Caminar por la panza del Malacara: una experiencia entre lava y viento en el sur mendocino
En el paraje La Batra, cerca de Malargüe, el volcán Malacara permite recorrer dos de sus tres cárcavas y subir a un mirador con vista a la laguna de Llancanelo. La familia Quezada administra el ingreso al campo y el turismo nació al calor de los estudios de la geóloga Corina Risso.
Soy Griselda Villavicencio y esta vez me fui hasta el sur de Mendoza para meterme, literalmente, en la panza de un volcán. La cita la puso la familia Quezada, en el paraje La Batra, a pocos kilómetros de Malargüe, donde se levanta el Malacara, una formación que parece un monte más desde lejos pero que guarda adentro pasadizos ondulados, paredes amarillas y depósitos negros que se desgranan al tocarlos.
Llegué temprano, con el aire todavía fresco de la mañana, y lo primero que me llamó la atención fue la tranquilidad del campo. Los Quezada atendieron durante años la cría de animales en ese mismo predio y, con el tiempo, fueron abriendo las tranqueras para que visitantes como yo pudieran conocer un paisaje que no aparece en las clásicas postales de la montaña.
Un recorrido entre colores y silencio
La caminata atraviesa dos de las tres cárcavas que tiene el volcán en su parte alta y suma una subida a un mirador desde donde se distingue, a lo lejos, la laguna de Llancanelo. Los tres cráteres quedan prácticamente ocultos para quien lo recorre desde abajo, por la forma del terreno y la vegetación.
Mientras avanzaba por los corredores, la geóloga e investigadora de la Universidad de Buenos Aires Corina Risso me iba explicando, con una paciencia enorme, qué había pasado allí debajo de mis pies. "El Malacara se formó por la interacción del magma con el agua, posiblemente de una antigua laguna", me dijo la docente, mientras señalaba las paredes amarillas. Ese contacto, agregó, fragmentó la lava y la alteración de los materiales produjo buena parte de las superficies ocres que se ven a simple vista.
Después, cuando el agua dejó de intervenir, la erupción continuó y se acumularon materiales oscuros sobre los anteriores. Mucho más tarde, la erosión provocada por el agua y el viento abrió los pasillos que hoy se recorren a pie. Por eso, insistió la geóloga, hay que tener cuidado al apoyar las manos: "Estos depósitos son frágiles y pueden desgranarse al tocarlos".
- Antiguos accesos a caballo por senderos del propio campo de la familia Quezada.
- En 2006, una huella petrolera permitió ingresar con camioneta y, más tarde, con maquinaria para mejorar el camino.
- La experiencia combina caminata, observación de formaciones y vista panorámica desde el mirador.
- El tercer cráter queda fuera del recorrido habitual por la forma del terreno y la cobertura vegetal.
Antes de irme, mientras el viento se metía por las grietas del Malacara y la luz bajaba despacio entre las paredes, uno de los Quezada me dejó una frase que resume el espíritu del lugar: "Acá la montaña te muestra lo que quiere, y uno tiene que aprender a mirarla con respeto". Me volví pensando en cuántos rincones de la Argentina siguen escondidos a la vuelta de un campo, esperando que alguien se anime a descubrirlos.
