos, y la diferencia entre los extremos supera los 2.400 pesos por pasaje.
El mapa lo acaba de dibujar la Asociación Argentina de Empresarios del Transporte Automotor, con un relevamiento sobre tarifas urbanas que pone números concretos sobre una desigualdad que se siente todos los días en el bolsillo del usuario. El podio de las ciudades más caras lo lidera Pinamar, con 3.176 pesos por viaje, una cifra que duele especialmente en un distrito donde buena parte de la población trabaja en servicios y el salario no necessarily pega ese salto.
- Pinamar: $3.176.
- San Martín de los Andes: $2.900.
- Pergamino: $2.784.
- Eldorado: $2.500.
- Centenario: $2.478.
- Partido de la Costa: $2.410 (suba de 20% respecto de septiembre).
- Bariloche: $2.333.
- Orán: $2.200.
- Rosario y Córdoba, ambas con $2.150. Rosario registró un incremento del 25% frente al mes anterior.
En el otro extremo, los servicios más baratos
El boleto más accesible del país es el de jurisdicción nacional que corre por el AMBA: 743 pesos. La Ciudad de Buenos Aires cobra 920 (con una suba de 3,66% frente a septiembre) y el AMBA bonaerense, 1.215 (4,39% más). Entre las ciudades con valores más bajos también aparecen Ramallo, con 950 pesos, y La Rioja, Villa Mercedes y General Pico, las tres con un piso de 1.000.
Si uno mira el contraste de punta a punta, el pasaje mínimo en Pinamar cuesta más de cuatro veces lo que pagan los usuarios del servicio nacional en el AMBA. No es un dato menor: estamos hablando del mismo medio de transporte, del mismo país, de gente que viaja a trabajar o a estudiar todos los días, y sin embargo la tarifa cambia como si fueran dos países distintos.
Viajan menos y pagan más: la radiografía del AMBA
Pero el precio es solo una parte del problema. En septiembre de 2026 el promedio diario de pasajeros en días hábiles en el AMBA fue de 8.232.858 personas, contra 9.158.089 del mismo mes del año anterior. Eso significa una baja del 10,1%, equivalente a 925.231 viajes menos por día. Los sábados la caída fue del 12,1% y los domingos, del 9,8%. Cada vez más gente deja el colectivo: porque le sale caro, porque tarda, porque directamente no llega a fin de mes.
La tendencia viene de lejos. Entre agosto de 2022 y agosto de 2026 los viajes mensuales en el AMBA pasaron de 241 millones a 200 millones: 41 millones de viajes menos por mes. En ese mismo período, medido en pesos constantes, el costo real que paga cada pasajero subió 225%, de 244 a 794 pesos. El subsidio real, en cambio, bajó 37%. El resultado es un cambio de fondo: en 2022 el usuario cubría el 15% del costo total del sistema; hoy cubre el 43%.
El peso de cada viaje en la decisión diaria
¿Cuánto pesa el precio del boleto a la hora de decidir si subirse al colectivo o buscar otra alternativa? La pregunta queda picando en cualquier esquina del conurbano, en cualquier parada del interior profundo, en cualquier pueblo chico donde el ramal ya pasó de largo. Porque lo que muestran los números es que el boleto dejó de ser un trámite barato y se convirtió en una variable de ajuste del presupuesto familiar.
Mientras tanto, en el monte, en el pozo de agua del paraje, en la parada sin marquesina, la promesa de un transporte accesible sigue esperando. El 31 de diciembre de 2024 se anunció una reorganización integral del sistema con tarifa social federal y compensación automática para las provincias; hoy, con estas cifras encima de la mesa, ese compromiso aparece más lejos que nunca. El monte, ya se sabe, no vota.
