La discapacidad se arregla con un exoesqueleto en cámara y una rampa pendiente en el pasillo
Un periodista y una filósofa vuelven sobre una pregunta incómoda: por qué la innovación que sorprende en un video muchas veces se construye sobre las barreras que nunca se removieron. La nota abre la discusión sobre quién define los problemas y qué se considera digno de inversión.
Soy Griselda Villavicencio y esta columna la empecé a escribir un martes a la mañana, en lo de Marta, en San Telmo, mientras esperaba el café y miraba el teléfono. Me había llegado un análisis de Robert Kingett, un periodista con discapacidad visual que escribe desde Estados Unidos, y no podía sacármelo de la cabeza. Kingett dice, con una claridad que a mí me dejó pensando todo el día, que él no necesita una silla robótica para escalar una montaña: lo que necesita es poder entrar a la biblioteca del barrio. Esa diferencia, que parece chica, en realidad es enorme, y cambia por completo de qué hablamos cuando hablamos de tecnología para la discapacidad.
La escena que se viraliza siempre es la misma: una persona con parálisis se pone de pie gracias a un exoesqueleto, da unos pasos, sube una escalera, y el video recorre el mundo como un ejemplo de avance. Lo que casi nunca aparece en la toma es la escalera original, esa que sigue ahí, sin rampa, sin alternativa, esperando a la próxima persona que no tenga un robot de varios miles de dólares para sortearla. Lo extraordinario brilla, lo básico sigue pendiente.
Cuando el invento reemplaza al derecho
Liz Jackson, filósofa de la educación, tiene una frase que a mí me parece de las que se comparten: llama disability dongle a esas soluciones ingeniosas que aparecen para problemas mal definidos, pensados por gente que no los vive, y que en el fondo terminan siendo un parche vistoso. La persona con discapacidad aparece en la foto del lanzamiento, pero no estuvo en la mesa donde se decidió qué se construía ni en la mesa donde se discutió si hacía falta construirlo. Diseñar para alguien y diseñar con alguien, dice Jackson, no es un detalle: es quién tiene autoridad para nombrar el problema.
Y acá viene el punto más incómodo, el que a mí me sigue dando vueltas: cuando la tecnología se vuelve un sustituto de las reformas del entorno, termina siendo una excusa para no hacerlas. El espectáculo de la superación individual convierte en épica lo que debería ser simplemente posible, y eso, dice Kingett, termina reforzando la idea de que el mundo accesible no es una obligación sino un mérito.
- Una rampa en la entrada, garantizada, en cada edificio público y en la mayoría de los privados, sin necesidad de pedir permiso ni presentar certificado.
- Puertas accesibles, baños adaptados y ascensores que funcionen todo el día, no solo en la foto de inauguración.
- Sitios web compatibles con lectores de pantalla, que son la puerta de entrada a turnos médicos, trámites y boletines oficiales.
- Bancos, locales gastronómicos y medios de transporte con información en formatos accesibles, desde pictogramas hasta audio.
- Cumplimiento efectivo de las normas vigentes, con inspecciones y sanciones, porque la ley sin control se vuelve adorno.
Kingett lo resume con una idea que a mí me sirve para cerrar esta nota: no se trata de tirar la innovación a la basura, sino de decidir qué cosas son dignas de ser resueltas. No solo lo extraordinario que sale en los medios, también lo cotidiano que hoy todavía exige una hazaña para lograrse. Como me dijo él, casi al pasar, en una charla que tuvimos por videollamada: «Si la rampa existiera, yo no estaría hablando de subir montañas, estaría yendo a buscar un libro». Una frase corta, de las que pesan, y que a mí, Griselda Villavicencio, me deja con la sensación de que la discusión de fondo recién empieza.
