El último compás de Rubén Rada: la evolución como mandato y los pibes nuevos que lo hacían sonreír
El músico uruguayo murió y quedaron flotando sus palabras sobre Tini, Trueno, Wos y Catriel, sobre el recambio generacional y sobre una idea que repitió hasta el final: el mejor tiempo es el que viven los jóvenes de ahora.
A veces la noticia llega con el redoble del bombo todavía resonando en algún patio del conurbano o en algún tablado de la rambla montevideana, y uno se queda escuchando el eco como quien espía un ensayo a la madrugada. Esta vez el redoble trae una pena grande: murió Rubén Rada, y con él se fue una voz que durante décadas se sentó a charlar con todos, desde los músicos de barriada hasta los pibes que recién están agarrando el micrófono. Lo que me toca contar hoy no es solo la despedida, sino las palabras que él mismo dejó caer, como al pasar, en los últimos tiempos, cuando le preguntaban por la escena que viene.
Los nombres propios que eligió
En sus últimas entrevistas, Rada armó una lista de afinidades que sonaba a declaración de amor por la música joven. No fue un gesto de compromiso comercial ni una estrategia de oficina de prensa: era el viejo diciendo, con la autoridad que dan los años, qué pibes le habían robado el corazón en los últimos tiempos.
- Tini, a quien miraba con el orgullo de un abuelo que ve a la nieta crecer en el escenario.
- Trueno, capaz de mover multitudes con la misma energía con la que él movió Montevideo.
- Wos, poeta urbano al que citó varias veces con admiración sincera.
- Catriel, de esos nombres que se repiten en las conversaciones de cocina.
- Conociendo Rusia, otra banda que nombró con cariño.
- Nafta, Ricardo Mollo y El Plan de la Mariposa, con quienes tejió vínculos cuando cruzaba el charco hacia sus shows en la capital uruguaya.
“Todo tiempo pasado no fue mejor. El mejor tiempo es el que viven los jóvenes ahora porque es el tiempo de ellos.”Rubén Rada
Esa frase la repitió en más de una charla y merece ser desmenuzada, porque en una cultura como la nuestra, tan propensa a vivir añorando la música del ’60 o del ’80, escucharla de alguien como Rada tiene un peso enorme. No es un joven renegando del pasado: es un tipo con más de seis décadas de oficio diciendo que el presente merece respeto, que los recursos, los sonidos y las formas de producción de hoy configuran un escenario distinto al de su formación, y que comparar sin más es un error. Para graficarlo, contó una anécdota que en su casa se volvió familiar: grabó una canción con un artista de rap que acumuló quince millones de reproducciones. Lo más lindo no fue el número, sino la reacción de sus nietos, que le dijeron que recién ahí se había ido para arriba. Esa mirada fresca de los más chicos, esa validación del presente, lo confirmó en una idea que ya venía masticando.
La advertencia que dejó
El reconocimiento a los pibes nuevos venía siempre acompañado de una advertencia que sonaba a consejo de abuelo sentado en la mesa larga de un domingo. «Que se diviertan, pero que se acuerden que no pueden quedarse en ese lugar, que después de esto tiene que venir otra cosa, si no la gente no les cree», dijo. En esa frase está condensada toda una ética del oficio: la música como algo vivo, que se mueve o se muere, y la responsabilidad del artista de no repetirse hasta volverse predecible.
También revisó el propio recorrido con una franqueza que duele un poco leerla ahora que ya no está para confirmarla. Admitió no haber alcanzado la masividad de otros colegas de la región y describió su lugar en la escena como el de alguien más conocido por los músicos que por el público general: «Me conocen todos los músicos del mundo, pero no el público.» La frase tiene algo de ironía rioplatense y algo de verdad a secas: a Rada lo cruzabas en cualquier peña de Buenos Aires y los guitarristas se le acercaban como a un gurú, mientras que en la calle muchos no le ponían cara. Esa condición, la de ser un músico de músicos, no le quitó brillo a su figura; al contrario, le dio una estatura distinta.
Entonces, mientras la noticia corre de boca en boca, uno se pregunta qué queda de todo esto. Queda, me parece, una forma de mirar la música que se niega a enojarse con el tiempo que toca vivir. Quedan los nombres que él mismo eligió como faros, los mismos que suenan en las plataformas de los más jóvenes. Y queda una invitación, que también siento como propia y que me tomo el atrevimiento de hacerme propia: este fin de semana, cuando suene el bombo en alguna peña, en algún club de barrio o en la esquina de siempre, acordémonos de Rada no con nostalgia sino con el oído abierto. Porque, como él decía, el mejor tiempo es el que viven los jóvenes de ahora, y los que tenemos más años en el lomo tenemos la hermosa tarea de escucharlos con el mismo respeto con que él los escuchaba.
