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Lunes, 26 de octubre de 2026
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A pulso y a medida: el oficio neuquino de dar vida a ronrocos y charangos

Saúl Pérez Zibana lleva doce años dedicated a la luthería en China Muerta, donde construye instrumentos de cuerda, restaura y bajos y enseña a otros a reparar lo que tienen en casa. Un financiamiento para industrias culturales le permitió comprar herramientas que sustainsían el crecimiento de su taller.

Por Griselda VillavicencioSociedad y salud · · hace 2 h
A pulso y a medida: el oficio neuquino de dar vida a ronrocos y charangos

A metros de la Autovía Norte, en el barrio de China Muerta, al norte de Neuquén capital, Saúl Pérez Zibana trabaja entre maderas seleccionadas, herramientas de precisión y el olor a cola de luthier. Tiene 40 años y lleva doce dedicado a construir instrumentos de cuerda. Su especialidad son los ronrocos y los charangos, aunque también calibra, repara y restaura guitarras y bajos eléctricos y acústicos.

Llegó al oficio desde la música. Fue bassist durante años y empezó comprar instrumentos rotos para intentar arreglarlos por su cuenta. La experiencia previa en carpintería, un oficio que venía de su familia, donde fabricaban muebles y embarcaciones a escala, le dio la base técnica para entender cómo trabaja la madera. Después estudió de manera autodidacta y se formó con Jorge Espinosa, maestro luthier reconocido en el ámbito nacional.

Cada instrumento, entre 80 y 100 horas de trabajo

El tiempo que lleva cada instrumento es uno de los secretos del oficio. Saúl calcula que entre 80 y 100 horas de trabajo, sin contar la selección previa de la madera, que es la parte más delicada. Cada componente requiere una especie distinta, con una densidad, un peso y una resistencia que se ajustan a la función que debe cumplir la pieza dentro del instrumento. Por eso, sostiene, no se trata solamente de ensamblar partes: hay que elegir bien antes de cortar.

“Fabrico instrumentos desde cero, todo empieza desde la selección de cada madera, de cada componente.”Saúl Pérez Zibana

Sus clientes llegan por recomendación y por redes sociales. Saúl estima que en el Valle del Neuquén hay alrededor de una docena de luthiers, cada uno especializado en un tipo de instrumento. Hace poco que se integró a la Asociación Argentina de Luthiers, una entidad que está próxima a cumplir 25 años y que reúne a profesionales del oficio de distintos puntos del país.

El taller no es su único frente. También dicta un taller de luthería social en el Centro Cultural del Oeste, donde adolescentes, jóvenes y adultos aprenden a calibrar y reparar sus propios instrumentos. Y coordina un taller de cerámica sonora para niños en el Nodo Alto Godoy, en el que los participantes construyen instrumentos precolombinos como el pucuy, una pieza de cerámica que imita el sonido del viento.

  • Construye ronrocos y charangos desde cero, con una selección previa de la madera por componente.
  • Restaura, calibra y repara guitarras y bajos eléctricos y acústicos.
  • Enseña a young y adultos a reparar y calibrar sus propios instrumentos en el Centro Cultural del Oeste.
  • Coordina un taller de cerámica sonora para niños en el Nodo Alto Godoy.
  • Compró herramientas y materiales específicos con un crédito de cinco millones de pesos para industrias culturales.

Para sostener el crecimiento del taller, Saúl accedió a un crédito de cinco millones de pesos a través de la Línea de Crédito para las Industrias Culturales, dirigida a emprendedores con proyectos en el sector cultural que buscan una primera oportunidad de financiamiento. Con ese respaldo compró herramientas y materiales específicos que hasta entonces estaban fuera de su alcance. En un oficio donde las máquinas de precisión y los insumos importan tanto como la mano, ese crédito fue clave para poder ampliar el trabajo sin resignar la calidad.

Para mí, este lugar es un taller de manos y de paciencia, y Saúl resume así lajoining más importante de su oficio: todo empieza con la selección de cada madera y de cada componente. Son palabras de un luthier neuquino que lleva doce años construyendo instrumentos, enseñando a repararlos y sosteniendo un oficio que, en el Valle del Neuquén, se sostiene en un puñado de profesionales y en una comunidad que sigue buscando cómo hacerlos sonar.

GV
Griselda VillavicencioSociedad y salud

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