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Martes, 13 de octubre de 2026
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Aaron Sorkin detrás de cámara: cuando el guionista se queda solo con sus palabras

La secuela de La red social confirma que, sin un director que lo contenga, el dramaturgo más brillante de Hollywood se tropieza con sus propios hallazgos: diálogos brillantes, pero una puesta en escena que no termina de despertar.

Por Ignacio SayagoCultura y folclore · · hace 1 h
Aaron Sorkin detrás de cámara: cuando el guionista se queda solo con sus palabras

El primer redoble del bombo ya se escuchó lejos, casi en off, cuando el jueves pasado la crítica norteamericana empezó a pasar factura. Te lo digo porque vengo siguiendo a Aaron Sorkin desde aquellos guiones de Algunos hombres buenos que uno miraba de pibe en el video club del barrio, y esta vez la película que vuelve a poner a Mark Zuckerberg en el centro de la escena llegó cargada de expectativas y, por lo que se vio, también de problemas que ya se venían anunciando. El precio de la red se planta como heredera directa de La red social de 2010, pero lo hace con un pie menos firme del que su propia historia promete.

Acá aparece el primer dato que a mí, como lector curioso del oficio, me llamó la atención: la película está dirigida por el propio Sorkin, que además firma el guión. Y eso, que en otro contexto podría ser una anécdota, termina siendo el corazón del debate. Porque Sorkin ya había probado esa doble función en Molly's Game, con resultado desparejo, y lo que mostraba aquella película se repite ahora con más evidencia. Cuando el que escribe es también el que pone la cámara, algo del equilibrio se pierde.

El guionista que funciona mejor con otro director

Mirá, te lo pongo en palabras llanas, como me lo contaba un abuelo chaqueño que era espectador fanático del viejo cine de tribunal: los mejores guiones de Sorkin fueron siempre aquellos que un director externo supo leer entre líneas y, sobre todo, podar. David Fincher en La red social, Danny Boyle en Steve Jobs y el propio Rob Reiner en Algunos hombres buenos se ocuparon de cortar de raíz los excesos, de sacar brillo donde el dramaturgo lo había dejado mate, de ordenar el ritmo cuando el texto amenazaba con volverse monólogo. Sin ese peso, lo que queda es el escritor a solas con sus hallazgos y con sus mimos, y el resultado se nota.

  • Soliloquios extensos que existen porque suenan bien leídos en voz alta, no porque la escena los pida.
  • Iluminación despareja en interiores, llamativa porque el director de fotografía es el mismo de La red social.
  • Falta de urgencia en el montaje, con imágenes que se quedan en lo funcional.
  • Tendencia al idealismo declamativo que, sin un realizador que lo discipline, se vuelve declamación pura.

Ahora bien, no todo es para tirar a la basura. La película trae bajo el brazo cosas que vale la pena mirar de cerca: los ecos de The Newsroom y de aquel proyecto sobre el seis de enero que Sorkin viene masticando hace años aparecen filtrados en los diálogos, y hay líneas que siguen teniendo la marca registrada del autor, esa capacidad para convertir un tema técnico en una discusión de comité de sala que termina pareciéndose a una pelea de café. La película incluso se autoriza una autocrítica: el personaje al que da vida el comediante Bill Burr suelta, en una frase que ya recorre los tráileres, que Sorkin es como un guardia de tránsito con los brazos caídos mientras los autos derrapan y atropellan todo. Un guiño que, leído con malicia, parece un descargo del propio guionista.

Un final que todavía no se termina de escribir

Yo, Ignacio Sayago, te confieso que salí de la función con esa sensación que te queda cuando una promesa enorme no termina de cuajar: el texto está, las ideas están, los actores conocidos que van apareciendo en el reparto también, pero falta ese tercer empujón que da un director con mirada propia. ¿Coincido entonces con la idea de que Sorkin rinde más cuando otro lo dirige? Sí, en gran parte sí. Pero también creo, como me decía una abuela tucumana que iba todos los domingos a la peña del club, que a veces hay que dejar que el muchacho baile solo aunque se note que le falta práctica, porque en ese intento se ve qué tipo de escritor es. Y lo que El precio de la red termina mostrando es a un escritor enorme que, cuando se queda con las manos libres, todavía no aprendió a dirigirlas. Así que, como cada fin de semana, te dejo la invitación de siempre: pasá por la peña, sentate cerca del escenario, y mientras el vino se enfría y el bombo marca el tiempo, debatimos si la próxima película de Sorkin debería buscar un director amigo o seguir apostando a la soledad de su propio taller.

IS
Ignacio SayagoCultura y folclore

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