Jueves, 3 de septiembre de 2026
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Una película turca que se toma su tiempo y te deja sin aire

La cinta de Nuri Bilge Ceylan convierte la búsqueda de un cadáver en las estepas en una meditación sobre el cansancio, la culpa y la manera en que los hombres se cuentan historias para no mirarse de frente.

Por Ignacio SayagoCultura y folclore · 3 de septiembre de 2026 · hace 58 min

Me acuerdo de la primera vez que vi una película de Nuri Bilge Ceylan. Fue de noche, en casa de un amigo, y el bombo de una comparsa lejana se colaba por la ventana mientras la pantalla avanzaba con esa lentitud que a algunos les desespera y a otros, como a mí, nos hipnotiza. Aquella sensación volvió con Érase una vez en Anatolia, una película que no parece pensada para el ritmo del streaming sino para la paciencia de quien se sienta a mirar el cielo como miraba mi abuelo desde el patio, sin apuro, esperando que aparezca algo.

La idea de arranque es casi un cuento de camino: un fiscal, un médico forense y un grupo de policías salen de noche por las estepas turcas con un asesino y su cómplice. Buscan el cuerpo de la víctima. Los sospechosos estaban borrachos cuando enterraron el cadáver y no recuerdan el lugar exacto. A partir de ahí, el director arma una travesía larga, polvorienta y bastante frustrada por un paisaje que parece no terminar nunca.

Un thriller que no apura al espectador

Ceylan, que ya es conocido por un cine de ritmo pausado y observación rigurosa de lo cotidiano, lleva esa marca hasta el extremo. Las conversaciones que llenan el trayecto parecen triviales en la superficie, pero van acumulando peso a medida que avanza la noche. Los personajes cuentan historias, se distraen, dudan. La oscuridad del campo turco funciona como un estado de ánimo más que como decorado, y la duración no se justifica por una trama compleja sino por una mirada que prefiere detenerse en los detalles que otros filmes cortan: una pausa antes de hablar, una luz que aparece a lo lejos, el cansancio acumulado en una cara.

  • La premisa es casi minimalista: un fiscal, un forense y varios policías salen con los sospechosos a buscar un cuerpo enterrado.
  • Los sospechosos estaban borrachos y no recuerdan dónde quedó la víctima.
  • El director rechaza el suspenso convencional y deja que la noche turca opere como estado de ánimo.
  • La duración se justifica por la observación, no por los giros del argumento.
  • La angustia que construye se parece más al agotamiento que al sobresalto clásico.

El resultado es una película que incomoda a quien espera aceleración y recompensa a quien acepta sus condiciones. La angustia que arma Ceylan no es la del suspenso de toda la vida sino algo más cercano al agotamiento existencial: personas que conviven a diario con el crimen y la muerte, y que van perdiendo la posibilidad de mirarse entre sí. Es, si se quiere, la versión cinematográfica de esas sobremesas largas en casa de una abuela, cuando alguien larga una confesión y los demás se quedan callados mirando la mesa.

Érase una vez en Anatolia se llevó el Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes y es una de las obras centrales del cine turco contemporáneo. En Argentina se la puede ver en la plataforma Filmin, así que está al alcance de cualquiera que tenga dos horas y media y un poco de buena voluntad para entregarse al paisaje.

Si te copa, este finde hay peña en el barrio y siempre sobra un lugar en la mesa para charlar sobre cine lento. Y vos, ¿preferís el thriller que te mantiene al borde del asiento o el que te deja pensando días después? Contanos en los comentarios.

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Ignacio SayagoCultura y folclore

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