La métrica que la OMS sueña con sumar a la chequera médica de los adultos mayores
Un índice que cruza cognición, movimiento, sentidos, ánimo y energía busca anticiparse a las enfermedades antes de que lleguen. Todavía no es parte de los controles de rutina, pero ya hay ensayos en marcha para validarlo.
Soy Griselda Villavicencio y arranco esta nota en el consultorio de la doctora Marta, en el barrio de Once, donde una paciente de 72 años, María del Carmen, me cuenta que viene a controlarse la presión y el colesterol, pero que nadie le preguntó nunca cuán rápido camina ni con qué fuerza le aprieta la mano al médico. Esa incomodidad, la de sentir que el chequeo anual mira las piezas sueltas pero no el motor entero, es justamente el hueco que vino a tapar un indicador que desde 2015 la Organización Mundial de la Salud (OMS) viene empujando con mucho tesón y con bastante paciencia: la llamada capacidad intrínseca.
La definición más llana dice que es un puntaje que reúne cinco dimensiones del funcionamiento humano en lugar de quedarse en una sola enfermedad. Lo que se mide, en concreto, es cognición, locomoción (o sea, fuerza y movilidad), capacidad sensorial (visión y audición), bienestar psicológico y vitalidad, que en el lenguaje de la OMS equivale a energía general y tolerancia al esfuerzo físico. La idea de fondo es correrse del foco clásico, que está puesto en diagnosticar patologías, y pasar a observar qué tan bien se banca el organismo en su conjunto.
Cinco frentes en un solo número
- Cognición: memoria, atención, velocidad para procesar información.
- Locomoción: fuerza muscular y movilidad, evaluadas con pruebas como la velocidad al caminar o la fuerza de agarre.
- Capacidad sensorial: agudeza visual y auditiva.
- Bienestar psicológico: estado de ánimo y presencia o no de síntomas depresivos o de ansiedad.
- Vitalidad: nivel de energía general y tolerancia al estrés físico, incluyendo el sueño y la fatiga.
Varias de esas pruebas ya forman parte del día a día de los servicios de geriatría: el test de velocidad al caminar, la dinamometría para medir la fuerza de la mano y los rastreos cognitivos más conocidos se aplican hace rato en consultorios y centros de día. Lo que cambia con la capacidad intrínseca es que en lugar de anotar esos resultados por separado, se los mete en una sola puntuación y, sobre todo, se la sigue a lo largo del tiempo, como cuando uno lleva una planilla de glucemia o de peso. El objetivo es detectar caídas del funcionamiento antes de que se traduzcan en caídas a secas, en internaciones o en una dependencia que se podría haber evitado.
Una herramienta que quiere salir del paper
“Incluso cuando las personas son bastante robustas y no tienen ninguna enfermedad, aún podemos detectar cambios en su capacidad.”John Beard, profesor de envejecimiento productivo en la Escuela de Salud Pública Mailman de la Universidad de Columbia
Esa frase de Beard, que es uno de los impulsores del concepto dentro de la OMS, condensa la promesa del indicador: servir como una suerte de termómetro fino, capaz de marcar descensos cuando todavía no hay un diagnóstico firme sobre la mesa. En Francia ya se está probando esa lógica en un ensayo con adultos mayores que completan cuestionarios periódicos y reciben recomendaciones personalizadas. Si el puntaje baja, se los deriva a un médico clínico o a un geriatra para estudios más finos. Los resultados, por ahora, todavía no son concluyentes, pero la mecánica ya está rodando.
En paralelo, la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados para la Salud de Estados Unidos (ARPA-H, por su sigla en inglés) financia un programa que apunta a mostrar que la capacidad intrínseca refleja de verdad cómo se siente y cómo funciona una persona, y que además puede mejorar con cosas tan concretas como un plan de ejercicio o con fármacos que ya están en el mercado. Si esos estudios cierran bien, el indicador podría terminar cumpliendo dos roles a la vez: herramienta de seguimiento clínico y criterio para aprobar medicamentos dirigidos al envejecimiento, un campo que hasta ahora se movía sin un patrón de medida claro. Mientras tanto, en el barrio de Once y en cualquier otro rincón del país, María del Carmen sigue esperando que alguien le tome el tiempo de medirla entera y no solo las partes que ya sabe que le duelen.
