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Martes, 13 de octubre de 2026
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Cuando la leche deja de sentar bien: la intolerancia a la lactosa que aparece después de los 20

Hinchazón, gases y diarrea después de tomar un café con leche pueden ser la primera señal. Especialistas explican por qué el cuerpo deja de producir la enzima que digiere el azúcar de la leche y qué hacer para no resignar nutrientes.

Por Griselda VillavicencioSociedad y salud · · hace 2 h
Cuando la leche deja de sentar bien: la intolerancia a la lactosa que aparece después de los 20

A María Inés, vecina de Boedo, siempre le gustó tomarse un cortado a la mañana y un flan casero los domingos. Cuenta que durante años no tuvo ningún problema con la leche ni con los postres que la llevan, hasta que bien entrada la treintena empezó a notar una hinchazón rara después de cada merienda, una panza dura que no se iba y, cada vez con más frecuencia, visitas apuradas al baño. Lo que a ella le pasaba tiene nombre y apellido médico, y le pasa a muchísimas personas: es la intolerancia a la lactosa, una condición que suele aparecer en la adultez, cuando el intestino va dejando de producir la enzima necesaria para digerir el azúcar natural de la leche.

Por qué el cuerpo deja de tolerar la leche

La lactosa es el azúcar que está presente en la leche y en todos sus derivados. Para que el organismo pueda absorberla, el intestino delgado fabrica una enzima llamada lactasa, que se encarga de partirla en pedacitos más chicos. En la infancia esa producción suele ser alta, explica Gastón Viola, médico gastroenterólogo, porque la leche es el alimento principal de los chicos, pero con el paso de los años la cantidad de lactasa que fabrica cada persona puede ir bajando, a veces de manera lenta y casi sin que uno se dé cuenta, y otras veces en forma más marcada. Cuando la enzima no alcanza para digerir toda la lactosa que se consumió, el azúcar llega sin procesar al intestino grueso, donde las bacterias la fermentan, se generan gases, aparece la hinchazón, los cólicos y, como me dijo María Inés con una sonrisa incómoda, "el maletín de correr al baño cada dos por tres".

Las molestias suelen aparecer entre los 20 y los 30 años, aunque también pueden presentarse más tarde, y la herencia tiene mucho que ver: la condición es más frecuente en personas de ascendencia asiática oriental, nativa americana y africana occidental, y bastante menos común en poblaciones del norte de Europa, una diferencia que los especialistas vinculan con la historia que cada grupo tuvo con la cría de animales lecheros y con el consumo de derivados a lo largo de muchas generaciones. En el consultorio, dice el doctor Viola, eso se ve seguido: "hay familias enteras en las que el padre, los hijos y los tíos dejan de tolerar la leche a edades parecidas, y otras en las que a nadie le pasa, y casi siempre tiene que ver con la carga genética y con la alimentación de la infancia".

Cómo reconocer los síntomas y diferenciarlos de una alergia

  • Hinchazón abdominal y sensación de panza dura, sobre todo después de tomar leche, comer helado o probar un flan.
  • Dolor tipo cólico y presencia de gases, que aparecen en general entre treinta minutos y pocas horas después de la ingesta.
  • Heces blandas o diarrea, porque la lactosa que no se absorbe arrastra agua hacia el intestino.
  • Ruidos intestinales y malestar general que suele calmarse cuando se elimina el alimento que disparó el cuadro.
  • Tolerancia parcial: algunas personas soportan una porción chica en una comida y se descomponen con una cantidad mayor, o directamente cuando la consumen sola y no acompañada de otros alimentos.

Es importante no confundir esta intolerancia con una alergia a la leche, aclaran los profesionales. La alergia es una reacción del sistema inmunitario frente a las proteínas de la leche y puede dar urticaria, vómitos, eccema o, en los casos más serios, dificultad para respirar; suele aparecer en la infancia y, cuando es severa, requiere atención de urgencia. La intolerancia, en cambio, es un problema de digestión y no activa el sistema inmune, así que sus consecuencias son molestas pero casi nunca peligrosas. Esa diferencia, me insistió el gastroenterólogo mientras conversábamos en su consultorio de Almagro, es la primera cosa que hay que tener clara antes de empezar a sacar lácteos de la mesa por las suyas.

Cómo se diagnostica y qué se puede hacer para manejarla

Para confirmarla, existe la prueba de hidrógeno espirado, en la que la persona toma una dosis de lactosa y exhala en un aparato cada cierto tiempo durante unas cuatro horas; si el hidrógeno sube de manera marcada, quiere decir que las bacterias fermentaron la lactosa que el intestino no pudo absorber. Pero, según me aclararon los profesionales consultados, muchas veces ni siquiera hace falta llegar a ese estudio, porque alcanza con retirar los lácteos durante un par de semanas y ver si los síntomas mejoran. Si vuelven al reintroducirlos, el cuadro se hace bastante claro. La estrategia de manejo pasa por encontrar la cantidad de lácteos que cada uno tolera, probar versiones deslactosadas o fermentadas como yogur o quesos duros, repartir la ingesta a lo largo del día en lugar de tomar un vaso grande de una sola vez, y, sobre todo, no resignarse a reemplazar la leche sin pensar, porque hacerlo mal puede dejar a cualquiera corto de calcio, de vitamina D y de proteínas, tres nutrientes clave para los huesos y para el funcionamiento general del cuerpo.

Antes de armar cualquier dieta restrictiva por cuenta propia, la recomendación más repetida por médicos y nutricionistas es sentarse con un profesional para revisar qué se está comiendo, qué se podría reemplazar y en qué casos conviene un suplemento de calcio o de vitamina D. Como me dijo el doctor Viola al cerrar la charla, "la intolerancia no se trata con miedo ni con prohibiciones absolutas, se trata de aprender a escuchar al cuerpo, ajustar lo que se come y, sobre todo, no quedarse con la duda, porque detrás de una hinchazón de todos los días puede haber algo tan simple de manejar como dejar la leche entera y pasar a la deslactosada".

GV
Griselda VillavicencioSociedad y salud

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