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Martes, 29 de septiembre de 2026
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Cuando la visita del psicoanalista se transforma en confesionario humorístico del equipo

La llegada de Gabriel Rolón a Otro día perdido abrió una ronda de reclamos en broma entre Evelyn Botto, Soy Rada y Mario Pergolini, que repasaron desde confusiones de nombres hasta unfollows en Instagram. El conductor retomó la entrevista después de una dinámica que funcionó como una terapia grupal descontracturada.

Por Ignacio SayagoCultura y folclore · · hace 43 min
Cuando la visita del psicoanalista se transforma en confesionario humorístico del equipo

El primer redoble de bombo suena como cuando arranca la peña del viernes, y uno se acomoda en la silla porque sabe que algo distinto va a pasar. En este caso no hubo zambas ni chacareras, sino que la presencia del psicoanalista Gabriel Rolón en Otro día perdido terminó convirtiendo la entrevista en algo mucho más jugoso: una especie de terapia grupal con humor, donde los compañeros de trabajo se animaron a sacarse las cuentas pendientes entre ellos, en vivo y con el micrófono abierto.

La cosa empezó casi sin querer, con una decisión sobre dónde sentarse. Agustín Aristarán, más conocido como Soy Rada, lo invitó a Rolón a ubicarse entre él y Evelyn Botto, y esa distribución bastó para que Mario Pergolini, el conductor del ciclo, empezara a hacer preguntas. A partir de ahí se abrió el juego, y los integrantes del equipo aprovecharon para desahogarse con una sonrisa, como cuando en el patio de un club de barrio los muchachos aprovechan la sobremesa para hablar de todo aquello que no se animaron a decir en la semana.

Los nombres que no salen y los besos que no llegan

Evelyn Botto fue la primera en poner el dedo en la llaga, y lo hizo preguntando algo que parece simple pero que en la convivencia cotidiana pesa: cuánto tiempo más iban a seguir tratándola como la integrante nueva, después de un año de compartir trabajo con el resto del equipo. Y ahí nomás agregó un detalle que Pinti, mi abuelo, hubiera definido como una falta de respeto cariñosa: contó que Mario en más de una oportunidad la llama Layla, como si el nombre verdadero se le escapara de la cabeza cada dos por tres.

Pergolini intentó excusarse argumentando que tiene dificultades para retener los nombres, una explicación que Botto rechazó con cara de pocos amigos, dejando en claro que para ella no era un tema menor. La locutora fue por más y señaló que su conductor, además, no acostumbra saludarla con un beso, algo que en la dinámica diaria de un estudio de radio o televisión suele ser moneda corriente. Rolón, como buen invitado al patio, terció en la cuestión con la suavidad de quien sabe que esos roces son los que hacen al vínculo: dijo que las personas tienen distintas maneras de relacionarse y expresar afecto, y recordó que Soy Rada tampoco es de los que se entregan al beso al cruzarse con alguien en el pasillo.

El unfollow que se volvió tema de terapia

Entonces fue el turno de Agustín, que se sentó frente al psicoanalista con la seriedad de un muchacho que va a confesarse y le planteó su propio reclamo. Le contó a Rolón que Pergolini había dejado de seguirlo en Instagram y, peor aún, que le había anunciado la decisión mientras estaban juntos, como quien avisa que va a cortar el gas. Para Aristarán, que el conductor figurara entre sus seguidores tenía un valor casi simbólico: era una manera de presentarse ante otros, una especie de credencial de pertenencia al grupo, y perderla le resultaba un golpe al ego.

Mario, como suele hacer cuando lo agarran en falta, intentó justificarse: dijo que las publicaciones frecuentes de su compañero le resultaban aburridas. Ahí nomás, con la chispa que lo caracteriza, Soy Rada le contestó que bien podría haber recurrido a silenciar la cuenta, una herramienta al alcance de cualquier usuario, sin necesidad de dejar de seguirlo. Rolón volvió a meter la cuchara con preguntas, observó que dejar de seguir a alguien también puede generar lecturas sobre el estado de la relación entre dos personas y dejó flotando la duda sobre qué significado le estaba dando cada uno a ese gesto tan cotidiano.

La pregunta que devolvió la entrevista a su cauce

Después de tanta confesión cruzada, llegó el momento en que Pergolini quiso recuperar el eje de la charla profesional y le preguntó a Rolón si una terapia grupal tiene como objetivo que todos se lleven bien. El psicoanalista respondió con honestidad: dijo que la meta depende de cada situación y, antes de avanzar, quiso saber si se trataba de compañeros que debían seguir trabajando juntos. La pregunta quedó flotando en el aire, como un acorde que se sostiene antes de resolverse, porque lo que estaba pasando en ese estudio, en vivo, tenía mucho de esos grupos que uno imagina en un consultorio: gente que comparte horas, tensiones, cariños silenciados y rencores mínimos que se ventilan cuando aparece un outsider dispuesto a escuchar.

Aristarán cerró la ronda con otro reclamo en tono de broma, quejándose del trato que recibía y de las actividades que le proponían dentro del programa, y Pergolini, entre risas, dio por terminada la dinámica para retomar la entrevista que tenía preparada. Lo que había empezado como una visita del especialista terminó siendo un retrato descontracturado de los roces y los cariños que circulan en cualquier equipo de trabajo, y dejó picando una pregunta que vale la pena llevarse a la peña del finde: qué lugar le damos al humor cuando la convivencia laboral se pone espesa, y si reírse de las cuentas pendientes no es, a veces, la mejor manera de empezar a saldarlas.

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Ignacio SayagoCultura y folclore

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