Adiós a Tío Mario: la juguetería bajó la persiana mientras el sector se derrumba un veinte por ciento
La cadena cerró el sábado tras una liquidación exprés en redes sociales, en medio de una caída semestral cercana al veinte por ciento en las ventas que reportó la Cámara Argentina de la Industria del Juguete y un retroceso acumulado de más del veinte por ciento entre 2015 y 2025.
Parado en la vereda, con la térmica del termo todavía en la mano y la camioneta cruzada en doble fila, lo primero que vi fue el cartel pegado con cinta en la puerta de vidrio: una hoja A4, letra de impresora, el logo de siempre de Tío Mario arriba y abajo, en rojo, la frase que nadie quiere leer cuando va a comprar un regalo. La juguetería que durante años fue referencia para los chicos del barrio terminó de bajar la persiana el sábado, después de un fin de semana de liquidación total anunciada por sus propias redes sociales, y lo hizo en el peor de los escenarios posibles: con el sector entero cayendo a pique y un dato que la Cámara Argentina de la Industria del Juguete ya no puede disfrazar con marketing ni con buenas fiestas.
El mensaje que la cadena difundió en sus cuentas fue directo, casi sin adornos, tal cual lo repiten los usuarios que todavía conservan las capturas: ¡Liquidamos todo por cierre! ¡Últimos días!. Detrás de ese grito de oferta hubo comentarios de clientes dolidos despidiéndose, agradeciendo por la muñeca que compraron a último momento, por el autito que arreglaron un martes a la tarde, por el crédito que les abrieron cuando la quincena no alcanzaba. A eso me dedico yo cuando cruzo el umbral de una noticia así: a mirar el mostrador vacío, las góndolas peladas, el pozo de agua del paraje donde se crió el que ahora tiene que cerrar, porque el monte no vota y estas cosas pasan lejos de las cámaras de televisión.
Los números que dejó la caída
- Las ventas de juguetes retrocedieron cerca del veinte por ciento en el primer semestre de 2026 frente al mismo período de 2025, según la Cámara Argentina de la Industria del Juguete.
- El mercado acumula una contracción de alrededor del veintidós por ciento entre 2015 y 2025, un retroceso de largo plazo que muestra que las dificultades ya venían de antes.
- La crisis golpea a todos los eslabones: fabricantes, importadores, distribuidores, mayoristas y jugueterías de barrio como Tío Mario.
- Julián Benítez, gerente de Relaciones Institucionales y Comercio Exterior de la cámara, describió un escenario que combina menos ventas con cambios profundos en los hábitos de consumo.
- Desde la industria, el presidente de la CAIJ, Matías Furió, había advertido sobre las complicaciones para organizar la producción de cara al Día del Niño por la falta de previsibilidad para comprar materias primas.
- La entidad suma dos factores extra: la competencia de las pantallas por el tiempo de juego de los chicos y la caída de la cantidad de hijos por mujer, que reduce el universo de compradores.
Lo que me queda dando vueltas en la cabeza, mientras escribo esto desde el interior profundo, es la diferencia entre una caída estadística y una persiana que ya no sube más. Las cámaras empresarias pueden discutir si el porcentaje es diecinueve o veintiuno, si el recorte fue en unidades o en pesos, si la comparación debe hacerse contra 2024 o contra 2019; los padres que el sábado pasaron por Tío Mario a comprar la última sorpresa, en cambio, vieron cómo una pyme de toda la vida dejaba en la calle a sus empleados y borraba de un plumazo la opción de comprar en el barrio, esa opción que muchas veces salva la fiesta cuando el sueldo no llega hasta el shopping del centro. Y es ahí donde la cifra se vuelve carne, donde la nota se vuelve humana, donde duele de verdad.
Porque además hay algo que el informe de la cámara apenas roza y que a mí, como cronista del interior, me parece central: la trastienda de la producción. Furió lo dijo con claridad cuando advirtió que los fabricantes necesitan comprar materia prima con varios meses de anticipación para que el juguete esté en la góndola a tiempo, y que en este contexto ese cálculo se vuelve una ruleta rusa. Cuando una fábrica chica no puede planificar, directamente deja de fabricar; cuando deja de fabricar, el mayorista no tiene qué repartir; cuando el mayorista no reparte, la juguetería de barrio muestra las estanterías vacías. Y cuando la juguetería muestra las estanterías vacías, el ciclo se cierra con una liquidación y un cartel pegado con cinta en la puerta de vidrio, como el que vi yo esta semana.
Hay un dato que me parece especialmente cruel y que los lectores de entre cuarenta y sesenta años van a reconocer de inmediato: la caída de la natalidad no es un número abstracto, es la ausencia del nene que iba a recibir el autito de colección, es la nena que ya no aparece en la lista de cumpleanos porque la familia es cada vez más chica. Si a eso se le suma que los chicos, cuando hay chicos, prefieren la pantalla antes que el juguete físico, el negocio se achica por los dos extremos: menos compradores y menos demanda por metro cuadrado de góndola. La cámara lo dice en su informe; yo lo veo en las vidrieras apagadas de los pueblos que recorro.
“El mercado se contrajo cerca del veintidós por ciento entre 2015 y 2025 y el primer semestre de 2026 muestra una caída adicional cercana al veinte por ciento frente al mismo período del año pasado, en un escenario que alcanza a fabricantes, importadores, distribuidores, mayoristas y jugueterías.”Cámara Argentina de la Industria del Juguete (CAIJ)
Voy a cerrar esta nota como la abro, con una imagen y una promesa. La imagen es la del empleado de Tío Mario cargando las últimas cajas en una camioneta, los últimos muñecos, los últimos juegos de mesa que ya no van a tener dueño conocido, y los clientes que se acercan a despedirse como quien despide a un viejo vecino. La promesa, en cambio, es la que más me pesa: allá por 2015, cuando arrancó este derrumbe silencioso, alguien desde algún escritorio oficial juró que la industria del juguete iba a ser declarada actividad productiva prioritaria y que se iban a sostener las fuentes de trabajo del sector; pasaron los años, se sucedieron los gobiernos, cambiaron los sellos de los ministerios, y la promesa se evaporó junto con las jugueterías de barrio. La de Tío Mario no es la primera ni, me temo, va a ser la última. Por ahora, apenas me queda decir lo de siempre: mientras las persianas sigan bajando, el monte no vota, y este cronista del interior va a seguir contándolo, fecha mediante, hasta que alguien se haga cargo de lo que se rompió.
