Jueves, 27 de agosto de 2026
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Lindelof rompe el silencio sobre los "flash sideways" y termina con la teoría más querida de Perdidos

A más de quince años del final de la serie, el cocreador aclara de una vez por todas qué fue real y qué no en la isla, y explica la conexión con un antiguo texto budista que cambió el rumbo de la última temporada.

Por Ignacio SayagoCultura y folclore · 27 de agosto de 2026 · hace 58 min

El primer estruendo del bombo suena en el patio de mi cuadra y, mientras el café se enfría en la pava, me pongo a pensar en una de esas discusiones que durante años dividieron a los amigos alrededor de la mesa: si la isla de Perdidos era o no era el purgatorio. Aquello que durante más de una década pareció un secreto a voces entre los fans, hoy tiene por fin una explicación de la boca de uno de sus propios creadores, Damon Lindelof, que a más de quince años del final de la serie decidió volver sobre uno de los puntos más sensibles del guion y dejar las cosas en su lugar.

La teoría más popular, esa que todavía repiten memoriosos como mi abuelo cada vez que alguien nombra al Oceanic 815, sostiene que ninguno de los eventos que vimos durante seis temporadas ocurrió de verdad: todo sería un limbo, una especie de descanso final donde los personajes purgan sus culpas. Lindelof la desmintió en varias oportunidades y lo hizo con una frase que, para mí, lo deja todo dicho: "Todo lo que siempre te hemos mostrado, todo lo que ocurre en la isla, ocurrió. Absolutamente, al cien por cien".

Qué fue real y qué no

La distinción es más fina de lo que parece y por eso la confusión duró tanto tiempo. Para el cocreador de la serie, la línea principal del relato, la que muestra la caída del avión, la Iniciativa Dharma, el humo negro y la lucha por la, fue real de principio a fin. Al cerrar la historia, Hurley y Ben seguían cuidando de la isla, Jack muere en el bosque con su perro a los costados y el último fotograma de la serie pertenece a ese mismo hilo narrativo, el de los hechos efectivamente sucedidos. Lo que nunca ocurrió, en cambio, es la línea paralela que la sexta temporada introdujo bajo el nombre de "flash sideways": aquella donde el vuelo nunca se estrella, donde los personajes no se conocen entre sí y donde Jack tiene un hijo, Desmond maneja un auto de carrera y Locke da clases.

Según la explicación de Lindelof, ese universo paralelo no representa una realidad alternativa ni una paradoja temporal: es lo que les pasa a los personajes después de muertos. No es el cielo, ni una segunda oportunidad, ni un recurso narrativo para arreglar cuentas pendientes: es, literalmente, el instante que sigue a la muerte, un estado intermedio en el que los protagonistas se reencuentran, se reconocen y recién entonces pueden seguir adelante. Esa es la razón por la cual en los "flash sideways" aparecen juntos, jóvenes y sonrientes, aunque en la línea principal muchos de ellos jamás se habían cruzado cara a cara.

“La idea de Bardo es un lugar al que vas cuando mueres pero no sabés que estás muerto. Nadie puede decírtelo.”Damon Lindelof

Un libro tibetano y una decisión de guion

La decisión de cerrar la serie por ese camino se tomó entre la tercera y la cuarta temporada. El equipo de guionistas sabía desde temprano que la historia terminaría con la muerte de Jack, porque la simetría entre el ojo que se abre en el piloto y el ojo que se cierra en el final les parecía la única conclusión honesta para ese personaje. El problema era otro: cómo mostrar lo que le pasaba al protagonista después, sin traicionar seis temporadas de misterio y sin convertir el final en un sermón religioso. La respuesta llegó de un texto que en Occidente se conoce como el Libro tibetano de los muertos, el Bardo Thodol, que describe justamente ese estado intermedio donde una persona muere pero todavía no toma conciencia de que ya no está entre los vivos.

Para que el público no entendiera de entrada que los "flash sideways" eran ese Bardo y no una mera paradoja temporal, los guionistas introdujeron los viajes en el tiempo al cierre de la cuarta temporada y construyeron toda la quinta sobre esa base. La intención fue deliberada: que nosotros, los espectadores, interpretáramos esa línea como un juego de líneas temporales hasta que los propios personajes, al recordar cosas que en esa realidad nunca habían vivido, nos obligaran a preguntar, junto con ellos, cómo era posible recordar algo que nunca había pasado. Esa incomodidad, esa pequeña fractura en la lógica, era la pista.

Por qué la teoría del purgatorio sobrevivió tantos años

Si la explicación es tan clara, uno se pregunta por qué la idea de la isla como purgatorio sobrevivió tanto tiempo en los foros y en las sobremesas. La respuesta, en parte, la escuché de mi abuela la última vez que hablamos de la serie: "Hijo, es que cuando alguien se muere en la tele y después lo ves en otro lado, uno piensa en el cielo o en el infierno, no en un libro de los budistas". Tenía razón. La cultura popular tiende a traducir lo desconocido con los códigos que ya conoce, y durante siglos ese código fue el del purgatorio cristiano. Lo que Lindelof hizo fue tomar un concepto del budismo tibetano y adaptarlo al lenguaje de una serie de aventuras, ciencia ficción y drama coral, sin por eso convertir la serie en una clase de religión comparada.

A la distancia, lo que más me conmueve de esta explicación no es el dato erudito ni la teoría deconstruida, sino el lugar común que deja al descubierto: durante años, millones de personas discutieron con idéntica pasión si la isla era real o un castigo divino, y la respuesta terminaba siendo mucho más serena que cualquiera de las dos opciones. No era un castigo ni un premio: era un cruce de caminos, un instante de reencuentro antes de seguir. Y eso, lejos de arruinar la magia de Perdidos, le devuelve una humanidad que las polémicas de internet le habían robado.

Así que la próxima vez que el bombo arranque el viernes en el patio y alguien, como cada finde, se largue con la muletilla de "la isla era el purgatorio", ya sabés qué contestarle con el mate en la mano: la isla fue real de principio a fin, y lo que vimos en la sexta temporada fue, apenas, el último tramo de un largo viaje. Te espero el sábado en la peña para seguir charlando, ahora con la conciencia tranquila.

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Ignacio SayagoCultura y folclore

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