Una película turca que se toma su tiempo y te deja sin aire
La cinta de Nuri Bilge Ceylan convierte la búsqueda de un cadáver en las estepas en una meditación sobre el cansancio, la culpa y la manera en que los hombres se cuentan historias para no mirarse de frente.
Me acuerdo de la primera vez que vi una película de Nuri Bilge Ceylan. Fue de noche, en casa de un amigo, y el bombo de una comparsa lejana se colaba por la ventana mientras la pantalla avanzaba con esa lentitud que a algunos les desespera y a otros, como a mí, nos hipnotiza. Aquella sensación volvió con Érase una vez en Anatolia, una película que no parece pensada para el ritmo del streaming sino para la paciencia de quien se sienta a mirar el cielo como miraba mi abuelo desde el patio, sin apuro, esperando que aparezca algo.
La idea de arranque es casi un cuento de camino: un fiscal, un médico forense y un grupo de policías salen de noche por las estepas turcas con un asesino y su cómplice. Buscan el cuerpo de la víctima. Los sospechosos estaban borrachos cuando enterraron el cadáver y no recuerdan el lugar exacto. A partir de ahí, el director arma una travesía larga, polvorienta y bastante frustrada por un paisaje que parece no terminar nunca.
Un thriller que no apura al espectador
Ceylan, que ya es conocido por un cine de ritmo pausado y observación rigurosa de lo cotidiano, lleva esa marca hasta el extremo. Las conversaciones que llenan el trayecto parecen triviales en la superficie, pero van acumulando peso a medida que avanza la noche. Los personajes cuentan historias, se distraen, dudan. La oscuridad del campo turco funciona como un estado de ánimo más que como decorado, y la duración no se justifica por una trama compleja sino por una mirada que prefiere detenerse en los detalles que otros filmes cortan: una pausa antes de hablar, una luz que aparece a lo lejos, el cansancio acumulado en una cara.
- La premisa es casi minimalista: un fiscal, un forense y varios policías salen con los sospechosos a buscar un cuerpo enterrado.
- Los sospechosos estaban borrachos y no recuerdan dónde quedó la víctima.
- El director rechaza el suspenso convencional y deja que la noche turca opere como estado de ánimo.
- La duración se justifica por la observación, no por los giros del argumento.
- La angustia que construye se parece más al agotamiento que al sobresalto clásico.
El resultado es una película que incomoda a quien espera aceleración y recompensa a quien acepta sus condiciones. La angustia que arma Ceylan no es la del suspenso de toda la vida sino algo más cercano al agotamiento existencial: personas que conviven a diario con el crimen y la muerte, y que van perdiendo la posibilidad de mirarse entre sí. Es, si se quiere, la versión cinematográfica de esas sobremesas largas en casa de una abuela, cuando alguien larga una confesión y los demás se quedan callados mirando la mesa.
Érase una vez en Anatolia se llevó el Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes y es una de las obras centrales del cine turco contemporáneo. En Argentina se la puede ver en la plataforma Filmin, así que está al alcance de cualquiera que tenga dos horas y media y un poco de buena voluntad para entregarse al paisaje.
Si te copa, este finde hay peña en el barrio y siempre sobra un lugar en la mesa para charlar sobre cine lento. Y vos, ¿preferís el thriller que te mantiene al borde del asiento o el que te deja pensando días después? Contanos en los comentarios.
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