Saltar al contenido
Martes, 6 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
Portada › Vida ›
Vida /

Cuando el afecto de los padres pesa como una sentencia: la culpa que se hereda sin saberlo

La especialista Cynthia Wila recorre en su ensayo La culpa cómo las expectativas familiares se instalan en los hijos y se transforman en un reproche interno que sobrevive a la infancia. Propone revisar qué se asume como propio y qué llega impuesto desde afuera.

Por Griselda VillavicencioSociedad y salud · · hace 1 h
Cuando el afecto de los padres pesa como una sentencia: la culpa que se hereda sin saberlo

Yo llegué a la charla de Cynthia Wila una tarde de jueves, en un salón chico del barrio de Palermo, casi sin querer: me había confundido de dirección y terminé en una sala donde se hablaba de culpa y de familia. La psicóloga, autora del ensayo La culpa (Paidós), estaba parada frente a unas cuarenta personas y, antes de arrancar, hizo algo que después me pareció clave para entender todo lo que vino después: nos preguntó a cada uno qué cosa nos reprochamos. No qué nos habían reprochado los otros, sino qué nos reprochamos nosotros. Ahí empecé a entender que la culpa no es un rayo que cae desde afuera, sino un diálogo que uno sostiene consigo mismo y que, muchas veces, arranca en la infancia.

Las expectativas de los padres como herencia invisible

Wila lo explica con una imagen muy clara: muchas veces madres y padres depositan en sus hijos proyectos que ellos mismos no pudieron cumplir. Un padre que quiso ser médico y no pudo, una madre que quiso vivir en otro país y se quedó, pueden empujar a sus hijos hacia esos rumbos con la mejor de las intenciones. El problema, dice la psicóloga, es que esa demanda resulta imposible de satisfacer del todo: no se trata de lo que vos querés, sino de lo que ellos no pudieron realizar. Y cumplir con los sueños pendientes de otro, sostiene, es una carga que casi nadie puede llevar sin que algo se quiebre.

Lo más interesante de lo que contó la psicóloga es que esas presiones no necesitan gritos ni reproches explícitos para instalarse. A veces alcanzan gestos mínimos, comentarios dichos con una sonrisa, preguntas inocentes del tipo "y vos qué vas a hacer cuando termines" hechas en el momento justo. Wila, que es docente además de clínica, suele alertar a los padres en sus charlas: un pedido cariñoso también puede dejar abierta la duda de qué esperan los adultos y qué hay que hacer para ganar su aprobación. Y esa duda, repetida durante años, se vuelve una fuente silenciosa de angustia y de culpa.

Durante la exposición, la psicóloga marcó una diferencia que me pareció muy útil para pensar la crianza y también la vida adulta. Existen normas que ayudan a convivir, las que dicen "no le pegues a otro", por ejemplo, que son razonables y compartibles. Y existen mandatos, que son otra cosa: son exigencias que restringen las elecciones personales y que muchas veces quedan atadas al miedo a perder el cariño de quien las transmite. Cuando elegís una carrera, una pareja, un lugar para vivir, el fantasma del mandato puede aparecer como un susurro que dice "si hacés esto, te van a dejar de querer". Y ahí, dice Wila, la decisión deja de ser libre y empieza a ser una negociación con el afecto.

También Wila se detiene en algo que a mí me resonó especialmente como adulto: las voces y los juicios que escuchamos de chicos no se borran cuando crecemos, se vuelven parte de nuestro diálogo interno. Un padre que repite que "en esta casa las cosas se hacen como yo digo" puede no estar sentado frente a uno cuando uno tiene cuarenta años, pero su tono, su mirada, su desaprobación imaginaria siguen ahí. La psicóloga lo resume así de claro: la exigencia puede persistir aunque ya no haya alguien formulándola desde afuera. Y a eso le sumamos la influencia de la familia, la escuela, la religión y la cultura, que varía según la historia de cada uno, atravesada por palabras, gestos y situaciones vividas.

Frente a ese panorama, la propuesta concreta de la especialista es bastante concreta y a la vez muy difícil de llevar adelante: a pensar qué está pasando y examinar la responsabilidad real por los propios actos. No se trata, aclara Wila, de deshacerse de toda culpa ni de pasarse al otro extremo de "nada es mi culpa". La idea es distinguir entre lo que efectivamente hice mal, que es algo concreto y revisable, y el cuestionamiento permanente sobre mí mismo, que es algo que suele llegar de afuera y se vuelve tóxico. En sus palabras, lo importante es revisar de qué se acusa cada uno, en lugar de sostener un reproche perpetuo e infinito.

“Cumplir con los deseos pendientes de otra persona es una carga que casi nadie puede llevar sin que algo se quiebre.”Cynthia Wila, psicóloga y autora del ensayo La culpa (Paidós)
  • Expectativas que son proyectos propios no realizados y se trasladan a los hijos como demanda imposible de cumplir.
  • Pedidos expresados con afecto que igual dejan abierta la pregunta por la aprobación de los adultos.
  • Normas razonables que cuidan la convivencia y mandatos que restringen elecciones y atan el afecto.
  • Voces y juicios de la infancia que sobreviven en el diálogo interno de los adultos.
  • La distinción entre la responsabilidad concreta por los propios actos y el reproche permanente sobre uno mismo.
GV
Griselda VillavicencioSociedad y salud

Te puede interesar