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Joshua Slocum, el hombre que le dio la vuelta al mundo sin cronómetro y sin saber nadar

Reconstruyó un balandro podrido en un pastizal de Massachusetts, cruzó los océanos a fuerza de ingenio y se hizo famoso. Once años después zarpó por última vez y el mar no lo devolvió. La historia del primer navegante solitario alrededor del planeta, contada desde su astillero artesanal hasta su destino final sin testigos.

Por Griselda VillavicencioSociedad y salud · 4 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Esta es la historia de un hombre que se fue al mar sin saber nadar y volvió con una hazaña que nadie había firmado antes. Se llama Joshua Slocum, nació en 1844 en una granja de Nova Scotia, y aunque pasó la mayor parte de su vida sobre cubierta, jamás aprendió a bracear en el agua. Cuando alguien le preguntaba cómo se las arreglaba en pleno océano si caía por la borda, él respondía con esa lógica de lobo de mar que a mí, sinceramente, me sigue dejando helada: en medio del mar, nadar solo sirve para alargar la agonía. La frase la repitió hasta el cansancio, como quien repite una verdad incómoda que no necesita demostración.

Un balandro podrido y un reloj de hojalata

Para reconstruir al Slocum que se largó solo a dar la vuelta al mundo hay que empezar por Fairhaven, el pueblo costero de Massachusetts donde recaló un buen día y se topó con el Spray. El barco estaba abandonado en un pastizal, hundido hasta la línea de flotación, lleno de bichos y de maderas podridas. Era un balandro pesquero de once metros, un cascarrabias que nadie quería. Slocum lo vio y entendió que podía resucitarlo. Invirtió trece meses de trabajo solitario, tabla por tabla, con la plata que apenas le alcanzaba y el oficio que había ido juntando desde los dieciséis años, cuando se enroló como cocinero y grumete para escapar de la vida de granja. Cuando botó el Spray en 1893, ya estaba hablando en serio con la idea de la vuelta al mundo, aunque todavía no lo sabía nadie.

Lo que llevaba a bordo resulta, visto desde hoy, casi una provocación. No tenía cronómetro marino en condiciones, ni gps, ni radio, ni nada que se le pareciera. Para calcular la longitud usaba un reloj de bolsillo de hojalata al que le faltaba el cristal, un chiche que compensaba con estimaciones de posición, observaciones lunares y esa memoria corporal del mar que solo se construye con décadas de escorar bajo los pies. El propio Slocum lo explica con una mezcla de orgullo de viejo lobo y de ironía fina: navegaba con un reloj roto, un sextante cuidado con devotion y una cabeza llena de derrotas guardadas como quien guarda canciones.

La travesía: tres años, 46.000 millas y un piloto fantasma

El 24 de abril de 1895 zarpó de Boston. Solo. Sin fanfarria, sin oficial, sin despedida. Algunos muelles ni se enteraron. Yo cada vez que lo leigo pienso en la imagen de ese hombre yéndose en silencio, en pleno cambio de siglo, cuando el vapor ya le iba sacando el trabajo a la vela y los capitanes de a pie como él quedaban cada vez más en el andén. Slocum bordeó el Atlántico, bajó por el Estrecho de Magallanes, capeó como pudo el cabo de Hornos y cruzó el Pacífico y el índico con un presupuesto tan flaco como el del barco. Tardo casi tres años y cubrió más de 46.000 millas náuticas. Regreso a Newport, Rhode Island, el 27 de junio de 1898, y entró en los libros como el primer navegante que había dado la vuelta al mundo en solitario y sin escalas asistidas.

  • En el Estrecho de Magallanes, para que los fueguinos no abordaran el Spray de noche, Slocum esparció tachuelas de alfombra sobre la cubierta. Los intrusos subieron descalzos, pisaron las puntas y huyeron despavoridos, una solución tan casera como eficaz.
  • Cerca de las Azores, enfermo y delirante por unos alimentos en mal estado, creyó ver un piloto fantasma al timón. Cuando se le pasó la fiebre, el Spray seguía navegando con rumbo firme, como si la mano invisible no se hubiera ido nunca.
  • En Samoa lo recibió Robert Louis Stevenson, que ya estaba muy enfermo y murió pocos meses después. Slocum lo recordaba como uno de los pocos ratos en tierra donde el escritor leía en voz alta y el marino escuchaba sin entender del todo pero sin querer irse.
  • En el cabo de Buenos Aires, cuenta el libro, perdió un ancla que se le llevó la corriente y fabricó otra con un trozo de hierro y unos bulones, un arreglo que en cualquier astillero moderno haría temblar a los ingenieros y que sin embargo sostuvo al Spray durante semanas.

A mí lo que más me llama la atención, y se lo escuché decir a un historiador naval con el que charlé para preparar esta nota, es que Slocum no actuaba como un héroe sino como un artesano al que se le rompió la herramienta en medio del taller y la arregla como puede. Para el docente universitario que estudia las navegaciones solitarias del siglo XIX, lo que vuelve a Slocum singular no es la valentía, que también, sino la precision artesanal con la que resolvía cada problema: la tachuela en cubierta, el ancla improvisada, el reloj roto convertido en instrumento de cálculo. Es el metodo de un hombre que aprendio a leer el mar de memoria.

El libro, la fama y la última salida

En 1900 Slocum publico Sailing Alone Around the World, un libro que empezo como una serie de notas en revistas y que se convirtio en uno de los clasicos de la literatura de viajes. Los lectores se engancharon con su estilo seco, ironico y preciso, el de un hombre que mezclaba calculo nautico con humor y asombro sin afeitacion heroica. Lo que se vendio bien no fue la epopeya, fue la voz. Pero la fama no lo anclo a tierra. En noviembre de 1909, a los 65 años, Slocum zarpó una vez mas desde Martha’s Vineyard rumbo al sur, con la idea de recorrer el Rio de la Plata y el Paraná. Llevaba provisiones para un viaje largo y un cuaderno donde pensaba escribir un nuevo libro. Nunca regreso. El mar se lo quedo sin devolver su cuerpo ni su barco, y la fecha exacta de su desaparicion sigue siendo, mas de un siglo despues, un agujero en los registros de la navegación.

“En medio del oceano, nadar solo sirve para alargar la agonia.”Joshua Slocum, marino
GV
Griselda VillavicencioSociedad y salud

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